Capitulo 23

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Andrey

Me levanté sin hacer ruido. No era algo que mi naturaleza permitiera, pero me había acostumbrado a moverme como un fantasma a su alrededor. Fui a la ventana, observé el horizonte gris de la ciudad. El mundo seguía girando, las corporaciones seguían obedeciendo mis reglas, y yo seguía siendo el monstruo. La única diferencia era que mi centro de gravedad se había mudado.

No soy un hombre que mire el horizonte. Yo soy el horizonte. Y sin embargo, cada línea de poder que he construido, cada vida que he tomado, cada maldita respiración que doy, ahora depende de la respiración superficial de la mujer en esa cama. Es una debilidad. Mi única debilidad. Y es absoluta.

Mi atención regresó a la cama. Anabella dormía profundamente, el agotamiento del viaje y las primeras semanas de tratamiento la habían noqueado. Su respiración era superficial, pero constante.

Me acerqué a la cama, mis pies descalzos sobre la alfombra gruesa.

Acurrucado justo a su lado, con la cabeza casi apoyada en el pecho de Anabella, estaba el niño. Mi hijo. El bastardo que no debería haber amado tanto, el pequeño paquete de carne y caos que era una extensión innegable de mí, marcado por su boca y por mis malditos ojos.

Tenía solo dos meses, un paquete pequeño envuelto en un mameluco de lana. Desde que llegamos, había rehusado dormir en su moisés. Si lo dejábamos allí, lloraba. Si lo poníamos junto a ella, se calmaba al instante, como si supiera que solo en la cercanía de su madre podía encontrar paz. Como yo.

Me arrodillé junto a la cama. El mármol frío de la base me recordó mi lugar. Extendí un dedo y rocé la cabeza diminuta del niño, una caricia robada, casi temiendo romperlo.

El niño suspiró, hundiendo su rostro más cerca de Anabella, sintiendo su calor.

¿Qué me has hecho, Anabella? Me has atado a la vida, me has dado una obligación que no puedo matar. Este mocoso. Me mira con los ojos de ella y me hace sentir cosas que no deberían existir en mí. Miedo. Miedo de que la necesite tanto como yo, y que ella se vaya y nos deje a los dos.

Me levanté y me incliné sobre ella. Estaba pálida, pero su boca conservaba el color de un fruto prohibido, invitando a la posesión. Deslicé el dorso de mi mano por su frente, retirando un mechón rebelde. Su cabello había crecido un poco, una capa suave que apenas cubría su cráneo.

Me obligué a retroceder antes de sucumbir a la necesidad de despertarla y tomarla, sin importarme el dolor del tratamiento.

—Maldita sea —El gruñido salió ronco.

Me dirigí al baño.

Me desnudé bajo el chorro de agua hirviendo. El vapor me cubrió la cara, espeso y sofocante. Traté de quemar el deseo, de limpiar la necesidad, pero solo sentí cómo la frustración se convertía en una rabia helada y sexual.

Mi puño se estrelló contra el azulejo, el sonido seco ahogado por el agua. La imagen de ella, mi gatita, en la cama a pocos metros, era una tortura constante.

Cerré los ojos, el agua caliente golpeándome. Mi mano bajó, dura y decidida, y agarró mi erección, caliente y furiosa.

Me masturbé. Rápido, furioso, mi mente solo reproducía la imagen de ella con las piernas abiertas, la boca hinchada por mis besos robados, el cuerpo arqueándose en la agonía del placer. La oía jadear, con las manos aferradas a mi cuello, gritando mi nombre, gritando mi posesión. La escena se repetía en mi cabeza cada mañana desde que la enfermedad había dictado una tregua forzada a nuestro sexo.

Apreté, rápido, sintiendo la punzada del control perdido, la necesidad animal de marcarla, de poseerla, de demostrarle a la muerte que ella ya estaba tomada, hasta la médula de sus huesos.

Mafia Y Amor [+18]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora