Muerte en la Guerra.
A lo largo de 60 años, una isla ha surgido al sur del océano pacífico, provocando la guerra entre países, peleando por un territorio del tamaño de Europa.
De insultos, hasta virus mortales, son algunas de las maneras en las que...
Daniel me seguía el paso de cerca, ambos nos dirigimos a Estbellum, hace 5 años no pisaba esas tierras destruidas. A excepción de esa única vez que volví por el cadáver de mi madre y le dí un digno funeral, sus restos no podían solo quedarse ahí, descomponiéndose en el olvido, los padres de Mario y mi mamá fueron sepultados a metros de distancia, sin embargo, volver nuevamente y ser testigo de lo que fue de Estbellum siempre sería un dolor en el cuerpo.
Estaba pendiente a cada ruido, llevaba dos armas cargadas. Habíamos dejado la camioneta escondida entre escombros y las plantas que habían surgido de ellos. Quería ir a pie, quería ver qué era de mi antiguo hogar. Mis manos estaban cubiertas por guantes, llevaba botas con las que había entrenado hasta que mis pies se vieron obligados a aceptar vivir así. En la operación íbamos a reunirnos con un proveedor de armas, conocido por ser peligroso, se enteró de nuestra rebelión desde los inicios y se puso en contacto al instante, era un veterano de guerra. Pasar por las calles por las que había transitado de pequeña fue doloroso. Desvié el camino cuando nos acercábamos a mi hogar. Estbellum se había convertido en un pueblo fantasma después del bombardeo, un lugar perfecto para esconderse. Cuando estuvimos cerca del centro comercial en el que solía trabajar, llegó una camioneta.
- Rambó -susurró Daniel, asentí.
Era una todoterreno, polarizada y armada, había hombres apuntándonos. Nadie externo sabía quién lideraba la rebelión, nadie más que Daniel y unos pocos, los demás pensaban que era un hombre, ¿Quién era yo para romper el encanto del misterio? Burlarme de ellos era uno de mis pasatiempos favoritos. Llevábamos la cara cubierta, pero para identificarnos teníamos un diminuto listón azul en nuestro pecho, y otro verde en la mano dominante.
- La tormenta se pone azul -susurré antes de que la camioneta frenara cerca de nosotros.
- El verde sombrío lidera -respondió Daniel.
Siempre que lo dicen me da mucha risa ¿para qué lo dicen? Es gracioso. Cállate.
- ¿Vienen por el azulito? -un hombre con barba abundante bajó el vidrio, se quitó los lentes y nos barrió con la mirada. Ambos sabíamos que se refería a Azul Tormenta, así me hacía llamar como líder.
- Sí, señor -respondimos al unísono.
- Bien, suban -se abrió la puerta de atrás, un hombre armando bajo, cuando subimos, entró y cerró. Estábamos apretados.
- ¿Por qué ese mariquita nunca viene para negociar? -habló entre carcajadas. Rodé los ojos.
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Una vez llegamos a sus establecimientos, bajamos de su camioneta y caminamos. Daniel se aclaró la garganta.
- Azul Tormenta quiere saber, ¿Cómo querrá recibir el pago ésta vez?
El barbudo encendió un cigarro mientras paseaba, su escalofriante mirada recorría el pasillo.
- Todos sabemos que hacer una transferencia es suicidio, gobierno está pendiente hasta de que putas cagas, procuren que sea en efectivo, ya saben, como en esas películas.