Te conocí en Buenos Aires, bajo la sombra de los viejos edificios, con el canto de los aves a nuestro alrededor, la brisa de la lluvia mojando nuestros cuerpos y el destino acompañándonos.
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Nací y crecí en un pequeño pueblo al sur de Chile, cerca del río Biobío en una pequeña casa de ladrillos rojos, enorme jardín lleno de flores y en el techo un par tejas de color blanco.
Fui criada por mis abuelos maternos; dentro de un ambiente armonioso, cálido, rodeada de vegetación, comida echa a leña, los regaños de mi abuela y los abrazos de mi viejo abuelo.
Vivíamos algo lejos de la ciudad, estábamos alrededor de una hora en carro. Aquel, era un paseo que yo solía hacer con mi abuelo en su caribe roja mientras escuchábamos la radio local y cantábamos las canciones de Los jaivas y de Los Prisioneros.
Las tardes eran calurosas, un poco húmedas porque eran típicas de la región. El mar estaba un poco lejos de la casa y se podía oler la sal y la arena desde la distancia, un toque picante combinado con los característicos árboles que habitaban la zona.
En casa siempre olía a leña quemada, esto era porque mis abuelos tenían una rara costumbre de prender el fuego incluso en las épocas más calurosas del año. Además, mi abuela preparaba un delicioso mate en una calabaza que me había regalado hace muchos años. Era de color blanca con pequeñas flores rosas pintadas.
Cuando llego mi adolescencia, en la escuela secundaria mi abuelo me inscribió a clases de fotografía, en ese momento yo únicamente poseía una cámara vintage, era una Nikon analógica de segunda mano por si lo llegaba a dejar en algún momento. Eso fue cuando yo recién cumplía 12, a los 15 me compraron otra cámara de la misma marca digital de segunda mano; de regalo número 18 mi abuela gracias a la pensión que tenía por su laburo de joven logro comprarme una cámara profesional digital.
Ese verano me la pase en el patio de nuestro pequeño hogar tomando fotos a cada cosa que veía: polvo acumulado en los muebles, el viejo perro de mi abuelo, las puertas rojas de la caribe familiar, el porche de tablas blancas y las manos de mi abuela preparando comida.
Me gustaría revivir dicho momento una y otra vez,
Cuando cumplí 18 entre a la facultad de filosofía en la universidad local de la zona, a la par que me inscribí a un sinfín de clases relacionadas a la fotografía, ese era mi sueño más grande en la vida. Para los 19 había leído tantos libros relacionados al tema que se podría decir que yo ya era una experta, dinero para comprarme algún lente nuevo p algún material que pudiera ayudarme con la iluminación.
Así fue la vida hasta este momento, donde me encuentro mirando al jardín que con tanto esmero y cuidado mi abuela le dedicaba su tiempo y vida.
Mi tía ha vendido esta casa, tengo entendido que a una empresa que planea crear una fabrica o algo en este terreno, su esposo sube mis maletas y mochila a su coche azul, es como ver mis recuerdos ser tirados a la basura. Mañana por la tarde llegaré a Buenos Aires para quedarme para siempre; tomando fotografías de una nueva de la cual estoy segura que no quiero iniciar.
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