Anabella
Mi primer recuerdo cuando desperté fue un dolor agudo en mi vientre, seguido de una sensación de ardor punzante. Me hizo querer retroceder, hundirme de nuevo en la cómoda oscuridad, pero no había escapatoria de esto. La consciencia era una tortura punzante.
Entonces, lo vi.
Andrey, que se sentaba a mi derecha, su mano grande y cálida completamente cerrada alrededor de la mía. Tenía los ojos inyectados en sangre y barba de varios días, su traje de siempre arrugado, y parecía no haber dormido en una semana. El hombre de control impecable parecía haber librado una guerra en mi ausencia.
Su mirada, sin embargo, era lo que me impactó: ya no era de miedo o rabia, sino de un alivio tan intenso que rozaba la desesperación. Era la mirada de un hombre que había recuperado lo único que le importaba.
—Gatita... —susurró, y su voz era ronca, como si no la hubiera usado en días. Apretó mi mano con una fuerza que, sorprendentemente, no me dolió.
—Andrey... —Mi propia voz era un susurro seco.
—Estoy aquí, gatita. Estoy aquí —Se inclinó, y por un momento, pensé que me besaría, pero solo apoyó su frente contra la mía, con los ojos cerrados, aspirando mi aliento como si fuera la única cosa que lo mantenía con vida—. No vuelvas a asustarme así. No te atrevas.
Me tomó un momento calibrar el dolor y la realidad. Estaba en una habitación de hospital inmaculada y silenciosa; mi costado derecho estaba vendado y dolía como el infierno.
—¿Qué... qué pasó? —pregunté, forzando la voz. Mi mente estaba en la carretera, en la pólvora, en la sangre.
Andrey levantó la cabeza. Su mirada se endureció ligeramente al volver a la realidad, aunque el alivio seguía anclado en sus ojos.
—Te dispararon, gatita. Perdiste mucha sangre. Estuviste inconsciente treinta y seis horas. Estás a salvo.
Mi mente se aclaró, y un recuerdo crucial me golpeó.
—Vincenzo. Y Khristeen. ¿Dónde están? —El pánico me hizo intentar incorporarme, lo que fue un error inmediato. Un gemido me salió de los labios.
Andrey me empujó suavemente de vuelta contra las almohadas, su toque era inesperadamente protector.
—¡Quieta! No te muevas, Anabella. Vincenzo está bien. Le dieron un tiro en el hombro; fue operado en la clínica de la Cosa Nostra. Ya está fuera de peligro. Khristeen y Alice están en la mansión, ambas traumatizadas. Estuvieron aquí hasta hace unas horas.
—¿Alice? ¿Ella está bien? —Me preocupó que la niña hubiera presenciado todo eso.
—Está en shock. Necesitará tiempo. Pero físicamente está intacta. Le dimos sedantes para que durmiera. Ver cinco cadáveres en el suelo no es algo que se le olvide a nadie.
Me estremecí, recordando el crack seco de mi 9mm.
—¿Y... los atacantes?
—Cinco hombres, todos muertos. No fue una emboscada profesional, sino un grupo de matones. El mensaje, sin embargo, fue claro.
—¿Quién fue? ¿Corinna? —pregunté, sintiendo un escalofrío que no tenía que ver con la fiebre.
Andrey se tomó unos segundos antes de responder, su mandíbula tensa.
—No. Mucho peor.
Andrey no se movió de mi lado los días que pasaron. Estuvo allí en la silla a mi derecha, su presencia constante y sólida era mi único ancla. A veces me miraba fijamente, como si tratara de asegurarse de que no me desvanecería. Apenas comía y solo se levantaba para hablar con Anthony en voz baja o para ir al baño. Los médicos entraban y salían, revisando mi herida y mis constantes, pero él era mi guardia personal.
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Mafia Y Amor [+18]
RomansaAnabella de Angelis lo tiene todo: fama, belleza y secretos. Andrey Nikolaev no cree en el amor, solo en el poder. Él es la mente más temida de la Cosa Nostra. Ella, una mujer condenada por su propio cuerpo. Una pasión incontrolable. Y una verdad qu...
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