El domingo por la mañana, el Gillette Stadium no era un estadio de fútbol; era un hormiguero al que alguien le había echado café hirviendo. La energía era una mezcla tóxica de adrenalina pura, terror ante los Padres Fundadores de Washington y una histeria colectiva por la llegada del nuevo soberano.
James Mason estaba allí. No lo veíamos, pero lo sentíamos. Era como saber que hay un tiburón en el agua: no necesitas ver la aleta para que te tiemblen las piernas. Según los rumores que corrían por los auriculares del staff, estaba instalado en el palco presidencial, observando cada movimiento con la frialdad de quien audita una empresa en quiebra. Clásico de los tipos que nacen en cunas de oro: les encanta mirar desde arriba para recordarnos quién es el dueño del cielo y quiénes somos los que nos arrastramos por el barro.
—Si me desmayo, asegúrate de que Madison no me pase por encima con su entusiasmo —susurró Jenna mientras ajustábamos las cámaras en la línea de banda.
—Si te desmayas, yo te usaré de escudo humano para que James Mason no vea que mis manos están temblando —le respondí, forzando una sonrisa que se sentía más como un espasmo.
El partido estalló con una intensidad que te hacía vibrar los empastes de los dientes. Washington no vino a jugar; vino a demoler. Su línea ofensiva era un muro de carne y hueso que embestía a nuestra defensa con una agresividad que rozaba lo personal. Pero los Linces... Dios, hoy los Linces jugaban como si sus contratos dependieran de cada yarda. Y quizá era cierto.
Christopher estaba en estado de gracia. Sus pases eran dardos precisos, trazando arcos perfectos bajo el cielo gris de Boston. Pero incluso a través de mi lente, podía ver la tensión en su mandíbula. No estaba disfrutando el juego; estaba sobreviviéndolo. Cada vez que caía tras un sack, se levantaba con una furia contenida que me hacía querer correr hacia él y, acto seguido, recordarme que yo ya no era su enfermera emocional.
Me obligué a concentrarme en el trabajo. Tomé fotos, revisé los hilos de Twitter, monitoreé las estadísticas de engagement que subían como espuma. Madison, impecable en un traje que costaba más que mi alquiler, recorría la banda encantando a los patrocinadores con esa facilidad que solo tienen las personas que nunca han tenido el corazón roto. Todo en el equipo funcionaba como un reloj suizo.
Pero dentro de mí, los engranajes estaban atascados.
Durante los tiempos muertos, mis ojos hacían lo que más odiaba en el mundo: buscar el número 31. Era una reacción involuntaria, como respirar. Mi mirada era una brújula rota que siempre señalaba hacia Christopher, sin importar cuántas veces intentara calibrarla hacia el monitor. Lo veía beber agua, hablar con el coach, sacudirse el césped de los pantalones... y cada vez, sentía ese tirón en el pecho que me recordaba que, aunque estuviéramos rodeados de sesenta mil personas, seguíamos atrapados en ese pasillo silencioso de ayer.
El partido terminó con un marcador que casi me provoca un infarto: 23 a 20. Una victoria cerrada, sudada y necesaria.
Un alivio. Un respiro para el equipo.
En medio del caos post-juego, Jen nos reunió en el túnel para una junta de cierre relámpago. Su rostro, generalmente una máscara de control, mostraba grietas de agotamiento.
—Buen trabajo hoy, equipo. El contenido de la victoria tiene que estar arriba antes de las siete. No quiero errores —dijo, pasando la vista por sus notas. Luego, se detuvo en mí y su expresión se volvió inquietantemente seria—. Olivia.
—¿Sí? —mi voz sonó más pequeña de lo que pretendía.
—El señor Mason quiere conocer personalmente a los miembros clave del equipo de comunicación. —hizo una pausa, dejando que el peso de sus palabras se asentara—. Quiere saber quiénes son las mentes detrás de la voz de los Linces. Tienen que estar ahí los cuatro
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LA FORMA EN QUE TE AMO
Teen FictionOlivia es una recien egresada de la universidad de Chicago, su sueño siempre ha sido trabajar como publicista para las mejores marcas del mundo. Le ofrecen la oportunidad de trabajar con uno de los equipos mas importantes de la NFL. Sin dudarlo, el...
