Jungkook siempre aceptó lo inusual que él era, pero a veces se preguntaba qué clase de persona veían en él que lo catalogaban como raro.
-Soy agnóstico pero ahora mismo... ¡Dios, dime el nombre de ese chico!
-¿Él? Se llama Park Jimin.
-De hecho, hay...
En una casita aparentemente grande pero tan pequeña que asfixiaba, sobre una colina, vivía un príncipe. Tenía lo que muchos soñaban y envidiaban, pero también, tenía un secreto; él no era feliz.
Cubría su cuerpo con suéteres inmensos porque un agujero enorme vivía en su pecho. Por ahí, se colaba el frío. De él, nacían monstruos que lo aterrorizaban. Y aspiraba todo lo que encontraba.
Intento cubrirlo con sus suéteres, pero no era suficiente. Trato de conseguir un tapón, pero nunca lo encontró.
Un día, uno muy triste por cierto. El príncipe decidió que quería viajar al cielo. Si no había un tapón en la tierra que llenara su agujero, tal vez, podría encontrar uno en el cielo.—¡Los ángeles me darán uno!—pensó y subió a una barda para saltar al río que lo llevaría como pasajero en un tren con destino al cielo.
Pero tenía miedo. El príncipe tenía miedo. Pero no podía llorar.
Quería encontrar su tapón y sentirse completo como el resto. Pensaba que era el único que estaba incompleto. No se sentía parte del mundo.
Hasta que levantó su vista al cielo; y encontró una nube con un agujero.—¡Es como yo!—quería gritar, pero también su voz era tan angelical que solo podía escucharla para él mismo.
Por entre el agujero de la nube: los rayos resplandecientes salían y salían, y bajo de aquella barda, y corrió tratando de encontrar a dónde es que llegaban aquellos destellos.
Y se sorprendió cuando encontró unas flores amarillas.
El agujero que daba paso a los rayos del sol, estaban dándole vida a sus flores favoritas.
Y entonces sonrió.
Porque se dio cuenta que su agujero tal vez no tenía un tapón, porque la tierra lo necesitaba para dar vida a más flores; amarillas, violetas, rosas y las de todos colores posibles.
Su hoyo no era una maldición. Era una bendición. Su hoyo daba vida no solo a flores hermosas, también a personas con agujeros como él.
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Habían pasado dos días desde aquel entonces.
Después de haberle dado aquella nota a Jungkook, nada cambió. Y yo se lo agradecía.
Lo que lo hacía especial es que su amor no era caótico. Era sencillo, una caminata lenta. Flores y vibraciones. No era ansioso ni impaciente.
Y es que, durante tanto tiempo me aferré a la idea de que todo el mundo era caótico y que el amor sólo lastimaba. Pensaba que el único amor era el que nunca conocí, pero existía en los libros. Pero él no era una tormenta, ni un caos. Era Jungkook.