LUHAN
Faltaba sólo un día más de escuela antes de las vacaciones de navidad. Luhan no fue.
Le dijo a su madre que estaba enfermo.
SEHUN
Cuando llegó a la parada de autobús la mañana del viernes, Sehun estaba dispuesto a disculparse. Pero Luhan no se presentó. Lo que le hizo sentir mucho menos dispuesto a disculparse...
—¿Y ahora qué? —dijo en dirección a su casa. ¿Se supone que deben romper por esto?
¿Iba a estar tres semanas sin hablar con él?
Sabía que no era culpa de Luhan que no tuviera un teléfono, y que su casa fuera la Fortaleza de la Soledad, pero... Jesús. Eso hacía que fuera tan fácil para ella distanciarse cuando le pareciera.
—Lo siento —dijo hacia la casa, en voz muy alta. Un perro empezó a ladrar en el patio al lado de él—. Lo siento —murmuró Sehun al perro.
El autobús dio vuelta a la esquina y ralentizó hasta detenerse. Sehun pudo ver a Hayi en la ventana de atrás, mirándolo.
Lo siento, pensó, sin mirar hacia atrás de nuevo.
LUHAN
Con Ricky en el trabajo todo el día, no tenía que quedarse en su habitación, pero lo hizo de todos modos. Como un perro que no sale de su perrera.
Se quedó sin pilas. Se quedó sin cosas para leer...
Se tumbó en la cama por tanto tiempo, que en realidad se sentía mareado cuando se levantó el domingo por la tarde para ir a cenar. (Su madre dijo a Luhan que tenía que salir de su cripta si tenía hambre). Luhan se sentó en el suelo de la sala junto a Tao.
—¿Por qué estás llorando? —preguntó él. Tenía en la mano un burrito de frijoles y estaba goteando sobre su camiseta y el suelo.
—No lo hago —dijo él.
Tao sostuvo el burrito sobre su cabeza y trató de atrapar lo que goteaba con su boca.
—Sí, sí lo haces.
Mei Ling miró a Luhan, luego de regreso a la tele.
—¿Es porque odias a papá? —preguntó Tao.
—Sí —dijo Luhan.
—Luhan —dijo su madre, saliendo de la cocina.
—No —dijo Luhan a Tao, sacudiendo su cabeza—. Ya te lo dije, no estoy llorando. —
Volvió a su habitación y se metió en la cama, frotándose la cara en la almohada.
Nadie la siguió para ver qué era lo que estaba mal.
Tal vez su madre se dio cuenta que básicamente había renunciado al derecho de hacer preguntas para toda la eternidad cuando abandonó a Luhan en la casa de alguien por un año.
O tal vez simplemente no le importaba.
Luhan rodó sobre su espalda y cogió su Walkman muerto. Sacó la cinta y la sostuvo contra la luz, girando los carretes con la punta de su dedo y mirando la letra de Sehun en la etiqueta.
—Olvida los Sex Pistols... las Canciones de Luhan te gustarán.
Sehun pensó que había escrito esas cosas horribles en sus libros él mismo.
Y él había tomado el bando de Hayi contra él. El de Hayi.
Cerró los ojos de nuevo y recordó la primera vez que él lo besó... Cómo había dejado que su cuello se inclinara hacia atrás, cómo ella había abierto su boca. Cómo le había creído cuando dijo que él era especial.
SEHUN
A una semana de las vacaciones, su padre le preguntó a Sehun si él y Luhan habían terminado.
—Algo así —dijo Sehun.
—Es una lástima —dijo su padre.
—¿Lo es?
—Bueno, debe serlo. Estás actuando como un niño de cuatro años perdido en Kmart...
Sehun suspiró.
—¿No puedes recuperarlo? —le preguntó su papá.
—Ni siquiera puedo conseguir que me hable.
—Es una lástima que no puedas hablar con tu madre acerca de esto.
LUHAN
A una semana de las vacaciones, la mamá de Luhan lo despertó antes del amanecer.
—¿Quieres caminar a la tienda conmigo?
—No —dijo Luhan.
—Vamos, me vendría bien unas manos extra.
Su mamá caminaba rápido, y tenía las piernas largas. Luhan tuvo que dar algunos pasos más para alcanzarlo.
—Hace frío —dijo.
—Te dije que usaras un sombrero. —Su madre le dijo que usara calcetines, también, pero se veían ridículos con los vans de Luhan.
Fue un paseo de cuarenta minutos.
Cuando llegaron a la tienda de comestibles, su mamá compró para cada uno un cuerno de crema del día anterior, y una taza de café de veinticinco centavos. Luhan tiró el Coffee-Mate y Sweet'N Low en el suyo, y siguió a su mamá hasta la canasta de remates. Su madre tenía esta cosa de ser la primera persona en ir a través de todas las cajas de cereales aplastados y latas abolladas...
Después de eso, se dirigieron a Goodwill, y Luhan encontró una pila de viejas revistas Analog y se instaló en el sofá menos desagradable de la sección de muebles.
Cuando era hora de irse, su madre se acercó a su espalda con un increíblemente feo gorro tejido y se lo pasó por la cabeza.
—Estupendo —dijo Luhan—, ahora tengo piojos.
Se sintió mejor en el camino a casa. (Lo que probablemente era el punto de toda esta excursión). Todavía hacía frío, pero el sol brillaba, y su madre estaba tarareando esa canción de Joni Mitchell sobre nubes y circos.
Luhan casi le contó todo.
Acerca de Sehun y Hayi, el autobús y la pelea, sobre el lugar entre la casa de sus abuelos y la caravana.
Lo sintió todo justo en la parte posterior de su garganta, como una bomba —o un tigre—sentado en la base de su lengua. Contenerlo en su interior le daba ganas de llorar.
Las bolsas de plástico estaban cortando en sus palmas. Luhan negó con la cabeza y tragó saliva.
SEHUN
Sehun anduvo en bicicleta hasta su casa un día, una y otra vez hasta que la camioneta de su padrastro se fue y uno de los otros niños salió a jugar en la nieve.
Era el hijo mayor, Sehun no podía recordar su nombre. El chico se escabulló por las escaleras nerviosamente cuando Sehun se detuvo en frente de la casa.
—Oye, espera —dijo Sehun—, por favor, oye... ¿está tu hermano en casa?
—¿Tao?
—No, Luhan...
—No te lo voy a decir —dijo el muchacho, corriendo dentro de la casa.
Sehun dio un tirón a su bicicleta y pedaleó alejándose.
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