Juntos aunque sea en la oscuridad

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⚠️ya saben lo que significa  , palabras inadecuadas , momentos +18 , si eres muy soft para esto no sigas leyendo evitate traumas .

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Me corrí con fuerza en el tocador mientras veía el vídeo. Viendo a otro chico chupándole la polla. Fingiendo que era yo. Sabiendo que Minho estaba fingiendo lo mismo.
Oyéndole gemir. Murmurar «Joder, te deseo», y sabiendo que estaba hablándome a mí, no a el.
Me toqué mientras Minho retiraba su dura polla de la boca de el chico y lo tumbaba sobre la cama. Siguió sujetando el móvil con una mano y su polla con la otra mientras
le decía que se quedara boca arriba.

Que se bajara los pantalones de tela .
No llevaba nada debajo e imaginé que era yo. Que yo estaba tendido en la cama, con la camisa  subida por encima del pecho , los pantalones abajo  en los tobillos ,las piernas bien separadas y preparado.
Sentí una opresión en el pecho y me di cuenta de que me daba miedo que fuera a follárselo o a comerle la polla, a pesar de lo que me había prometido.


Y aunque me sorprendió darme cuenta de que una minúscula y perversa parte de mí deseaba verle hacer eso mismo, me alivió que no lo tocara. En su lugar, se irguió sobre el y enfocó su erección con la cámara. Su mano. Su polla.
Sus palabras hicieron que me diera vueltas la cabeza. «Solo tú, cielo. Solo tú». Y cuando se corrió sobre el abdomen de él chico anónimo, grité con la intensa y salvaje liberación de mi orgasmo.

Fue morboso. Fue retorcido. Y un total e inesperado subidón.
En cuanto me recuperé lo suficiente, me coloqué bien la ropa y
me marché.
Creí que él estaría justo detrás de mí; di por hecho que vendría corriendo en
cuanto yo entrara por mi puerta, se abalanzaría sobre mí y me besaría con pasión.
Creí que estaba tan loco por mí como yo por él. Igual de excitado. Igual de
frenético.
Creí que no podría esperar, porque esperar era una tortura y desearía liberarse.


Me equivocaba.
No vino de inmediato. Ni al cabo de diez minutos, de treinta ni de sesenta.
Noventa minutos más tarde empecé a irritarme.
Dos horas después estaba cabreado.
Y ahora, cuando mi reloj marca la una de la madrugada, temo que toda la noche ha sido un error. Que él no me desea. Que no estaba excitado. Que está por ahí, follándose a otro y que solo estaba jugando a deshacerse de mí o a
demostrar algo. Aunque solo Dios sabe qué es ese algo.

¿Que soy tonto, quizá?
¿Que tendría que haberle hecho caso cuando me dijo que no íbamos a hacer esto?
Recuerdo su email: «Ódiame si quieres».
¿Está tratando de hacer que le odie?
Al final, ya no puedo seguir esperando. Me levanto y me desperezo para
desentumecer mis piernas doloridas por la inmovilidad y me ajusto el cinturón de la puñetera bata que el muy hijo de puta me ordenó que me pusiera.

Subo las escaleras pensando en darme una ducha rápida para calmar mi
tempestuoso estado de ánimo, meterme entre las sábanas y dormir un año entero. O al menos hasta mañana por la tarde, cuando tengo que ir a Seultown para grabar mi entrevista en televisión.
Contemplo la posibilidad de enviarle un desagradable mensaje a mi querido y
gilipollas hermano, pero decido no hacerlo. Eso es lo que Minho espera. Que piense que no le he esperado. Que ni siquiera me he dado cuenta de que no ha aparecido. Que no me importa nada.

«¡Mierda, mierda, mierda!».
Y ya que estoy, a la mierda Seo Changbin por convencerme de intentarlo a toda costa. Solo ha servido para darme vanas esperanzas. Y para afianzar lo mucho que me
importa.
Porque me importa, joder. Me importa y lo deseo.
Y ahora me siento dolida.

Minho es la única persona a la que no deseo odiar. A la que no puedo odiar.
Pero después de esta noche pienso que debería odiarle.
Mi dormitorio está a oscuras cuando abro las puertas dobles de golpe. Un
pequeño resplandor de las luces de la ciudad se cuela por las cortinas que Ellen debe de haber cerrado mientras limpiaba. Qué extraño, sabe que me encanta que me despierte el sol por las mañanas.

Estoy a punto de acercarme al interruptor de la luz cuando me doy cuenta de mi error. No ha sido Ellen quien las ha cerrado. Ha sido Minho.

—¿Cómo has entrado? —pregunto en la habitación a oscuras.

—Me has desobedecido —dice desde el rincón del fondo—. Creo que has
perdido todo el derecho a hacer preguntas.

Me giro hacia la voz cuando le ilumina la luz de la lámpara de lectura que acaba de encender. Está sentado en mi sillón de piel color burdeos, con el traje de la fiesta aún puesto y un vaso de cristal medio vacío a su lado.

—Te he dicho que esperaras abajo.

—Lo he hecho.

El corazón me palpita. Me pone nervioso lo que tenga pensado hacer respecto a mi desobediencia. De hecho, estoy muy excitado y me pregunto si desde el fondo de la habitación puede ver lo duros que se me han puesto los pezones bajo la bata.
Él enarca las cejas.

—Y sin embargo estás aquí. ¿Por qué?

—Estaba cabreado —reconozco.

—¿Es todo?
Me humedezco los labios.

—Y celoso.

Minho asiente, pero no menciona a el chico. No me dice dónde ha estado las tres últimas horas.
Estoy a punto de preguntarle, pero me trago mis palabras. No porque me haya dicho que no tengo derecho, sino porque no quiero conocer la respuesta.

—Quítate la bata —me ordena—. Y ven hacia mí.

Me paso la lengua por los labios.

—Minho.

—¿Quieres que haga que te corras?

La pregunta es tan inesperada que me sorprende, aunque, dadas las
circunstancias, no debería.

—Sí —respondo.

Él sabría que cualquier otra respuesta sería mentira
.
—Entonces no quiero titubeos. Ni objeciones. Ven hacia aqui, Jisung Quiero ver cómo te mueves. Quiero verte y sentir la impaciencia por tocarte. Quiero estudiar tu cuerpo y decidir la mejor manera de llevarte al orgasmo.

Proyecto Liberación Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora