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Cuando Lucerys fue capaz de abrir bien los ojos y el viento no le golpeó con tanta fuerza de lleno en la cara, lo primero que divisó en la cercanía fueron las torres altas de Rocadragón, la fortificación oscura con sus escaleras de piedra larguísimas que se perdían en las zonas inferiores del terreno alzado sobre el nivel del mar contrastando con el paisaje un tanto austero de la isla; Arrax planeaba ya descendiendo hacia la parte trasera del castillo; Lucerys alcanzó a distinguir, aún a la distancia, la presencia de varios soldados yendo y viniendo desde la fortaleza hacia los terrenos vecinos o hacia la playa misma, un par de barcos cayados allí.

Y luego, con cierta aprensión atenazándole la boca del estómago, divisó a Vermax recostado en el suelo cerca de una de las torres, el dragón dormitando sin su jinete cerca.

Ah, sí.

En esa ocasión, probablemente había sido un error volver a su hogar. Un terrible error.

Arrax plegó las alas y descendió casi en picada; le hubiese gustado que se tomara su tiempo pero, sabiendo lo ansioso que podía llegar a ser, no podía culparlo por la desesperación que la criatura parecía sufrir cada vez que volvía al lugar en donde había vivido tantos años y menos cuando ya había visto al dragón con el que se había criado. El viento azotó sus cabellos y su capa de viaje y Lucerys se vio obligado a entrecerrar los ojos de nuevo, la sensación de vacío en su estómago por la velocidad que tomaba Arrax al bajar confundiéndose con los nervios que ya venían gestándose allí incluso antes de partir de Duskendale aquella misma mañana.

Habían pasado ya casi dos meses desde que se había instalado en aquel castillo solitario. Que se habían instalado, mejor dicho. Hacía poco más de unos tres o cuatro días que Aemond había vuelto a marcharse obligado por las circunstancias; ser Regente y participar activamente de una guerra no le hacían las cosas muy fáciles, y dividirse en tres - Desembarco, los campos de batalla y Lucerys - le estaban haciendo cada vez más difícil la tarea de disimular sus actividades y al mismo tiempo, tener un ojo sobre todas ellas al mismo tiempo.

El que mucho abarca, poco aprieta, y Lucerys temía que su propio egoísmo inusitado a la hora de prácticamente exigirle a Aemond que se quedara con él la mayor cantidad del tiempo posible lo llevara a cometer un error letal culpa de un descuido o del mismo cansancio; desde la primera vez que se había quedado a dormir en Duskendale, Lucerys había notado en Aemond un cambio sutil pero marcado para él. Cada vez que volvía, lo hacía con mayor cansancio en su semblante, sus ojeras más marcadas con cada visita, y si bien lograba disimular bastante bien su mal humor, Lucerys se había percatado que mientras más semanas transcurrían, más inflexible y violento se ponía cuando tocaban el tema de las batallas terrestres.

Aún así, cuando estaban juntos y solos, Aemond volvía a ser el hombre que Lucerys añoraba cada vez con mayor intensidad en sus períodos de ausencia. Encerrados y ocultos en sus aposentos, parecía que ambos vivían una especie de realidad paralela a lo que sucedía afuera, a lo lejos, y Lucerys no podía estar más que conforme con aquel resultado visto y considerando que las idas y venidas del Alfa se habían desarrollado sin mayores trastornos y sin avistamientos sospechosos.

Por el momento.

La guerra no había llegado ni por asomo a Duskendale, menos a Rocadragón. Aemond no se lo había dicho abiertamente, pero Lucerys albergaba la sospecha de que él tenía mucho que ver con eso; los ejércitos se habían dispersado desde el sur hacia el norte y el oeste de manera bastante dudosa como para que no pensara así. Aún así, sin embargo, agradecía la aparente calma que se suscitaba en aquellos días porque tampoco habían habido más bajas conocidas, ni en su bando ni en el de Aemond.

¿Cuánto tiempo más podían mantenerse las cosas así? No mucho, pero podía disfrutarlas de momento.

Lucerys se las había ingeniado para volar hacia Rocadragón en un par de ocasiones para no levantar sospechas; había calculado bien los tiempos de visita de Aemond para que su olor no estuviese tan impregnado sobre su piel, había tenido cuidado de elegir una ropa adecuada que no hubiese tenido contacto cercano con el Alfa y había coordinado su regreso al castillo para no desencontrarse con Aemond. Las dos veces que había ido y vuelto desde Duskendale a Rocadragón habían sucedido sin mayores sobresaltos, sólo encontrándose con su madre Rhaenyra y Viserys, uno de sus hermanos más pequeños. No había existido rastro de Daemon y Jacaerys porque ninguno de los dos había regresado todavía y eso, de cierta manera, le había dado más seguridad a Lucerys cuando le había asegurado a su madre que volvería pronto.

Tóxico [Lucemond]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora