Elowin
Desde aquel día en que Lucca me molestó hasta que Nathaly vino a ayudarme, descubrí lo fácil que era para mi mente vagar hacia terrenos peligrosos. Fantasías sobre Lucca y yo surgían sin que pudiera detenerlas. Escenas vívidas, casi cinematográficas, que me hacían ruborizarme incluso cuando estaba sola.
Mi estadía en su castillo resultó ser mucho más llevadera de lo que había anticipado. Nathaly y el personal eran cálidos, acogedores, casi familiares. Incluso Evert, que al principio parecía una extensión fría del mundo de Lucca, terminó mostrándome su lado más humano. Con el tiempo, desarrollamos una especie de amistad... peculiar. Era un tonto, sí, pero uno encantador. Podía ser dulce cuando quería, y lo suficientemente realista como para hacerme sentir segura, incluso con un arma al cinto. Y, por extraño que parezca, funcionaba.
Las tardes con Evert se volvieron una rutina reconfortante. Como ese sábado cualquiera, sentados en la sala de estar viendo Transformers, compartiendo un tazón de palomitas de maíz.
—¿Puedes dejar de acaparar todas las palomitas? —se quejó, estirando el brazo hacia el tazón.
—No si sigues agarrando puñados como si no hubieras comido en días —repliqué, apartando el tazón con una sonrisa, sin despegar los ojos de la pantalla donde Unicron devoraba mundos como si fueran dulces.
—Sabes que, si quiero las palomitas, las consigo —dijo, con esa sonrisa arrogante tan suya.
—No te tengo miedo —le recordé, aunque ambos sabíamos que esa línea ya era parte de nuestro guion compartido.
—Eso dices —contestó él, divertido.
Me reí. Con Evert, mi timidez simplemente se desvanecía. Pero todo cambiaba cuando Lucca entraba a la habitación. La atmósfera se transformaba. Sentía que algo dentro de mí se tensaba, como un resorte listo para romperse.
—No estoy seguro de haberte traído aquí para que pases el rato en mi casa —dijo Lucca al entrar, mientras se servía un whisky y tomaba asiento, imponente como siempre.
—Vamos, no te pongas así. Solo nos estábamos divirtiendo —intervino Evert, pasando un brazo sobre mis hombros con naturalidad.
Pero la mirada que Lucca me lanzó fue todo menos natural. Fría. Mordaz.
—Dado que tu deuda aún no ha sido saldada, preferiría que te comportaras como alguien que me debe, no como alguien a mi nivel. Acompáñala a su habitación —ordenó, su voz afilada como una navaja.
Sus palabras me atravesaron. ¿Quién se creía que era?
—¿Disculpa? —reaccioné antes de pensarlo—. Escucha, solo porque tienes un Porsche, un chofer y un castillo no te hace mejor que yo. Eres un idiota. Un cerdo arrogante sin corazón. Si tanto te molesta que esté aquí, mándame a casa. Prefiero dormir en el suelo de mi propio cuarto que seguir aquí, aguantándote.
Me puse de pie, las manos en la cintura. Estaba temblando por dentro, pero no iba a mostrárselo.
—No se puede —respondió él, sin emoción—. Evert.
Ni siquiera le di tiempo a Evert de moverse. Me giré con desprecio, salí de la sala y me dirigí a mi habitación. Pero ni siquiera llegué a cerrar la puerta cuando Lucca irrumpió tras de mí y la cerró de golpe.
—¡Sal de aquí! ¡No te quiero aquí! —grité, empujándolo con ambas manos, la ira alimentando una valentía que no sabía que tenía.
—Déjame aclararte algo —dijo, avanzando hacia mí con ese tono grave que usaba cuando quería tener el control absoluto—. Esta es mi casa. Mis reglas. Apenas eres una empleada. Así que te sugiero que te alinees, cariño, porque hasta que se cumplan los tres meses, estás bajo mi control.
Retrocedí. Cada palabra suya era una amenaza vestida de formalidad.
—O haces lo que te digo, o puedes acostarte en esa cama, aceptar mi segunda oferta y salir de mi casa para siempre —concluyó, su voz oscura, sus ojos como cuchillas de hielo.
Tropecé con la cama detrás de mí. Tuve que apoyar las manos para no caer, y antes de que pudiera moverme, ya lo tenía encima, su cuerpo demasiado cerca, su mirada demasiado intensa.
Sabía que nunca me atrevería a aceptar su oferta. No después de cómo jugaba conmigo, como si no tuviera valor, como si no significara nada.
Intenté abofetearlo, pero atrapó mi muñeca. Intenté con la otra y también la bloqueó. Luché, y él sonrió. Disfrutaba verme indefensa. Lo sabía.
Pensé en golpearlo donde duele, pero fue más rápido: atrapó mi pierna entre las suyas y, antes de darme cuenta, ambos caímos sobre la cama. Él me inmovilizó fácilmente, como si fuera un juego más. Mi falda subió, su pierna quedó entre las mías.
—Quiero tenerte —susurró, sin rodeos.
Sentí mi respiración entrecortarse. Sus labios bajaron a mi cuello. Cada movimiento suyo parecía planeado, perfecto, devastador.
—¿Me dejarás? —preguntó junto a mis labios, su voz suave, su nariz rozando mi mejilla.
Sabía que era un juego. Sabía que, si me rendía, si decía que sí, me convertiría en una más. Otra en la lista.
—No —respondí con firmeza.
Él se rió. Mordió mi labio, lo soltó. Su lengua acarició mi piel como si no hubiera escuchado mi negativa.
—Di que sí —susurró, besando mi pecho—. Solo esta vez... déjame tenerte.
Me miró, los ojos llenos de deseo. Yo lo miré también. Y por un instante, quise decir que sí. Por un segundo, mi cuerpo tembló por querer rendirse.
Pero no.
—No —repetí. Esta vez más fuerte.
Él se detuvo. Su sorpresa fue breve. Luego su expresión se endureció. Me miró por unos segundos más y finalmente se apartó.
—Creo que deberías irte —le dije, manteniendo mis ojos firmes en los suyos.
No lloré hasta que estuve segura de que estaba fuera.
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Hola, mis querides lectores💙🌌
Espero que les esté gustando lo que va y les agradecería que dejaran sus comentarios y votos, los cuales son incentivos para todo escritor.
¡Gracias de antemano!
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La Mujer de la Bestia
RomansCuando una camarera torpe y llena de fuego en la mirada entra en la vida de un hombre marcado por su oscuro pasado, nada volverá a ser igual. Entre secretos, pasión y un amor que desafía todas las reglas, La Mujer de la Bestia revela qué sucede cuan...
