Tienes un secreto que podría arruinarte la vida.
Empiezas a calcular tus pasos, acciones, palabras y la gente que se acerca a ti.
Algo se te sale de las manos, terminas conociendo a la versión andante de una radio sin botón de apagar.
La odias, la d...
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Siento como los bajos de la canción que está sonando retumban en mi pecho junto a los acelerados latidos de mi corazón. Estoy sonriendo tanto que mi rostro duele y mi destello agotara toda su reserva de amarillo, si es que eso es posible.
Creo que es la primera vez que me siento así por venir a una fiesta. Celeste me arrastró tres veces a ir a algunas fiestas que fueron entre meh, pasable y una mierda. Pero hoy mis esperanzas y expectativas son altas.
—¡Nunca había venido a un botellón en una casa!—Daniela grita sobre la música.
—Iremos a muchos más—grito de vuelta, intentando hacerme paso entre las personas que bailan al ritmo de Drake y las que simplemente están de pie en medio del pasillo.
Si mi hermano me viese ahora mismo estaría orgulloso.
La casa está petada de estudiantes y no puedo parar de mirar a todos lados, incluso cuando las luces no me dejan ver bien el rostro de nadie. Lo que si me dejan ver es el destello amarillo o rosa que predomina entre las personas. Me huele a gente que se va a dar como cajón que no cierra en una de las habitaciones vacías. O en el sofá como esa pareja que está a punto de comerse viva.
Suspiro y sacudo la cabeza levemente. Ojalá ser uno de ellos. Sé que Dios tiene sus favoritos y se nota, ni siquiera disimula.
Mientras más avanzamos, más choco contra chicos hermosos. La parte oscura de mi mente sonríe y suspira.
Llegamos cerca de la mesa repleta de todo tipo de alcohol y aperitivos. Allí empiezo a buscar la cabellera castaña de Rainstar entre la multitud. Es alto, debería de poder verlo.
¡Qué guay, qué sorpresa!
Rainstar no está ahí y miro a Daniela que deja caer sus hombros, murmurando algo entre dientes. Bueno, supongo que me tendré que conformar con tres de los seis libros prometidos.
Ella se inclina para susurrarme sobre el ruido—¿Cuándo viene?
—Uh, pronto—contesto sacando mi móvil para enviarle un mensaje al señor glaciar ese y no me responde.
Nos movemos un poco más hasta encontrar un rincón vacío donde apoyarnos y pongo los ojos en blanco exasperada, odio que las personas lleguen tarde. De todas maneras, Pirulo no puede fallarme. Me debe una por lo que me hizo el otro día. Esta es mi pequeña venganza, sé que le va a joder mucho que Daniela esté aquí pululando a su alredor como mosca a la miel. Pero si el karma no llega a tiempo, yo seré su karma.
—¡Ya lo veo!—grita mi amiga señalándole y me dan ganas de darle un manotazo cuando la gente voltea a vernos
El castaño camina en nuestra dirección con su expresión gélida de siempre, el ceño fruncido, una mano metida en su jean y la otra sosteniendo un vaso. Su presencia hace que la gente le abra paso y alguna que otra lo mira sin remordimiento.