Elowin
No podía moverme.
Apenas podía respirar.
¿Por qué no estaba corriendo?
¿Por qué no me defendía?
¡El bate! ¡El maldito bate!
Pero antes de que pudiera terminar el pensamiento, mis pies reaccionaron por mí. Salí disparada hacia la puerta, mi única salida. La abrí con fuerza, pero el aire se congeló en mis pulmones. Justo ahí, frente a mí, estaba él.
Lucca.
De pie. Alto. Firme. Intimidante.
El simple hecho de verlo ahí me obligó a retroceder y cerrar la puerta como un acto reflejo. Todo dentro de mí gritaba peligro. Fui directo hacia la maceta grande junto a la entrada y saqué el bate escondido. Lo levanté entre nosotros, como si eso pudiera protegerme del peso de lo que sentía, de lo que él era para mí.
—Elle... —su voz rasgó el aire, suave, pero con esa maldita gravedad que siempre lo acompañaba.
—¿Qué haces aquí? ¿Qué quieres? —pregunté, con el corazón galopando como un animal salvaje.
—¿Qué crees? —respondió, con esa calma que me hizo querer golpearlo.
—No. No voy a volver contigo. —Mi voz tembló, pero mis palabras eran firmes.
—Recuerdo haberte dicho que, si querías huir, tenías que hacerlo lo suficientemente lejos como para que no pudiera encontrarte. —alzó los hombros, como si esto fuera cualquier conversación.
—No hay forma de que me hayas encontrado. ¡No hay forma! —exclamé, frustrada, sintiendo que el mundo se me caía encima otra vez.
—¿Qué crees? —repitió, esta vez con los ojos brillando con ironía.
—¿Diogo? ¡No! No. ¡No te creo! —negué frenéticamente, como si al hacerlo pudiera deshacerlo todo.
—Tienes mi coche, Elle. ¿De verdad no pensaste en deshacerte de él? —rió, como si mis esfuerzos por rehacer mi vida fueran solo un chiste para él.
—¡Lárgate! —grité, la voz quebrada de dolor, de rabia.
—No puedo. Estoy aquí para llevarte de vuelta. —lo dijo como si fuera tan sencillo, tan inevitable.
—¡No! ¡Déjame en paz! ¡Y llévate tu estúpido carro! —alzaba el bate con ambas manos, aferrándome a él como a mi último refugio.
—¿Vas a golpearme con eso? —dio un paso hacia mí.
—Tal vez... ¡Quédate donde estás! ¡En serio! ¡Tengo el bate y no tengo miedo de usarlo! —advertí, aunque mi voz no era tan firme como deseaba.
—Ah, ¿sí? Entonces hazlo. Golpéame. —abrió los brazos. Una provocación.
Me quedé paralizada. ¿Y si lo hacía? ¿Y si realmente lo golpeaba?
—Vamos. Hazlo. —insistió.
Y lo hice.
O lo intenté.
Mi bate fue detenido por su mano en el aire.
Antes de que pudiera soltarlo, me atrajo hacia él, jalándome con fuerza hasta que estuve pegada contra su pecho. Me sostuvo por la cintura, inmovilizándome. Solté el bate y comencé a luchar. Golpeé. Arañé. Le di con los puños en el pecho. Pero él solo se rio.
Y entonces me levantó como si no pesara nada. Me lanzó sobre su hombro.
—¡LUCCA! ¡DÉJAME! —grité, pero su agarre se endureció como una maldita jaula.
ESTÁS LEYENDO
La Mujer de la Bestia
RomanceCuando una camarera torpe y llena de fuego en la mirada entra en la vida de un hombre marcado por su oscuro pasado, nada volverá a ser igual. Entre secretos, pasión y un amor que desafía todas las reglas, La Mujer de la Bestia revela qué sucede cuan...
