La Gran Mentira

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Es una enorme mentira y me odio a mí mismo por decirla.
Pero detesto todavía más tener que hacerlo. Porque tiene que ser verdad.

No puedo desear a este hombre. Olvidar la realidad. Olvidar el deseo.
Olvidar el hecho de que sigo soñando con él después de tanto tiempo. Que
despierto imaginándole dentro de mí, con el rostro arrebatado de amor y de asombro.
Olvidar que siempre conseguía hacerme reír. Que siempre me entendía.
Ambos estamos marcados por el infortunio, como en una obra de Shakespeare hecha realidad. No puedo tener lo que deseo.

Pero parece que soy incapaz de desear nada más.
Estoy roto, y así ha sido durante años. Esta es ahora mi realidad y estoy
aprendiendo a vivir con ella. A cambiar la angustia y la pérdida y a hacer que
funcione.
Pero no es fácil, y es peor cuando estamos juntos, razón por la cual apenas nos vemos y por la que no debería haber venido.

Suspiro. Pronto la familia celebrará el centenario de mi bisabuelo, una fiesta en la que mi madre va a tirar la casa por la ventana porque podría ser la última de Poppy.

Vamos a celebrarla en Jeju, ahí hay una pequeña isla , nadie sabe de su existencia ya que es privada  y 
pertenece a la familia Lee desde hace generaciones. Es una isla grande, pero
Minho también va a asistir, lo que significa que, aunque tuviera el tamaño de Groenlandia, no sería suficiente.

Las reuniones familiares son lo peor para mí. Tener que verle. Sentir la tensión en el aire cada vez que está cerca. Asistiré, por supuesto. Nuestra familia no es muy grande y me echarían en falta. Pero prepararé con antelación un plan de fuga y me
quedaré solo mientras pueda soportar el estrés y luchar contra esta creciente
necesidad.
En una ocasión, nuestros dedos se rozaron en la mesa al pasarnos la cesta del pan, algo que dicta mucho de ser erótico, pero me sacudió un escalofrío de sensualidad y deseo tan poderoso que tuve que ahogar un grito.

Por suerte, también derramé el vino, lo cual no solo camufló mi reacción, sino
que me permitió escapar al cuarto de baño para ocuparme de la mancha de mis pantalones. Lo de menos era mi ropa. Lo único que deseaba era intimidad para poder acariciarme y aliviar la ardiente y convulsa presión que palpitaba entre mis piernas.

El recuerdo de aquello sigue vibrante y salvaje en mi memoria incluso ahora,
cuando vuelvo a sentir esa creciente y acuciante necesidad. «No sigas por ahí —
pienso—. No sigas por ahí».

Es más fácil decirlo que hacerlo, así que me concentro en bloquear el pasado y en salir de esa casa como alma que lleva el diablo.
Bajo las anchas escaleras de madera hasta la planta baja y me detengo para volver la vista por encima del hombro y comprobar si Minho me sigue. Pero la puerta del pasillo privado está cerrada y no hay ni rastro de él en el descansillo.

No estoy seguro de si me siento aliviado o decepcionado.
Continúo por la habitación, pasando entre docenas y docenas de invitados que se han colado dentro por las tres enormes puertas dobles que recorren la pared orientada hacia el Este. El gentío hace que me tense; no conozco a estas personas y no me gustan las multitudes. Sigo mirando por encima del hombro para vigilar mi espalda,
tal y como Changbin y todos mis profesores de defensa personal me han enseñado, aunque sé que es una estupidez. Nadie va a hacerme daño en la fiesta de Minho.

Pero saberlo y creerlo son dos cosas distintas y me he acostumbrado a permanecer vigilante en todo momento.
Echo un vistazo a la habitación. Fijarme en los detalles hace que me sienta mejor. Han retirado el mobiliario habitual para convertir la estancia en una pista de baile, con un DJ en el rincón y pequeñas mesas redondas colocadas en torno al perímetro.

Una horda de camareros se mueve entre la multitud con bandejas de bebidas y veo mesas de postres dispuestas en los cuatro rincones de la enorme sala en la que mis amigos y yo solíamos practicar nuestros vítores durante el instituto.
Las mesas de postres son temáticas y me desvío hacia la del chocolate,
atravesando la pista de baile y esquivando con agilidad los brazos, piernas y contoneos de la gente. También evito las miradas que me lanza más de un invitado.

Proyecto Liberación Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora