T R E I N T A

45 3 0
                                        

El domingo 8 de diciembre, los Hawks no solo nos ganaron; nos pasaron por encima como un camión de dieciocho ruedas a un gatito desorientado. Fue una paliza en toda regla.

Fue uno de esos partidos en los que el universo parece haber conspirado para recordarte que el caos es la única constante. Pases erráticos que terminaban en manos del enemigo, errores defensivos dignos de una comedia de enredos y fallos de coordinación que hacían que el equipo pareciera un grupo de desconocidos intentando armar un mueble de IKEA sin instrucciones. El marcador final, un humillante 31 a 10, se sentía como una burla luminosa en el cielo de Boston.

En el vestidor, el ambiente no era sombrío; era directamente fúnebre. No hubo gritos, ni cascos volando contra las paredes, ni las rabietas épicas que suelen seguir a una derrota. El silencio era denso, de esos que se te pegan a la piel como el sudor frío.

Y Christopher... Dios, Christopher era el centro de gravedad de esa miseria.

No necesitaba que dijera una palabra para saber que se estaba desollando vivo por dentro. Cargaba la derrota en la tensión de sus hombros, en la forma en que sus nudillos estaban blancos mientras sostenía su tablet. Lo vi frotarse el rostro con una desesperación contenida cada vez que sus pasos, casi por inercia, lo acercaban a mi radio de acción. 

Pasó frente a mí tres veces y, en cada una, el aire pareció congelarse. Ni una mirada. Ni un "lo siento". Éramos dos extraños compartiendo una tragedia, universos paralelos que se negaban a colisionar de nuevo.

El martes siguiente, el vacío que dejó Briana finalmente fue ocupado por algo más que polvo y nostalgia.

Jenna y Rob estaban actuando como si estuviéramos a punto de recibir a la realeza. Jenna se había retocado el labial tantas veces que su boca parecía una señal de stop, y Rob había organizado sus cables por colores, algo que solo hace cuando sus niveles de ansiedad alcanzan el techo.

Cuando ella entró, no necesité presentaciones. Ya había hecho el recorrido obligatorio por su LinkedIn y su Instagram apenas Jen soltó su nombre.

Se llamaba Madison Rivera.

Venía de la NBA, con un historial de campañas de marketing que hacían que mi currículum pareciera un dibujo de preescolar. Era joven, era brillante y tenía una sonrisa de catálogo de dentista que te hacía sentir inmediatamente inferior. Vestía un blazer beige que encajaba con su piel de forma tan perfecta que sospeché que había sido cosido directamente sobre ella.

—Hola a todos —dijo, proyectando una seguridad que me hizo querer esconderme bajo mi escritorio—. Es un placer estar aquí. Amo la energía de los Linces y estoy lista para dar lo mejor de mí.

Jenna la recibió con una amabilidad casi excesiva. Rob fue igual de encantador. Yo... bueno, yo hice mi mejor esfuerzo por no parecer un gárgola de catedral. No era ella, de verdad. Era el hecho de que su presencia era el punto final de una frase que no quería terminar de leer. Madison no era Bri. No iba a traerme cafés dobles cuando el mundo se estuviera cayendo a pedazos, ni me iba a cubrir cuando mis ojos estuvieran rojos de tanto llorar por un quarterback que no sabía lo que quería. El refugio se había cerrado.

Pero la verdadera bomba del día no fue la llegada de la "Chica de Oro" de Nueva York.

Ocurrió justo después del almuerzo, en la sala de juntas. El aire acondicionado parecía expulsar nitrógeno líquido mientras Jen se ponía de pie con una expresión que era un 50% profesionalismo y un 50% pánico puro.

—Como saben, Andrew Mason ha decidido dar un paso al lado —informó Jen, con la voz un poco más aguda de lo normal—. Dejará la presidencia en manos de su hijo, James Mason. Él asumirá el liderazgo de forma inmediata y estará presente este domingo en el palco principal para el partido contra los Padres Fundadores de Washington.

LA FORMA EN QUE TE AMOHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora