Sugar Mommy

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Las ideas de Katherine han ido evolucionando, ahora pretende ser para Karl su «Sugar Mommy».

Ellos recorren el centro comercial yendo de un lugar a otro, ella en cada tienda a la que entran le compra una infinidad de cosas altamente caras. Lo obliga a que se pruebe atuendos una y otra vez. Karl no puede sentirse tan más incómodo, está vez no es él quién pone la cartera. Es la mujer quien provee el dinero.

«¿Esto le pega duro a su ego? ¿Tendrá complejos de que una mujer le compré?», se pregunta Katherine, para ella es interesante su forma de reaccionar.

Y aunque su motivo principal es confundirlo, «alterar la química de su cerebro», ella aún así disfruta comprarle cosas, lo hace genuinamente. Al fin y al cabo es su caballero, de alguna forma tiene que consentirlo o premiarlo por su arduo trabajo.

Él quiere negarse a recibir tales cosas, no quiere lucir cómo un aprovechado y tampoco quiere que malgaste su dinero en él. Pero Katherine cada vez que intenta negarse se aproxima a molestarse, y ella enrrabiada es un demonio, y así es mejor aceptar.

Katherine toma otros lentes de lujo.

—Pruébate estos —le dice a Karl.

Karl suspira cansado y solo se quita los lentes que ya trae puestos. Él va a tomar los lentes de las manos de Katherine, pero ella se adelanta a ponérselos.

Karl se sorprende, se siente como un muñeco que ella viste y desviste.

—Mmm... —Lo escanea—.Te quedan lindos... Señorita nos los llevamos.

—Kathe ya es suficiente de seguir gastando así, te quedaras sin activos...

—No te preocupes, ya te dije que conquistare a mi jefe y él nos mantendrá.

Karl frunce el ceño.

—¿Mantendrá?

—Sí, tendrá que consentir todos mis caprichos, y tú eres uno de ellos...

El rostro de Karl se tiñe de rojo y sus rasgos se endurecen.

—No es necesario... —Al decir esto Karl, ella toca con su dedo índice la punta de la nariz de él en forma de coqueteo y le sonríe alzando las cejas.

—¿Celos?

Y sí, idiotamente Karl siente celos de sí mismo.

Por último Katherine se gira dando una vuelta sensual en puntillas, y ahí lo deja con la química de su cerebro toda alterada.

Está mujer lo desconcierta en todos los sentidos, nunca había conocido una mujer como ella. Que lo dejará en blanco, sin palabras, sin control de sí mismo. Él siempre sabe cómo manejar sus emociones, sabe identificarlas, pero ahora todo esto revoltijo extrañamente lo hace sentir contento y ansioso al mismo tiempo.

...

Recién llega Karl del centro comercial, con él trae innumerables bolsas de compras, hasta las sostiene por los dientes.

Alan, quien estaba esperándolo en la sala de su casa al verlo entrar por la puerta de inmediato se levanta para ir a ayudarlo.

—¿Y ésto? —le pregunta Alan extrañado.

—Kartherine, ella me compró todas estás cosas.

Los dos se encaminan a dejar las bolsas en el sofa.

Alan toma aire y suspira.

—Wau, te has convertido en lo que más odiabas. Un interesado y aprovechado —sonrie ampliamente.

Su comentario no le agrada para nada a Karl, su mandíbula rápidamente se tensa.

—Intente persuadirla, pero fue en vano. Además lucía feliz haciendo estás cosas, no pude negarme. Y está bien si ella me las compra, es a la única que le aceptaría un regaló.

—¿La única? Hablas diferente.

Karl se queda callado.

—Está bien, quédate callado. Ay querido amigo, quién lo diría, han cambiado los papeles —Alan se echa en el sillón tan cómodo. Sin miedo se retuerce al reír a carcajadas.

—Alan, tientas al diablo —Karl niega con la cabeza una vez, arqueando una media sonrisa siniestra, y en un segundo más—: ¡Quitate de mis cosas!

Alan pega un brinco con lo grave de esa voz.

—Ahhhh, no me grites. Si lo sigues haciendo no te contare nada del editor.

Y de pronto el rostro de Karl se transforma a uno dulce y amable, suavizando su voz.

—¿Qué sabés?

—Convenenciero, ¿así eres con Katherine?... —brevemente Karl le frunce el ceño avispándolo, lo cual funciona—. Bien, el tipo es alguien agradable, realmente se preocupa por los intereses de la escritora. Diría que está enamorado de ella.

—¡Lo intuía! —no lo dice muy contento.

—Para tu tranquilidad, he sabido por boca de los de producción que ella sólo lo ve como a un amigo, pero incondicional —recalca, para lo que Karl le expresa una sonrisa falsa.

—Oh, no me digas —«Incondicional, ese solo yo», determina en su mente.

—Cambiando de tema —interrumpe Alan—, recuerda que mañana tenemos una reunión y no podemos fallar, se trata de Brianna.

—Sí, no hace falta que lo menciones. Solo por Brianna acepté. Parecía muy emocionada cuando le dije que asistiríamos.

—Ahí no me incluyas a mí, es claro que se emociona nada más que por ti.

—¿Qué dices? Los tres somos amigos.

—Sí, yo y ella somos amigos. Pero...

DE CEO A PROSTITUTODonde viven las historias. Descúbrelo ahora