Capitulo 27

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Andrey 


El arco de flores que Alice y Khristeen habían levantado contra el horizonte de Grace Bay no era un objetivo, sino un refugio. Organizaron todo en menos de veinticuatro horas; cuando eres una Nikolaev, el mundo se dobla ante tus caprichos. El santuario de seda y pétalos me recordó que, en nuestro mundo, la belleza suele ser un preludio de la guerra.

Me ajusté el traje, sintiendo el peso del anillo en mi bolsillo. El arco estaba bañado por la luz del atardecer, con cortinas blancas ondeando suavemente y flores en tonos rosados y crema que competían con los colores del cielo. El camino de pétalos bajo mis pies era una alfombra hacia una vida que nunca creí merecer.

Entonces la vi. Anabella apareció y el tiempo simplemente se detuvo. El vestido era una obra de arte: un escote corazón con hombros caídos que acentuaba la fragilidad de su cuello. Estaba cubierto de un encaje tan delicado que parecía tejido por ángeles. La falda de tul se abría como una nube a su alrededor, ocultando por un momento la realidad de su cuerpo enfermo bajo capas de elegancia real. A pesar de la palidez de su piel, sus ojos brillaban con una intensidad que me quemaba las entrañas.

Ella caminaba hacia mí, y por primera vez en mi vida, sentí el verdadero peso del miedo. No el miedo a la muerte, sino el miedo a no ser suficiente para mantener encendida esa luz que ella emanaba. Se veía tan etérea, tan irreal, que temí que si soplaba una brisa más fuerte de lo normal, se desvanecería entre el tul y los pétalos de rosa.

Cuando llegó a mi lado, sus manos estaban frías, pero su agarre era firme.

—Estás hermosa, gatita —le susurré, mi voz apenas un rastro de emoción contenida—. Demasiado hermosa para un monstruo como yo.

—Los monstruos también necesitan a alguien que los ame, Andrey —respondió ella, y esa pequeña sonrisa me recordó por qué había movido cielo y tierra para llegar a este momento.

El "ministro" —uno de nuestros hombres con suficiente formación legal para que esto fuera válido ante la ley, si no ante Dios— comenzó a hablar, pero yo no escuchaba las palabras. Solo escuchaba los latidos de su corazón y el sonido del mar rompiendo contra la orilla.

El "ministro" seguía recitando versos sobre la unión y el compromiso, pero para mí, el único sacramento real era la presión de sus dedos contra los míos. El arco de flores, cargado de rosas y peonías bajo la luz dorada del atardecer, enmarcaba el rostro de la mujer que se había convertido en mi principio y mi fin.

Miré a Anabella. El encaje de su corpiño brillaba con cada una de sus respiraciones, pequeñas y cautelosas. Ese vestido blanco, tan puro y voluminoso, era un escudo contra la oscuridad que siempre nos acechaba. Ella no era solo mi esposa; era la prueba de que incluso en el fango de la mafia, algo hermoso podía florecer y sobrevivir.

—Andrey Viktor Nikolaev —la voz del hombre me devolvió al presente—. ¿Aceptas a Anabella Emiliana de Angelis como tu esposa, para amarla y protegerla, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte los separe?

Sentí un nudo en la garganta. Esa cláusula sobre la salud y la muerte no era un formalismo para nosotros; era una sentencia que combatíamos cada segundo.

—No la acepto solo hasta que la muerte nos separe —dije, mi voz resonando con una autoridad que hizo que hasta el viento pareciera detenerse—. La acepto para reclamarla en esta vida y en cualquier otra que venga después. La acepto para ser su guardia, su verdugo y su refugio. Sí, acepto.

Anabella me miró, y una lágrima solitaria rodó por su mejilla, perdiéndose en el tul de su escote.

—Anabella Emiliana de Angelis. ¿Aceptas a Andrey Viktor Nikolaev?

Mafia Y Amor [+18]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora