Capítulo 30

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Pasó una semana. Aidan y Sandrine estaban en su luna de miel. En esos días, Grace había estado saliendo con uno de los amigos de Sandrine que había conocido en la fiesta, pero su hermano interfería constantemente y le hacía todo un interrogatorio al pretendiente.

—Ojalá pudieras llamar a tu pareja favorita, así dejas de molestar a mi cita.

Spencer estaba en silencio unos segundos antes de contestar. Ambos estaban en la casa.

—Lo haría si tuviera su número.

—¿No se los pediste?

—No tenía ningún papel en los bolsillos, así que asumo que no. Aunque...seguramente están enojados conmigo —supuso cabizbajo mientras se sentaba en el sofá—. Recuerdo muy poco y no sé si hice algo malo.

Grace se sentó junto a él.

—No pienses así. Ya nos preguntaste el otro día y te dijimos lo que hiciste, y fue sólo eso, no te pasaste. ¿No confías en nosotros?

Él la miró.

—Sí, es sólo que —hizo una pausa y volvió a bajar la cabeza—...no he sabido de ellos en una semana.

—El número lo tiene Sandrine. Cuando vuelva, se lo pides.

Su hermano le sonrió un poco, aceptando la respuesta. Ella le hizo una caricia en el hombro. Ninguno dijo más nada por unos minutos. Grace se levantó para ir a la cocina, y él se acostó en el sofá con las piernas flexionadas.

24 de diciembre de 1991.

Ambas familias estaban en casa de Aidan y Sandrine. Había otros parientes como abuelos, tíos y primos. Los mellizos estaban durmiendo arriba en su habitación. Durante la cena, Spencer, como en todas las reuniones familiares, miraba a Randall y a su mujer lo más disimuladamente que podía. Pero en un momento sintió que Grace, quién estaba a su lado, le dio una leve patada, llamando su atención. Ella le dedicó una mirada seria de lado mientras cortaba su carne de lechón. Él le respondió con una leve sonrisa de resignación y con la cabeza baja.

—Sé que casi no los vemos, pero estuviste mirándolos un buen rato —lo regañó en un susurro.

—No se dieron cuenta.

—Pero otros sí podrían y van a hacerte un montón de preguntas.

Más tarde, durante la sobremesa, mientras algunos seguían en el comedor y otros estaban en la sala de estar comiendo postres o tomando té y café, el adolescente aprovechó la distracción de todos para ir al living a sacar una libreta de la mesa del teléfono a escondidas y guardarla en el bolsillo del pantalón. Se dirigió a la escalera y subió. Al llegar a una habitación de huéspedes, abrió la libreta y buscó el apellido Naylor en la N. Una vez que lo encontró, agarró otra libreta y una lapicera que había en una mesa de noche. Se sentó en la cama y anotó. Arrancó el papel.

—Spencer —lo llamó una voz femenina con seriedad.

Se sobresaltó al escucharla y vio a Sandrine dentro de la habitación, con los brazos cruzados.

—Es...estaba... —titubeó mientras se levantaba y llevaba las manos atrás.

—¿Desde cuándo te llevas cosas a escondidas? Y principalmente la agenda.

—No hice nada.

—Lo que sea que hayas guardado, dámelo —ordenó estirando el brazo y poniendo la palma hacia arriba.

Tu hijaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora