Capitulo 23

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-¿Qué haces tú aquí? -preguntó él.

-He venido a cenar con un amigos de mis padres.

 -¿Por casualidad esos amigos de tus padres tienen un hijo llamado Killian? -preguntó con retintín.

¿Está celoso? No, no puede ser.

 -Pues si tienen un hijo que se llama Killian ¿pasa algo?

 -No, nada, simplemente que llevo viendo toda la noche como te mira, eso pasa.

-Eso no es verdad. -respondí.

 -¿Ah no? ¿Me vas a decir que tú tampoco lo mirabas?

 -¿Me estabas vigilando? -pregunté asimilando sus palabras.

 -No, fue una coincidencia que cenásemos en el mismo restaurante, pero ya ni el postre voy a comer. Mañana hablamos, ahora quiero pensar. -contestó enfurecido.

 -¿Pensar el qué? ¡Enzo! ¡Enzo!

Pero era tarde, ya estaba saliendo por la puerta. No entendía que había pasado, había ocurrido todo en menos de un minuto.

 Cuando me cansé de gritar su nombre sin éxito, volví a mojarme el cuello y volví a la mesa, Killiam y Marc me preguntaron si estaba bien y yo mentí diciendo que sí, justo en el momento que les ponían el café me fije en la mesa de atrás donde un camarero despedía a un cliente, que vestía con una camisa blanca y unos vaqueros negros, tal y como iba Enzo.

Seguramente si nos hubiésemos ido en ese momento a casa, le hubiese dado mil vueltas a la cabeza con el tema de Enzo, pero no nos fuimos. "Es sábado" habían dicho nuestros padres, "vayamos a un pub", Marc fue el único que se negó, ofreciéndose a llevar a Adriana a su casa con la niñera.

 -Me vas a dejar sola. -le reproché cuando nos despedimos antes de dirigirnos al pub.

 -Tranquila enana, que te dejó en buenas manos. -contestó refiriéndose a Killian.

-Seguro... -conteste con sarcasmo.

 -Buenas noches. -se despidió con una amplia sonrisa y se fue al taxi que había pedido, con  Adriana durmiendo en su hombro.

 Tras 20 minutos en coche llegamos al establecimiento donde ya habían reservado mesa. Nuestros padres no tardaron mucho en achisparse y empezar a contar anécdotas de su juventud y nuestras madres tampoco tardaron mucho más, y tras pasar media hora oyendo las anécdotas decidí buscar a Killian que nada más llegar había subido a la planta superior. No tardé en encontrarle, estaba sentado en la barra, me acerqué y me senté en la silla de al lado.

 -¿Qué bebes? -le pregunté.

 -Vodka Martini. -respondió ates de dar un trago.

 -¿Vodka, vodka? -pregunté incrédula.

 ¿Qué edad tenía Killian?

 -No, vodka de mentira. -dijo con sarcasmo.

 -¿Acaso no te piden el DNI?

 -Sí, pero soy mayor de edad.

 ¡¿Qué?!

 -¿Cuántos años tienes?

-Diecisiete.

 -Entonces no eres mayor de edad.

 Se acercó a mí más de la cuenta y me dijo:

 -¿Has oído que hay gente que falsifica sus DNI? -preguntó susurrando a mi oído haciendo que se me pusiese la piel de gallina.

 Asentí.

 -Pues eso he hecho yo, y ahora hazme el favor de dejar de preguntar sobre eso, tesoro.

 -Dejaré de hacerlo cuando tú dejes de llamarme así.

No contestó pero sonrió y volvió a beber de su copa, yo mientras me pedí un cóctel de piña sin alcohol.

No hicimos ni hablamos de nada importante hasta que empezó a sonar "No me doy por vencido" de Luis Fonsi, el cantante favorito de mi madre y del que me sabía todas sus canciones, y sin darme cuenta empecé a cantar en susurros la canción.

 Yo, yo no me doy por vencido.

Yo quiero un mundo contigo.

Juro que vale la pena esperar, y esperar y esperar un suspiro.

Una señal del destino.

No me canso, no me rindo, no me doy por vencido.

Mientras me acercaba cantando a la pequeña pista de baile no me di cuenta de que alguien me seguía, y que cuando me giré choque directamente sobre él.

 -Hay que tener más cuidado, tesoro.

 -¿Por qué me sigues? -respondí.

 -Estás preciosa hoy.

-No has respondido a mi pregunta Killian.

-Me encanta como dices mi nombre. -dijo mientras sus manos rodeaban mi cintura, acercándome a él.

 -Sigues sin responderme.

 -Es obvio no crees.

 -¿Si es tan obvio, respóndeme?

Sonrió de lado con una sonrisa que aún no sabía que iba a acabar siendo mi perdición, y se acercó a mi oreja.

 -Porque me encantas, Nia.

No pude evitar sonrojarme, y para ocultarme me giré, pero él no me soltó, de hecho me pegó más a él y posó su mentón sobre mi hombro.

 -Yo sé a ti yo también te encantó, pero no lo quieres reconocer.

Y de repente miles de imágenes pasaron por mi mente, miles de momentos con Enzo, y uno, uno que ocurrió hacía menos de una hora y por el cual hice la locura que cambió mi vida.

 Aunque no sabría decir si para bien, o para mal.

 -¿Quién ha dicho que no lo reconozca? -le pregunté mientras volvía a girarme y me acercaba más a él.

 -Lo reconoces entonces...

 Hubo unos segundos de silencio, antes de posar mi mano sobre su nuca y posar mis labios para sellar el pacto que dictaba mi perdición.











No basta con decir, Te quiero.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora