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Cuando Lucerys se despertó, tardó en orientarse; su cuerpo parecía reaccionar lentamente pero su mente aún adormilada no lo asimilaba, por lo que lo primero que lo ubicó en el espacio fue el aroma intenso y picante que lo envolvía y le llegaba de lleno, por todos lados. Sin abrir los ojos, suspiró estirándose bajo las mantas cálidas. Su nariz rozó una superficie igualmente caliente y suave.

El olor venía de allí.

Abriendo los ojos repentinamente, comprendió al fin dónde estaba y lo que había sucedido; incorporándose apenas apoyado en uno de sus codos, frunció el ceño y entrecerró los ojos cuando la luz del sol le pegó de lleno en el rostro. Parpadeó varias veces y luego desvió la mirada hacia abajo, al revoltijo de sábanas de donde había surgido.

Aemond dormitaba boca arriba; su cabello suelto estaba desparramado sobre las almohadas y el semblante de su rostro era sereno, sus labios finos apenas entreabiertos; su torso había quedado al descubierto con el movimiento que había hecho Lucerys, su respiración acompasada indicándole que, en efecto, aún dormía.

¿Qué hora era? Por la intensidad de la luz que ingresaba al cuarto podía decir que el sol ya estaba bastante alto en el cielo. Hacía tiempo ya que había amanecido y ninguno de los dos se había percatado de ello.

¿Nadie lo había buscado en todo ese tiempo?¿Ningún soldado tenía algún reporte para hacer? Aunque no hubiese nada importante qué decir, era costumbre de los soldados que terminaban una guardia nocturna el dar un informe antes de que cambiaran por el siguiente turno, y generalmente, en esos días, Lucerys había estado ya despierto y levantado para recibirlos.

La idea aterradora de que alguno de esos soldados lo hubiese buscado en sus aposentos o en su despacho personal se instaló en su mente. Si no lo habían encontrado en ninguno de los dos lugares, ¿qué probabilidades existían de que hubiesen ingresado allí y los hubiesen visto a los dos dormidos y desnudos en la misma cama? Habrían reconocido a Aemond de inmediato...¿y nadie había hecho nada, nadie había dado ningún aviso de que...?

El canto lejano de los pájaros era lo único que se oía en los alrededores de la recámara. No había mayores movimientos. No oía a nadie gritando, ni dando órdenes, ni siquiera un simple caminar en los corredores cercanos. Sus ojos se posaron en la puerta abierta de par en par que comunicaba el despacho con aquel cuarto y que ninguno de los dos se había dignado a cerrar la noche anterior.

Era imposible que nadie los hubiese visto.

Aemond suspiró hondamente y uno de sus brazos rodeó la cintura de Lucerys; al mirarlo, parecía aún dormido, acomodándose de costado sobre la cama.

¿Qué...qué había hecho?

El peso de lo acontecido recayó sobre Lucerys como un baldazo de agua helada, congelándolo. La noche anterior no sólo no había dado el aviso de que el enemigo se había infiltrado en la fortaleza, sino que encima se había acostado con él.

Habían tenido sexo. Lucerys había tenido su primera vez con la persona a la que más deseaba, pero que también representaba el bando con el que estaban actualmente en guerra. Había traicionado a su familia, de lleno y sin importarle absolutamente nada.

Había llegado demasiado lejos, y de aquello no había retroceso posible.

— Aemond...Aemond, despierta.— con los nervios a flor de piel, más paranoico que nunca, movió al Alfa en un intento por despertarlo. Sólo recibió un gruñido por respuesta.— Vamos, despierta. Ya es de día.

—¿Y? .— Su voz rasposa se oyó amortiguada por la almohada, el chasquido de su lengua secundando su pregunta.— Podemos quedarnos un poco más aquí.

Tóxico [Lucemond]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora