𝐀𝐥𝐚𝐧𝐚
Entramos a ese espacioso garaje y... ¿¡Estaba vacío!? Lo único que había era un saco de boxeo en una esquina. Ahora entendía esos brazos que tenían Darío.
-¿No tienes ni una mísera bicicleta? -Miré a Darío.
-Nop, puedo ir andando a los sitios que necesito y tengo coche pero lo aparco fuera casi siempre. -Se encogió de hombros.
-¿No te gustan los coches ni las motos ni nada?
Hizo una mueca pensando y me miró negando. Miré a otro lado casi al instante, cada vez me gustaba menos que me mirara así. Estábamos solos y los demás estaban aún bajando la moto fuera.
-No es que sea mi hobby favorito.
Miré a mí alrededor y vi el saco de boxeo.
-¿Pero el boxeo sí?
-Boxeo, trabajo en eso, aunque tuve una lesión hace poco y estoy dándome un descanso.
-¿Qué te pasó? -Lo miré y seguía con la mirada fija en mí. -¿Porqué me miras tanto?
-¿Porqué te pones tan nerviosa? -Mierda, se había dado cuenta.
Iba a contestarle pero los chicos vinieron justo a tiempo, tampoco sabía que decirle. Nos pusimos a mirar la moto, la levantamos y me puse debajo para mirar algunas cosas para saber que había fallado. Le iba pidiendo herramientas a Gabi hasta que escuché la puerta cerrarse y dejó de darme lo que le pedí.
-¿Gabi? ¡Dame la llave! -Nada, silencio. ¿Me habían dejado sola?
Salí de debajo de la moto y al levantarme me encontré con los ojos de Darío a centímetros de mí. Noté mis mejillas coloradas y lo vi sonreír. Los demás habían desaparecido por arte de magia y la puerta estaba cerrada. Sus ojos estaban fijos en los míos, no sé porque le gustaba tanto él contacto visual, yo lo odiaba casi tanto como a él. Le hacía gracia verme nerviosa pero a mí no. Intenté respirar hondo antes de mandarlo a la mierda, me había dejado vivir en su casa y no tenía a dormido ir, así que tenía que aguantarme y no escupirle.
-¿Y los demás? -Lo miré pero él no se apartaba.
-Han ido a por las pizzas. -Notaba su voz tan cerca de mi que por un momento pensé que estaba tan cerca que si se acercaba un poco más me besaría. Me dio un escalofrío solo pensarlo.
No era verdad, no estábamos tan cerca pero no sé porque me sentía nerviosa al estar así. Lo fulminé con la mirada para hacer que se apartase pero no lo hizo. No hasta que entraron los chicos. Ambos nos giramos a verlos y los tres nos miraron con cara de confusión. ¿Darío era idiota o que?
-¿Qué hacéis? -Vi como Nathan le echaba una mirada de enfado a Darío.
-Nada, solo hablábamos. -Dijo él.
Se levantó y miró las pizzas. Nathan me miró a mí con cara de confusión y yo alcé los brazos. Me levanté y fuimos a la cocina a cenar.
Tenía una encimera de mármol negra tan grande que me hizo sentir pequeña. Me lavé las manos, me senté en la encimera y me puse a comer. Todos los demás estaban sentados en los asientos y Darío me miraba con cara de confusión. Lo miré y ví como me gesticulaba con la boca la palabra "salvaje", le saqué la lengua y sonrió. Los demás estaban hablando entre ellos y apenas se dieron cuenta. Toda la casa era nueva para mí, antes no había pasado del salón o la escalera.
Cuando pasó un rato los chicos se fueron y Darío y Nathan se quedaron en el salón. Yo me quedé en el garaje un poco más y lo hice mío. Había estanterías vacías y en ellas coloqué herramientas y piezas, puse un trapo debajo de la moto por si goteaba y pegué algunas fotos. Darío entró y al verlo me miró.
-¿Qué coño has hecho?
-No lo utilizas, y seguro que yo le doy un buen provecho. -Sonreí victoriosa.
-Es mi casa, no la tuya. -Se cruzó de brazos.
-Dijiste que podía quedarme y que era muy grande, solo ocuparé una habitación y el garaje. Anda niño pijo. -Lo miré mientras me quitaba la grasa de las manos.
-No soy pijo, me he ganado esto -Se acercó a mí y yo me eché hacia atrás. - así que no te pases.
-Que pena, con lo que me gusta pasar los límites. -Sonreí.
-Lo sé. Pero este es mi territorio no el tuyo. -Estaba tan cerca y lo dijo tan serio que un escalofrío recorrió mi espalda, acarició mi mejilla sin dejar de mirarme y le di un manotazo.
-¿Qué coño haces? -Lo miré mal.
-Tenias grasa en la cara. -Me enseñó su dedo con una mancha negra y puso una sonrisa tan insolente que quise golpearle la cara.
Me odié a mí misma por ponerme así y me alejé. Me sentía una estúpida habiendo dejado que me viera así de nerviosa.
-Es tarde, vete a dormir. -Me dijo.
-Mañana trabajo por la tarde, puedo dormir todo lo que quiera por la mañana.
-Está bien, haz lo que quieras. -Lo miré y nuestros ojos se encontraron, nos quedamos así un rato que para mí se me hizo demasiado corto.
-Iré a dormir ¿Me dices cuál es mi cuarto?
-Hay cuatro, los dos primeros son el de tu primo y el mío, escoge el que quieras. -Se fue.
Me pareció un idiota pero lo dejé para otro día y me fui a la primera habitación que pillé. Estaba cansada, había sido un día duro y no me apetecía para nada discutir.
Al abrir la puerta me di cuenta de que la habitación era inmensa, igual de grande que todo mi piso, aunque no era muy difícil. La cama tenía dos almohadas de lo grande que era, podia tumbarme como quieras sin caerme. Había dos puertas en la habitación además de por la que había entrado, una era el armario y la otra el baño. Me puse el pijama y me quedé dormida en cuanto rocé las sábanas de la gran cama. Eran tan suaves que sentía que dormía en una nube, estaba tan poco acostumbrada a dormir en una cama así que no recuerdo haberme dormido.
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Siempre fuimos nosotros
Genç KurguUn libro donde el mundo del motor y el boxeo se unen. Todo el mundo tiene secretos pero... ¿Todo el mundo está preparado para saber los de su pareja? Bueno, o casi pareja... Darío llega a una carrera ilegal a la que lo invitó su mejor amigo, allí c...
