Capítulo 33

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Jim trataba todos los días de llamar a Grace o de visitarla, pero el hermano de esta siempre interfería. Ella nunca contestaba un llamado por si era de su ex. Si era de alguien más, le pasaban el teléfono sin problemas; y sino, colgaban. Luego Grace consideró que Jim ahora sí la iba a respetar, pero su familia le aconsejaba no dar marcha atrás. Sandrine tuvo una conversación con su amigo diciéndole lo mal que había hecho y que se atuviera a las consecuencias. No hizo caso al consejo y siguió llamando hasta que dejó de intentarlo definitivamente.

Al mismo tiempo, Aidan tuvo su turno con el terapeuta, pero la sesión no llevaba a ningún lado. Él y su mujer siguieron buscando otros, que resultaron ser iguales o peores. Unos le invalidaban las emociones, otros lo apuraban para que hablara, otros le decían que no tenía ninguna posible enfermedad y que sólo era una persona problemática. Estaba por rendirse otra vez, pero recordaba su promesa y que no quería perder a su familia. Dieron con una terapeuta que parecía ser decente. Consideraba que su mala conducta era a causa del alcohol, así que le preguntaba con qué frecuencia bebía, en qué ocasiones, si consumía drogas, a lo que contestó que no y que bebía cuando se deprimía o entraba en alguna crisis y le dio los detalles. Le contaba que más de una vez pensó en que el amigo de la infancia de su esposa podría volver, y que ella lo dejaría por él. Entonces se iba de casa en la noche, cuando ya todos dormían e iba a algún bar.

—¿Has golpeado a tu mujer estando ebrio?

—No, siempre me quedo en el bar o taberna...o incluso en la calle para no volver en ese estado y evitar pegarle. —Bajó la cabeza—. Yo sé que nunca la lastimaría, pero tengo miedo de no controlarme en ese estado. Con mi madre hacía lo mismo cuando vivía con ella. Mi padre era alcohólico, y a ella le provoca un trauma verme borracho, así que me quedaba en casa de algún amigo hasta el otro día. Sólo tiene confianza si está mi hermano...o, sino, trata de hacer a un lado sus miedos por mí.

La sesión continuó y luego la terapeuta le dio la dirección de un hospital para la rehabilitación, pero, aunque aceptó el papel, Aidan no estaba dispuesto a internarse.

—Podemos hablar con los médicos para que te permitan hacer un tratamiento ambulatorio —lo animó Sandrine mientras lavaba los platos—. Pero tienes que tratarte, no puedes seguir saliendo de noche a beber y volver a cualquier hora sólo porque May y Spencer te traumaron con Vincent. —Terminó de lavar, se secó y lo miró de frente—. Aidan, me casé contigo, no con mi amigo. Estoy aquí, te doy atención, te amo a ti, tienes una familia. Tienes que dejar de pensar en que voy a cambiarte por alguien más.

—Lo sé, confío en ti, pero a veces...sólo pienso en eso y me dan ganas de irme y beber hasta dejar de pensar —dijo en voz baja.

Su esposa se le acercó y lo tomó de las manos.

—¿Quieres volverte como tu papá?

—¡Claro que no! —contestó rotundamente, para luego abrazarla—. ¡Eso nunca, nunca les haría daño a ti ni a los mellizos! Pero tampoco quiero separarme de ustedes —agregó con la voz quebrada mientras le acariciaba el pelo.

—Tranquilo, vamos mañana y hablamos con el médico.

***

Aidan habló con el doctor del hospital al que lo derivaron junto con su mujer y acordaron hacer el tratamiento ambulatorio.

Ya había pasado un mes. Las sesiones eran una vez por semana y también seguía yendo a las terapias, pero algo seguía estando mal: su miedo a que Sandrine lo dejara por Vincent, que se enterara de la existencia de Jenna, que Randall dejara de hablarle por Natasha y a veces su mala conducta continuaban.

—Creo que esto de volver a buscar otro psicólogo fue una mala idea, no me sirvió de nada —se quejó mientras estaba sentado con Randall y sus amigos meseros en el descanso.

Tu hijaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora