Elowin
Trabajar con Lucca resultó ser, sin exagerar, lo más agotador que he hecho en mi vida. Y eso que una vez ayudé a mi tía a organizar tres bodas en una semana. Pero esto... esto era distinto. Era como si Lucca estuviera propulsado por una fuente inagotable de energía —como si inhalara ambición con cada respiración— y los que estábamos a su alrededor solo podíamos tratar de seguirle el ritmo.
Desde el primer día, entendí que, en su mundo, no había espacio para la comodidad. Cada mañana empezaba demasiado temprano, demasiado perfecta y con demasiada presión. Despertaba, me preparaba con la ropa que Otto —su estilista personal— seleccionó para mí, prendas ajustadas y formales que dejaban poco a la imaginación. Nada como mi ropa de siempre: suelta, cómoda, segura. Maquillaje obligatorio. Cabello estrictamente recogido. Mis rizos, que normalmente hacían lo que querían, protestaban con cada intento de domesticarlos. La lucha diaria con el gel, la laca y las horquillas era casi tan estresante como la jornada laboral en sí.
Y aun así, eso no era lo peor.
Lo peor era que Lucca estaba siempre allí.
Siempre viéndome. Observándome con esa mirada fría e intensa que parecía atravesar cada defensa que intentaba levantar. En su oficina, donde también estaba mi escritorio —sí, en su maldita oficina— no tenía escapatoria. Si estaba de buen humor, me provocaba. Si estaba de mal humor, me hacía sentir como una molestia con solo una mirada. Nunca sabía cuál versión de él iba a recibir. Pero, en cualquier caso, siempre se las arreglaba para hacerme sentir vulnerable. Pequeña. Expuesta.
Era jefe. Rico. Poderoso. Y completamente consciente del efecto que tenía en mí.
Y aunque intentaba mantenerme profesional, objetiva, hasta indiferente... había momentos en los que mi cuerpo traicionaba a mi mente.
Como hoy.
—Bésame —dijo de repente, mientras caminaba lentamente hacia mí.
Giré mi silla, me levanté sin mirarlo. —No.
—¿Por qué no? —preguntó, su voz sedosa mientras me rodeaba la cintura con un brazo y me atraía hacia su pecho como si yo le perteneciera.
—Porque eres mi jefe —respondí con un temblor apenas disimulado—. Y porque eres un idiota.
Luché contra su agarre, inútilmente. Era como pelear contra una muralla caliente y viva. Grande. Firme. Inamovible.
—Vamos, Elowin. Solo un beso. No es mucho pedir.
—Lucca... no. —Giré el rostro, determinada a resistirme. Pero él nunca se rendía. Ese era su problema.
—No soporto que me digan que no —susurró cerca de mi oído, y antes de que pudiera procesarlo, me tenía contra la pared. Su boca cayó sobre la mía con fuerza, como una orden disfrazada de deseo.
Intenté empujarlo. Le golpeé el pecho. Le di una bofetada que a él pareció entretenerle más que ofenderle. Cuanto más me resistía, más intensa se volvía su presencia. Su lengua se abrió paso cuando jadeé, y en respuesta lo mordí. Él gruñó, como si el dolor solo lo avivara. El calor subió por mi cuerpo, pero no era deseo, era rabia, miedo, confusión... todo mezclado.
Me rendí por un momento. No a él, sino a la idea de que pelear solo lo alimentaba. Puse mis manos en su pecho. Intenté respirar. Él aflojó un poco su agarre, y sus labios se volvieron suaves, casi tiernos.
Y sí... lo besé de vuelta.
No porque quisiera. Porque ya no sabía dónde terminaba su voluntad y comenzaba la mía.
Envolví mis brazos alrededor de su cuello, sintiendo su fuerza como una jaula. Su cuerpo presionaba el mío contra la pared, su mano en mi cuello era cálida, firme, posesiva. Su pierna encontró espacio entre las mías y entonces... volví a despertar.
¡No!
Le golpeé de nuevo. Cerré los puños. No podía permitir que él ganara.
Y aun así, no se detuvo. Sujetó mis muñecas con una mano y las llevó por encima de mi cabeza. El contacto se volvió aún más íntimo, más invasivo, su aliento mezclado con el mío, sus labios exigiendo más de los míos.
Finalmente, se separó. Pero no me soltó.
Apoyó su frente contra la mía, sus ojos oscuros clavados en los míos, su respiración tan agitada como la mía.
—La próxima vez, podrías simplemente decir que sí —susurró con arrogancia, alejándose como si nada hubiera pasado.
Y entonces...
—¿Escuchaste lo que dije? —preguntó desde su escritorio.
Parpadeé. Estaba sentado. Con una expresión seria. Como si no me hubiese tocado. Como si todo hubiese sido un sueño enfermizo.
—¿Eh? —murmuré, desorientada, sintiendo el rubor en mis mejillas.
—Dije que necesito las notas de la reunión con Marcel antes de irnos —repitió, con un tono impaciente.
—Ah, sí. Sí, las tengo. Las traeré ahora. —Me giré bruscamente hacia mi portátil, disimulando el temblor en mis dedos.
Santo cielo. ¿En qué demonios estaba pensando? Acababa de... fantasear con él.
Otra vez.
¡Ni siquiera me había tocado! ¡Todo había estado en mi cabeza!
Respira, Elowin. Solo respira.
—¿Estás bien? —preguntó, sin moverse, pero con esa mirada que parecía ver todo lo que no decía.
—Sí. Claro. Estoy bien. —Mentí, hundiéndome en mi trabajo como si mis hojas de cálculo fueran un escudo contra mis propios pensamientos.
Pero no lo eran. Porque en el fondo sabía la verdad.
Lucca ya era peligroso en la vida real. Pero en mi mente... era aún peor.
Y eso era lo que más me aterraba de todo.
*
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Hola, mis querides lectores💙🌌
Espero que les esté gustando lo que va y les agradecería que dejaron sus comentarios, los cuales son incentivos para todo escritor.
¡Gracias de antemano!
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La Mujer de la Bestia
RomanceCuando una camarera torpe y llena de fuego en la mirada entra en la vida de un hombre marcado por su oscuro pasado, nada volverá a ser igual. Entre secretos, pasión y un amor que desafía todas las reglas, La Mujer de la Bestia revela qué sucede cuan...
