Capitulo 2

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Andrey Nikolaev

Andrey 10 años.

El llanto había sonado toda la maldita noche. No era un lamento; era un rasguño constante bajo el suelo, lo suficientemente fuerte para penetrar el grueso silencio de la casa. Padre había dejado claro: el sótano está prohibido. Pero esa regla se sentía estúpida cuando el ruido te pinchaba el cerebro y no te dejaba dormir. Yo solo quería paz.

Me levanté. Eran las dos de la mañana. La casa estaba muerta. Padre se había ido a su "otra casa" y Madre, como siempre, se había esfumado a su turno.

Bajé al primer piso. El suelo de madera crujió bajo mis pies descalzos. Me dirigí a la cocina, encendí la linterna y busqué la trampilla. Me importaba una mierda lo que Padre dijera. Si algo estaba haciendo ruido, yo iba a silenciarlo.

Quité el cerrojo de la trampilla. El aire que subió era frío, húmedo y olía a tierra. El haz de luz cortó la oscuridad. Bajé la escalera de madera, sin hacer ruido, más por instinto de cazador que por miedo.

El sótano era una cueva de ladrillo. Cuando llegué al final de la escalera, el llanto se hizo más claro. Venía de la esquina más oscura, detrás de unos sacos mohosos.

Me acerqué, apuntando la linterna.

Y ahí estaba.

Era una niña. No más grande que Anthony, sentada en el suelo frío. No se estaba lamentando; estaba sollozando en silencio, con las rodillas pegadas al pecho.

Lo que me golpeó no fue el llanto, sino el color. Tenía el cabello de un rojo violento, casi el color de la sangre recién seca, y sus ojos... Cuando levantó la vista, sus ojos me atraparon. Eran de un verde tan intenso que brillaban bajo la luz débil, como dos trozos de cristal roto y afilado. No había inocencia en esa mirada. Había furia.

—¿Quién diablos eres tú? —dije.

Ella no respondió. Solo me miró con una intensidad que me hizo olvidar que yo era el que estaba en control. No era una víctima; era otra cosa.

El llanto se había ido. Ahora solo quedaba ella, ese pelo de fuego y esos ojos verdes, mirándome como si yo fuera la razón de que estuviera encadenada en ese sótano.

Nunca me habían interesado las niñas. Las encontraba ruidosas, estúpidas y pegajosas. Padre decía que era marica, pero a mí me importaba una mierda su opinión. Simplemente no eran interesantes. Pero esa niña en el sótano... el pelo de fuego y esos ojos verdes. Llamó por completo mi jodida atención.

Me acerqué. No era miedo lo que yo proyectaba, era curiosidad. Y ella se asustó.

—No te haré daño.

Ella no me escuchó. En un movimiento rápido como un resorte, saltó.

Sentí las uñas afiladas desgarrando la piel de mi antebrazo. Era una salvaje. Una gata rabiosa. El dolor fue tan repentino que me hizo soltar un gruñido.

—¡Oye! Mierda. —Retrocedí, la linterna cayó al suelo. La luz rodó, iluminando nuestros pies.

Me limpié la sangre. Era roja, espesa. No estaba acostumbrado a que me tocaran, y mucho menos a que me atacaran. La miré con una mezcla de sorpresa, irritación y... fascinación.

—¿Estás loca? —dije.

Ella se quedó paralizada. Su pecho subía y bajaba con una respiración frenética, pero sus ojos verdes no se apartaban de mí. Eran desafiantes.

—Me han encerrado —espetó.

—Ya lo veo —respondí, levantando mi brazo ensangrentado—. Y eres una maldita maleducada.

Mafia Y Amor [+18]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora