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La mente de Aemond permaneció en blanco durante unos segundos. Por el rabillo del ojo, captó la imagen de unos cuantos guardias colocando ya antorchas en las afueras del palacio y las columnas linderas, la oscuridad que los rodeaba volviéndose un poco más amena en el frío cada vez más intenso del crepúsculo que ya se había transformado en noche. De pie a unos metros de distancia, Rhaenyra mantenía la misma posición inmutable, inmóvil. Apenas unos cuantos cabellos rebeldes se mecían al compás de la brisa helada y, pese a que algunos de ellos estaban sobre su rostro, la mujer no parpadeaba para nada, su mirada fija en Aemond.

Él, mientras tanto, permanecía en la misma situación que ella solo que las palabras no salían de su garganta. Desde el momento mismo en el que había tomado la decisión de viajar a Desembarco - días atrás - la posibilidad de poder hablar directamente con Rhaenyra siempre había sido una opción más complaciente que la idea de enfrentarse directamente a Daemon, hecho que sabía, ocurriría inevitablemente. Sin embargo, una cosa era pensarlo e imaginar los posibles escenarios a los cuales desembocaría semejante conversación y otra muy distinta, que fuera una situación real frente a él.

Incapaz de pronunciar sonido producto de la conmoción, Aemond sólo pudo asentir brevemente con la cabeza, un movimiento que, sin Rhaenyra no hubiese tenido absolutamente toda su atención sobre su persona, habría pasado desapercibido. Luego, la mujer soltó el aire que había estado reteniendo y con un movimiento suave de su cabeza, los guardias que permanecían a una distancia prudencial se apartaron un poco más de su posición. Rhaenyra se desplazó con pasos lentos hacia una de las murallas sin mirar atrás y Aemond la siguió de lejos en el más tenso mutismo.

— Daemon ya me puso al tanto de la situación.— comenzó, su voz suave llevada por el viento.— Y mi mayor deseo es saber una sola cosa.

Rhaenyra dejó de hablar y volteó hacia Aemond; la luz de las antorchas estaban a sus espaldas y el rostro de la mujer permanecía prácticamente en tinieblas, más Aemond percibió la intensidad de su mirada sobre él. Los segundos pasaron y no prosiguió, por lo que el Alfa se aproximó uno, dos pasos más hacia ella. Existía una diferencia de alturas significativa entre ellos pero, por alguna razón cuando su rostro se inclinó hacia abajo y el mentón de Rhaenyra se elevó para no perder el contacto visual, Aemond se sintió pequeño, insignificante y reducido a su más mínima expresión de ser humano.

— Lucerys está bien.— empezó en el mismo tono de voz que había empleado Rhaenyra antes.— Y es feliz a mi lado.

Sus labios se sellaron en una línea fina; pese a la tensión que su cuerpo sufría a la espera de cualquier tipo de respuesta, Aemond sintió como si el peso de todos aquellos meses cayera de sus espaldas y le aliviara el alma. Los segundos pasaron y el silencio los envolvió sólo interrumpido por el silbido del viento y el ondear de los estandartes de la casa Targaryen sobre los muros del castillo; luego, en un movimiento improvisado que tomó desprevenido a Aemond, Rhaenyra se adelantó a su posición y extendió sus dos brazos tomándolo por los codos, obligándolo a moverse hacia un costado, hacia la luz de las antorchas. Los ojos de la mujer estudiaban con ansiedad su rostro en una inspección minuciosa, casi maníaca.

— ¿Cuándo comenzó esto?¿Antes o después de la muerte de mi padre?.— los dedos de Rhaenyra se hundieron en los brazos de Aemond a través de la ropa, presionándolo a contestar. Aemond deseaba esquivar su mirada, más sabía que no podía hacerlo, ya no en esas instancias.

— Antes.

La expresión de estupefacción en el semblante de Rhaenyra hubiese hecho reír a Aemond en otro tipo de circunstancias, más no en aquella. Aemond no era adivino ni se creía lo suficientemente intuitivo, pero creía saber los pensamientos caóticos que colisionaban en la mente de Rhaenyra. Su hijo, hasta donde Aemond sabía el más consentido de la mujer, no sólo había desoído todo tipo de advertencias dadas tanto por su madre como por su padrastro, sino que encima lo había hecho con el enemigo; a eso, tenía que sumarle el posible duelo de saber que había mantenido relaciones con él y que todo había sucedido prácticamente bajo las narices de ambos sin que hubiesen podido confirmarlo. Aemond había estirado demasiado la verdad al decir que aquello había comenzado antes de la muerte de su padre porque en realidad había sido él quien lo había buscado para provocarlo, pero si se ponía a pensarlo en retrospectiva, muy posiblemente la cosa se arrastraba incluso desde antes.

Tóxico [Lucemond]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora