Andrey
El motor del Ferrari gimió al apagarse. Anabella lo había conducido como una fiera desatada, y el placer de verla al volante, en total control, fue una excitación jodidamente incontrolable. Había estacionado justo en la entrada de su edificio.
El móvil me vibró en la chaqueta con una llamada. La rechacé. No había negocios. No había familia. No había nada más que ella. Apagué el sistema asistencial para que nadie, ni mis hombres ni el jodido Alexander, me molestara.
Entramos al edificio. Anabella saludó al portero con una sonrisa casual, la máscara de inocencia de vuelta en su lugar.
Se humedeció los labios con la lengua. Ese simple gesto fue la gota que colmó mi autocontrol. Puse mis manos en su nuca, sintiendo la suavidad de su cabello, y la acerqué a mi boca.
La pegué a mis labios. He querido hacerlo hace días. No sé qué es lo que me pasa, pero la pienso todo el tiempo y no de buena manera. Fantaseo montándola hasta que mis músculos duelan, comiéndome su coño hasta que gima mi nombre sin aliento. Me la imagino a mi lado, siendo mía, cada vez que quiera, donde quiera, de la manera que quiera.
Nuestros labios se tocaron, y la urgencia rompió la atmósfera. Me abrí paso dentro de su boca con un beso húmedo y brutal que la obligó a abrazarme. Sus uñas se hundieron en mi espalda a través de la camisa. La tomé por las caderas, la levanté sin esfuerzo y sus piernas envolvieron mi cintura.
Me la llevé a la habitación, reclamándola con cada paso, sin siquiera soltar su boca. La estampé contra la pared, su espalda contra el frío, su cuerpo contra el mío, sin romper el beso. Su boca era una adicción, su sabor, una droga.
De un tirón, ella me abrió el resto de la camisa, rompiendo los botones restantes sin cuidado. Sus manos impacientes y voraces palparon todo lo que querían, recorriendo mi pecho, mis hombros, mi estómago.
Y luego, su mano bajó. Se deshizo el botón de mi pantalón con una eficiencia que me volvió loco y metió su mano dentro, buscando lo que sentía que ya era suyo. Se prendió a mi boca con más fuerza, al mismo tiempo que su mano se cerró sobre mi glande con una seguridad insolente, descarada.
Controlé las palpitaciones. Me estaba probando. Y yo estaba a punto de romperme, de ceder mi control por ella.
Rompí el beso. Le arranqué el vestido. No me molesté en la cremallera; la tela fina se rasgó con un sonido de rendición. La dejé desnuda, salvo por la maldita lencería y sus pechos firmes y altos expuestos, jadeando bajo las tenues luces.
Pasé mis manos por ellos, pesándolos, apretándolos hasta que ella soltó un gemido lastimero, de súplica. Empecé a besarle el cuello, pasando la lengua por los montículos de carne que cargaba, mi boca bajando lentamente.
—Eres una puta jodida obra de arte, Anabella —gruñí, respirando el aroma de su piel.
Hice una pequeña pausa para desvestirme y fui contra ella otra vez. La hice retroceder hasta que ambos caímos a la cama. Me arrodillé a quitarle los zapatos, esas sandalias que parecían joyas, besando la curva de su tobillo como un súbdito.
Le tomé la cara y me prendí de su boca con un beso húmedo y caliente que me permitió saborear su lengua. Percibí el calor que emitía, cómo se le tensaban los músculos y cómo se le disparaba el corazón.
Repartí besos por su cuello y fui por sus pechos. No esperé más. Bajé mi codiciosa boca y me prendí de ella con hambre animal, paseando mi lengua sobre sus rozados pezones.
—Deliciosos —volví a ellos, saboreándolos. Son como los imaginé.
Subí por su pecho, busqué sus labios y volví a su boca. Movió los labios con suavidad cuando la besé. Metí el brazo bajo su espalda, estrechándola contra mi pecho mientras repasaba sus labios y volvía a prenderme de ellos. No soy de besos tiernos, soy de besos ardientes.
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Mafia Y Amor [+18]
Storie d'amoreAnabella de Angelis lo tiene todo: fama, belleza y secretos. Andrey Nikolaev no cree en el amor, solo en el poder. Él es la mente más temida de la Cosa Nostra. Ella, una mujer condenada por su propio cuerpo. Una pasión incontrolable. Y una verdad qu...
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