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El primer pensamiento coherente que tuvo Aemond apenas recuperó la conciencia fue, de hecho, que había muerto.

Sus párpados se separaron y su ojo derecho procuró enfocar aquello que tenía delante suyo; increíblemente, tardó bastante tiempo en darse cuenta que no se encontraba de pie ni sentado, sino acostado, y que lo que su único ojo estaba observando sin entender de qué se trataba era el techo oscuro y alto de una habitación que no conocía. Lo siguiente que notó fue que no percibía dolor alguno; lo último que recordaba con claridad antes de perder la conciencia no había sido un pensamiento racional sino una sensación, la del dolor punzante en el lado izquierdo de su rostro y la agonía espantosa sobre el costado de su torso.

Ahora, por mucho que moviera el ojo derecho y parpadeara repetidas veces era incapaz de percibir cualquier tipo de sensación desagradable.

Sin embargo, el tercer descubrimiento no fue tan alentador como ese último.

No podía moverse.

Por mucho que intentara levantar las manos o flexionar las rodillas, la cuestión era básicamente imposible, y no porque le pesaran las extremidades sino porque literalmente apenas las sentía. Su cuerpo se sentía ligero y sin dolor, pero no respondía a las órdenes que su cerebro le daba al resto de su anatomía; lo único que podía hacer, al menos, era voltear la cabeza hacia los lados y fue ese detalle lo único que logró que no entrara en pánico.

Tuvo que ladear bastante la cabeza hacia la derecha para que su único ojo tuviese una visión más panorámica del lugar; en un primer momento, pensó que se encontraba en la completa oscuridad pero ahora, podía distinguir el pabilo llameante pero tímido de un par de velas a unos metros de distancia. Necesitó algunos segundos para que su visión se enfocara y descubriera, dentro de la habitación casi en penumbras, que las velas se encontraban sobre un mueble empotrado en una pared de piedra y que, de hecho, había una persona a un lado del mobiliario. La persona se hallaba de espaldas a él y la luz de las velas era tan mortecina y miserable que sólo le permitían detectar detalles groseros. Era una figura alta y esbelta y, por lo poco que alcanzaba a distinguir, tenía el cabello oscuro y largo, muy largo.

Presionando la mandíbula, procuró un vigésimo intento por incorporarse de la cama. El esfuerzo lo hizo sudar y, de repente, una sensación desagradable que no llegaba a convertirse en dolor se instaló allí donde sabía tenía la herida de su torso.

— Ni se te ocurra.

La voz femenina emitida apenas en un susurro que le llegó a través del aire casi como si hubiese murmurado contra su oído hizo jadear a Aemond, quien abandonó todo tipo de intento por moverse. Parpadeando, no perdió de vista los movimientos de la mujer a unos metros. Tardó al menos un par de minutos más en dignarse a voltear hacia él; Aemond no podía ver su rostro oculto en las tinieblas de la habitación, pero sabía que lo estaba observando. Luego, cuando ya iba a enloquecerse por la impaciencia, la figura se aproximó a la cama con pasos lentos y delicados que no producían ningún sonido sobre el suelo, un vestido oscuro y entallado al cuerpo emitiendo leves ondas en la parte inferior con cada paso que daba hacia él. ¿Habría una alfombra o estaría descalza?

La mujer llegó al costado de la cama y su torso se inclinó hacia delante; un vistazo rápido de su cuerpo, ahora que lo tenía prácticamente encima suyo le hizo ver sus manos delicadas sosteniendo el cabello largo de dolor negros para que no cayera sobre la cama y sobre él, los dedos largos llenos de anillos. El rostro de Alys Rivers se cirnió sobre él con expresión severa, seria. Sus párpados oscuros y sus largas pestañas enmarcaban sus ojos verdosos, su mandíbula delgada en un rictus de concentración mientras estudiaba algo que a Aemond se le escapaba.

Finalmente, el escrutinio terminó cuando Alys alzó las cejas y encogió los hombros sutilmente. Aemond soltó despacio el aire que había estado reteniendo y la mujer le propinó una mirada dura y fastidiosa.

Tóxico [Lucemond]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora