El peligroso Jisung

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«¡Cabrón!».

Dejo que la palabra me atraviese, apremiándome a moverme con más rapidez, a salir de esta casa que en otro tiempo me proporcionó recuerdos tan felices y a alejarme del chico, un hombre ahora, que una vez lo fue todo para mí.

Corro por el pasillo repleto de ventanas, sin fijarme en la belleza del océano
iluminado por la luna que resplandece a mi derecha. Las imágenes de su cama y de el rubio y la pelirroja desnudos que la comparten llenan mi cabeza.
«Le gustan los exóticos acaso »
«Cabrón salido y hijo de puta».

Se suponía que estaba celebrando una maldita fiesta y sin embargo está metido en su dormitorio, follándose a dos cabezas huecas . Al menos he visto solo a dos. Por lo que sé, podría haber otra escondida en el baño, esperándole para chuparle la polla; otra más
en la multitud de mujeres que pasaban por su vida.

Otra tetona que escribirá en su diario que ha ingresado en ese exclusivo club y que el rey del sexo la ha empalado con su espada de oro.
Me estremezco ante la imagen y el apodo. Lo he oído por primera vez esta noche, mientras trataba de encontrarlos a él o a Archie entre la multitud. Al no dar con
ninguno de los dos, he decidido entrar en la casa para esperarle.
Está claro que no ha sido la mejor decisión.
Empujo la pesada puerta de madera que separa el área privada de la tercera planta del resto del pasillo y del descansillo y la cierro de golpe a mi espalda. El clic de la cerradura recalca mi irritación.

«El rey del sexo». Por Dios, ahora que lo he oído, ese apodo no deja de rondarme
por la cabeza, como una melodía pegadiza, solo que más molesta que la mayoría.
Es un apodo ridículo, además de degradante, pero las mujeres que lo comentaban entre susurros lo hacían de forma reverencial.

Y lo peor del caso ni siquiera es lo vulgar y estúpido que resulta.
No, lo peor de todo es cómo me hace sentir.
No furioso, ni asqueado.
Celoso.
Oh, Dios, estoy celoso. Porque esas zorras y putos cotillas han pasado por su cama.

Han sentido sus dedos acariciándoles la piel, su boca recorriendo sus labios.
Recuerdo el escalofrío que me atravesó la primera vez que entré en su cuarto y
me encontré su pecho de frente, con aquellos musculosos abdominales que una vez exploré con las yemas de los dedos. Con los labios.
Pero entonces era el pecho de un chico, y Lee know es ahora un hombre. Fuerte, delgado y muy hermoso.

Para ser objetivo, eso ya lo sabía. ¿Acaso no veo su foto en las revistas casi todos los días? Pero solo son papel y píxeles. De cerca, la experiencia es muy diferente. En foto es impresionante. En la vida real, es un dios, o al menos un ángel caído,
poderoso, sereno y con una insultante confianza en sí mismo.
Su pelo es del color del azúcar caramelizado, de un intenso castaño con reflejos dorados.

Corto por los lados y más largo en la parte superior. Eso, junto con un poco de barba asomándose, le da el aspecto de un hombre que acaba de bajar de su velero… o que acaba de pasar interminables e indolentes horas en la cama.
Parece un hombre capaz de dirigir un imperio. Que gasta millones de dólares en sus juguetes.

Un hombre que puede tener a la mujer o hombre que desee, y seguramente así sea.
Que disfruta de su vida.
Un hombre que hace mucho que se olvidó de mí.
Se ha plantado frente a mí con descaro, con la cremallera desabrochada y la polla presionando sus calzoncillos y el pantalones  mientras sus ojos cafés brillaban como  demonios.

Quería acercarme a él. Por eso he tenido que fingir que mis pies estaban anclados al suelo. Y luego me he vuelto a mirar a los de la cama, amparándome en la ira y en la frustración para seguir inmóvil.
Las había tocado. Joder, se las había follado. Y, maldita sea, he deseado haber sido yo.

Salvo que yo no deseo follar sin más; yo lo quiero todo. Y ambos sabemos que es
imposible. Probamos la fruta prohibida hace diecisiete años y pagamos un precio muy alto.

Proyecto Liberación Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora