Nadie como yo

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Llegan a la habitación del baño y se adentran en la regadera. Primero dejan que el agua corra por sus cuerpos. Sus lenguas se entrelazan mientras se tocan el uno al otro. Katherine quita las manos de Karl de encima de ella. Le ordena que cierre los ojos y se quede quieto.

Karl solo puede sentir, sentir y sentir los besos de Katherine que descienden por su cuello lentamente hasta bajar por todo su torso desnudo pasando por sus pectorales y abdomen llegando al zurco de su pelvis perfectamente marcada por sus músculos tonificados. Allí depósita unos cuantos besos Katherine, le parece tan sexy esa zona de él. No se inmuta en ocultarlo. Por último allí le da un beso succionando su piel y rasgandola con sus dientes.

La habitación esta llena de vapor y no es por el agua.

El pene de Karl está más que erecto. Katherine aún no termina. Sin pedir permiso, con su mano frota el miembro de él de arriba hacia abajo, luego pasa a masajear sus testículos. Ellos son grandes, pareciera que tiene en sus manos dos grandes bolas de masa tierna que aplasta. Para ella se siente tan rico sentir aquello.

—¡Oye no son pelotas antiestres! —se queja Karl, pero está mas que gustoso.

—¡Shh! —de inmediato lo reprende Katherine.

Y de pronto hay un silencio oscuro, las caricias se detienen. Un momento de tensión. Katherine se pone en cuclillas, pero antes de hacer algo mira hacia arriba y lo mira fijamente a los ojos.

—Viniste aquí a demostrarme que no hay nadie como tú ¿Cierto? —por un momento la respiración de Karl se detiene, parece que está mujer lee mentes—. Pero seré yo quien te mostrara que no hay nadie como yo. Y después de comprobartelo, aún así tendrás que aceptar que a pesar de que soy capaz de hacerte sentir todas estás cosas, no significa que seré tuya, porque yo soy mi única dueña.

Termina con las palabras y procede hacer lo menos esperado. Abre su boca e introduce su miembro dentro de ella, lamiendo con su lengua y masajeando con la parte inferior de sus mejillas. Esto para Karl se siente tan exquisito, es un deleite. Ella chupa constantemente, con sus mismos labios baja su glande, y con la punta de su lengua lame su rayita. Karl gruñe del placer, ansía explotar. No sabe en que momento su cuello se arqueó hacia atras dejando muy expuesta a su nuez, señal clara de qué está más que extasiado.

Katherine se deja de juegos, continúa ejerciendo presión con su paladar mientras lo embiste con su boca. Karl ya no se puede seguir conteniendo, pronto estallará, intenta retirarse, pero ella lo sujeta por las caderas con fuerza. Y sin poder evitarlo termina en su boca, su espeso semen se escurre por las comisuras de los labios de Katherine, es una gran cantidad. Pero a ella no le parece disgustar, sonríe ante su cometido, hasta pasa su lengua alrededor de sus labios saboreando el líquido.

Karl la observa fascinado.

Unos minutos después de asearse los dos, Karl la embiste por detrás mientras todo el torso y pecho de Katherine se quedan traslucidos en el cristal de las puertas de la regadera.

Pero en la cama es ella quien lo somete. Ahorcadas sobré él lo folla con desesperación. Moviéndose de una forma tan glamurosa, sube y baja lentamente sus caderas y de vez en cuando dando movimientos circulares.

Karl la contempla desde abajo, observando sus contorneados senos, se mantiene con las caderas endurecidas y con los pulgares presionando en los costados de su vientre para que su erección la sienta aún más profunda. Aunque claro, no hace falta porque pareciera que le atraviesa hasta las entrañas. Movimientos más los dos llegan al climax de nuevo. Pero esto no ha terminado, no para Karl. Ha llegado su turno.

—Es mi turno —le informa Karl.

Ella no escucha e intenta acariciarle la espalda, pero él atrapa su mano y la levanta hacia arriba, manipula con una mano las muñecas de ella dejándola inmovil.

Katherine hace un puchero.

—Dejame hacer mi trabajo. Es mi turno de consentirte... —finaliza Karl.

Empieza a besarla por todo el cuerpo sin dejar un centímetro sin haber tocado o besado. Se posiciona entre sus piernas y se introduce moviéndose con velocidad hasta terminar. Los jadeos de ella son vivaces.

Katherine está embriagada de placer, un caliente y espeso semen se escurre por su entrepierna, pero nada de eso importa, solo las caricias y sensaciones que él le provoca. Solo importa que él la recorre con las yemas de sus dedos con suaves toques por los costados de sus muslos. Ese líquido en su entrepierna para nada estorba, no cuando él la está llevando al cielo.

En un movimiento repentino Karl la gira quedando encima de ella por la espalda y besandola por el cuello y detrás de su oreja. Después le separa una pierna de la otra alzandola, la otra se queda recta, luego levanta un poco su culo en un perfecto angulo. Y al fin inyecta su pene deslizandolo poco a poco por sus paredes que lo aprietan, para después empezar con fuertes embestidas.

Gemidos y gruñidos se escuchan por toda la habitación. Él no deja a su otra tarea de lado, al contrario, los besos y mordeduras van al par de sus embestidas. Vuelve a correrse, y ella igual.

Descansan un poco.

No pasa mucho tiempo para cuando él se vuelve a posicionar entre las piernas de Katherine y a menearse en su entrada, pero sin adentrarse. Solo quiere calentarla.

—Te extrañé —confiesa Karl, abriendo su corazón por primera vez— ¿Tu negaras que también me extrañaste? —«Diga lo que diga ya sé la respuesta, su cuerpo no me lo niega», piensa Karl en sus adentros.

—No. No lo negaré. Te extrañe Karl y lo sabes. Por eso ya dejame tocarte —dice en un suplicio.

Karl sube hasta la misma altura de ella en la cama mirandola a los ojos.

Sus miradas se conectan.

—Karl, ya no me preguntes cosas obvias.

—Está bien...

Ella desliza sus uñas por su espalda rasgandolo un poco, acto que le eriza la piel a Karl, suspira. Sus ojos brillan con sus toques. Katherine baja hasta los glúteos de él, los cuales estruja y saborea con sus manos.

—Son perfectos y redondeados —los describe, no se cohibé en decirlo.

—Parece que has estudiado muy bien a mi cuerpo.

—Así como tú al mío —puntualiza Katherine.

—No lo negaré, hasta las más profundidades de tu ser con mi lengua.

—Calla... —eso si le da un poco de pena.

—¿No se te antoja que lo haga?

Se ruboriza Katherine.

Ellos después vuelven a asearse y terminan de nuevo en la cama hasta agotar la más mínima energía.

Duermen acurrucados y abrazados, despertando hasta medio dia.

Está vez ocurrió algo diferente y ellos lo sienten.

¿Ahora que pasará el resto de esté nuevo día?

DE CEO A PROSTITUTODonde viven las historias. Descúbrelo ahora