—Espero me hayas hecho comida Katherine —le dijo su esposo recién llegando de su trabajo.
—Solo me falta servir, puedes sentarte.
Sirvió la cena a la mesa y después al terminar recogió la mesa.
El día ya había terminado, al fin tendría un poco de tiempo para ella. O eso pensó. Se había dispuesto a escribir, lo único que le motivaba.
—Yo no sé para que haces eso, es tiempo pérdido. No sirves para eso —le dijo su esposo en un tono despectivo.
Ella sintió a sus entrañas retorcerse. Sin embargo prefirió ignorarlo y no ceder a la pelea. No obstante él no se quedaba satisfecho sino había gritos, lagrimas y dolor. Katherine creía que era su forma de desahogarse, desquitandose con ella. ¿Tenía que hacerla mierda para sentirse bien?, se preguntaba Katherine.
—Tendré que lavarme ropa porque parece que no tengo mujer. ¿Cómo es posible que no tenga ropa limpia?
—Tienes mujer, pero lo que no tienes es una sirvienta —ya no pudo contenerse—, yo no tengo la culpa de que ensucies como un cochino.
—Eres una malagradecida, yo salgo a trabajar y te doy todo. Tienes un techo donde dormir. Lo mínimo que puedes hacer es tenerme bien atendido.
Katherine se paró en seco, por un momento cerró los ojos, tenía las fosas nasales dilatadas y apretaba los dientes con rabia. De nuevo refiriendole lo económico. Muchas veces pensó que su matrimonio podría mejorar, pero siempre fueron promesas rotas por parte de los dos, ya se habían hecho mucho daño.
—¿De qué hablas? ¿Darme todo? Mirame los pies descalzos, ni siquiera tengo que ponerme...
—Sí estamos así es por tu culpa Katherine.
—Otra vez culpandome de todo a mí... ¿Cuándo te harás responsable de tu parte?
Ella en esas discusiones tan habituales siempre se reclamaba, cómo es que había terminado así a sus veintitrés años, cómo una señora amargada, no quedaba ningún rastro de juventud en ella, se perdió así misma. El tiempo pasaba, ella seguía ahí en esa casa atendiendo a un hombre mientras sus compañeras de escuela ya se estaban graduando. Quién lo hubiera dicho, la niña seria y estudiosa terminaba así. Se frustraba. Ver el tiempo atrás y no haber tomado los consejos de quienes la querían. «No te apresures Katherine, aún eres muy joven, tienes mucho por vivir», pero a la hora esas palabras le parecían tan vanas, cuando tenía que caminar tres kilómetros hacia la escuela, nadie estaba allí. Nadie estaba allí cuando enfermaba. Nadie estaba allí cuando se sentía sola.
Y de pronto aparece una persona con alas de angel dandote todo lo que necesitabas, más que nada amor y afecto. Fue inevitable caer. Al tiempo solo descubrió que esa pequeña felicidad era efímera.
Dos personas dañadas no podían estar juntas, no cuando aún no habían crecido, madurado. Dos personas que no sabían amarse así mismas y mucho menos amar a alguien de una forma sana.
Ninguno de los dos era malo. Solo estaban heridos.
Katherine en esos momentos que desahogaba su llanto dentro de la regadera, extrañaba su soledad. Sentirse libre, sin sentirse atada. Muchas veces intentó irse, pero la dependencia emocional era más fuerte.
Tuvo que pasar la muerte de su padre y perro para que abriera los ojos. Ella no había estado en esos momentos en que la necesitaban por estar en ese hoyo. Y hasta en la actualidad se sigue lamentando.
—Si te vas Katherine ya no vuelves a entrar aquí —le decía con firmeza su esposo.
—Es lo que quiero... —dijo con su pequeña mochila en manos.
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DE CEO A PROSTITUTO
RomanceKatherine es una escritora famosa que, en un día sin inspiración, decide contratar a un caballero de compañía para experimentar el calor humano y así mejorar sus descripciones. Sin embargo, esto la lleva a una terrible confusión cuando se encuentra...
