𝓜𝓲𝓬𝓪𝓮𝓵𝓪
La pesadez que se siente en todo el cuerpo justo al despertar después de un largo sueño. Al no saber la hora y solo querer seguir durmiendo pero los rayos del sol se cuelan por las cortinas. Me incorporé mejor en la cama, mis ojos se adaptaron a la luz. Cumplir veintiuno empezó bien, me siento más vieja. Quise verificar la hora en mi celular, pero mi sorpresa fue que olvidé cargarlo. Frente al espejo largo, observé mi reflejo en un pijama de pantalón largo morado, el suéter tiene un dibujo de un panda. Solté mi cabello pasando los dedos para peinarlo un poco. Abrí la puerta y el olor de un desayuno recién preparado inundó mis fosas nasales. ¿Qué rayos? No recuerdo haberme despertado temprano ni mucho menos que hubiera comida ya hecha en el refrigerador. Debo ser sonámbula y chef.
— Buenos días —dijo el castaño con una media sonrisa mientras sostenía una sartén dejando algo sobre los platos. La mesa está perfectamente hecha. ¿Me morí acaso? No, esto no puede ser un sueño. Estoy con Ethan Edwards en vez de Gilbert Blythe, tan hermoso no podía ser.
— ¿Qué está pasando aquí?
— No conozco tu horario así que me adelanté a preparar el desayuno, espero no te molestes.
¿Que si me molesta? Chico, estoy en el cielo.
— No, está bien —respondí rascando levemente mi brazo derecho—. Gracias.
Aún lleva la ropa de ayer, solo que la camisa fue reemplazada por un suéter blanco manga corta. De esos que se utilizan debajo de camisas de escuela. En los platos se encuentra un omelet, se ve tan delicioso que puedo llorar. Es como estar comiendo en un hotel.
— ¿Quieres café?
— No, no me gusta el café. Gracias, igual —por alguna extraña razón, no recuerdo mucho de lo que pasó ayer. Debí estar muy agotada o mi memoria se ha vuelto peor cada vez.
Esta vez sí esperé a que termine para sentarse. Me lanzó una mirada para que empiece la degustación.
— Mhm-mhm.
— ¿Sabe bien? —asentí repetidas veces con las mejillas llenas. Él rio.
Después de un tiempo de solo comer, se atrevió a hablar. Hermano, ya viste hasta el interior de mi refrigeradora y todavía tienes pena.
— ¿Puedo preguntarte algo?
— Hm.
— ¿Por qué pasas tu cumpleaños aquí sola?
Elevé la mirada de mi plato a sus ojos oscuros. Así que, ya llegamos a esa parte del interrogatorio que tardó más de lo esperado para ser sincera. ¿Cómo responder esa pregunta sin que suene grosero?
1. No me gusta celebrar mi cumpleaños.
2. ¿Qué te importa?
3. Mentir y decir que voy a estar con la familia y amigos aunque creo que ya notó que eso es falso.
4. Tengo trabajo.
5. ¿Por qué celebrar el día en el que se planeó o no mi llegada al mundo para luego salir de una vagina en contra de mi voluntad?
— Los cumpleaños están sobrevalorados —respondí jugando con el tenedor en el plato.
— Eres la primera persona que piensa de esa manera.
— Siempre hay una primera vez para todo —sonreí sin despegar los labios. Me puse de pie y entré a la primera habitación al lado de la cocina y busqué en los cajones. Si mal no recuerdo, mi antiguo compañero dejó un par de pertenencias. Conseguí un pantalón largo de pijama y volví a la mesa—. Toma, es lo único de ropa que puedo ofrecerte.
— ¿De dónde sacaste esto?
— Es del antiguo compañero que tuve. Lo lavé, descuida.
Guardé todo lo no usado para el desayuno para lavar los platos, cubiertos y sartenes usados. Al terminar, estiré un poco mi cuerpo aún con pereza. Tocaron la puerta y me apresuré a atender. Detrás de la misma se encontraba la chica asiática de cabello realmente largo de un rojo vino.
ESTÁS LEYENDO
La chica de las estrellas
Jugendliteratur*AVISO: Esta novela se encuentra finalizada, más no corregida.* A la luz de la luna todo puede ocurrir. Un saludo, un abrazo, un beso, una declaración, una correspondencia, un rompimiento y un reencuentro. Este fue el caso para Ethan Edwards y Micae...
