Cap. 7

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𝐀𝐥𝐚𝐧𝐚

Llegué de nuevo a mí habitación y me dormí. Estaba tan cansada que no me dio tiempo ni de ponerme en una posición cómoda. Sabía que luego me dolería todo el cuerpo, y eso que había dormido durante mucho tiempo en un coche pero cuando te acostumbras a lo bueno cualquier cosa es una mierda.

Cuando me desperté bajé a la cocina esperando encontrar a alguien que me hiciera el desayuno, pero era temprano y no había nadie despierto todavía. Era penosa cocinando pero necesitaba algo de desayunar antes de morirme por desnutrición severa así que intenté cocinar algo yo sola... La tragedia se notaba en el ambiente.

Estaba cocinando cuando recordé a Darío la noche anterior, entrenando en el garaje. Cuando llegamos a casa escuché un ruido de cadenas que venía del sótano y al abrir la puerta lo vi sin camiseta golpeando el saco de boxeo con fuerza... el sudor le goteaba por todo el cuerpo y su pelo parecía empapado como si se hubiera metido en una piscina. Solo que no le goteaba casi.

Estaba tan metida en mis pensamientos que se me olvidó por completo lo que estaba haciendo, no noté el olor a quemado hasta que...

-¡Alana la sartén! -Escuché a Darío y volví a mí ser. Era la primera vez que escuchaba mi nombre salir de su boca y me pareció que un pequeño escalofrío recorría mi espalda.

-¿Qué?

Lo miré y volteé a la sartén. Una llamarada de fuego salía de ella y era tan grande que no sabía cómo se me había pasado desapercibida. Pero antes de que pudiera hacer algo Darío me echó a un lado poniéndose entre el fuego y yo. Puso un trapo mojado sobre la sartén antes de que todo saliera ardiendo. Resopló y me miró, parecía enfadado, muy enfadado. Le había quemado la sartén, casi le quemo la cocina y seguido la casa.

-¿¡Nos querías matar a todos!?

-¡A mí no me grites! -Lo miré y me crucé de brazos. -Tenia hambre y quería comer algo.

-¿No podías comerte una manzana? -Me miró mal.

-Solo quería hacer algo para todos… -Hice como si estuviera a punto de llorar. La rabia no me dejaba pensar así que actúe con instinto.

Darío se acercó a mí y me abrazó diciendo que no pasaba nada, que sentía haberse puesto así. Casi me dió pena lo que iba a hacer a continuación, parecía cansado y arrepentido. Calló en mi trampa. Me di la vuelta y lo agarré del flequillo haciendo que me mirase y se agachara del dolor al estirarlo.

-No vuelvas a gritarme. -Sonreí.

-Eres una tramposa. -Me miró fijamente a los ojos y sentí una punzada en el estómago. -En las peleas no sé coge del pelo.

-En las de la calle sí. -Sonreí. -Se nota que eres un niño mimado.

Lo solté y se levantó poniendo bien su flequillo. Sonreí y lo miré. Pero él no me miraba igual.

-No lo soy, y traje dulces, no sabía cuales te gustaban así que traje casi todos, aunque ahora me estoy replantearlo. -Gruñó.

-Ow, que bonito, casi me arrepiento de haberte agarrado del flequillo. -Sonreí.- Casi.

-Me caes muy mal. -Rodó los ojos y se hizo un café.

-El sentimiento es mutuo. -Dije mirando los dulces y sacándolos de la bolsa de la cafetería donde los había comprado.

Estaban calientes y olía genial, recién hechos seguro. Inspeccioné todos en busca de algo que me llamase la atención. No me gustaba mucho el dulce pero si se lo decía seguramente me dejaría sin desayuno. Acabé cogiendo una magdalena que había en la bandeja, era oscura así que intuí que era de chocolate negro.

-Que alegría. -Me miró mientras sacaba su café de la cafetera vintage que tenía.

¿Cómo quería que supieras hacer de comer si todo era como antiguamente? Era pijo hasta para eso.

-¿Qué?

-Magdalena de chocolate negro ¿En serio? De todo lo que he traído…¿Eliges eso?

-Está rica, y no es muy dulce, no me gusta el dulce.

-El chocolate negro es igual de dulce que tú.

Me encogí de hombros, no sería yo quien le dijera que no.

- Mi primo se ha apuntado a una carrera de coches dentro de unos días ¿Vendrás?

-Puede, no me gustan mucho las carreras.

-No te gusta nada.

-Sí hay cosas que me gustan, pero las carreras no. Tanto ruido me resulta molesto.

-Es tú mejor amigo ¿Y si le pasa algo?

-No tendremos esa suerte. -Le pegué un puñetazo y él se rio. A veces me parecía gracioso, solo a veces.

-No lo digas ni de broma Darío.

Se rio a carcajadas.

-Pensé que no les tenías miedo a las carreras, porque tú corres.

-Que me guste no significa que no conozca el riesgo, todo lo contrario... pero no puedes vivir con miedo. -Me crucé de brazos. -Es más peligroso que correr en un circuito pero es lo que hay.

-¿Circuito?

-¿Nunca has ido a uno?

-No. -Me miró.

-Pues otro día ves las carreras conmigo, que son los domingos. Puede ser que te llame la atención. -Dije subiéndome a la encimera. - Y si el ruido te molesta podemos bajarle voz aunque le quitas la gracia.

-No creo que me guste.

-Todavia no conozco a nadie que haya visto una carrera entera y no le haya gustado, hazme caso. No puedes ir con nosotros si no tienes ni idea de lo que hacemos Darío.

-Si puedo, yo no soy el que compite, sois vosotros. -Lo miré sería.- Pero no me disgusta la idea de ver alguna carrera contigo, solo por curiosidad.

-Creo que te gustará, o una de Dakar, esas son impresionantes. Las vistas merecen todo lo duro que es.

A estas alturas de la conversación Darío solo me observaba hablar como una idiota de los tipos de carreras que había mientras se tomaba su café despacio. Parecía que está vez nos habíamos cambiado los papeles.

Siempre fuimos nosotros Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora