capitulo 25

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Lorenza Russo

Deslicé la tarjeta de acceso. El sonido fue apenas un click en el silencio opulento del penthouse.

Al entrar, me quité el saco de cachemir gris con una lentitud deliberada, dejándolo caer sobre una silla de diseño. Me quedé en la fina lencería de seda negra, el contraste entre la tela elegante y mi propósito oscuro. Nunca creí que usaría este cuerpo como moneda de cambio para el negocio, pero era la única manera de que la hipócrita de Valentina Moretti saliera de su escondite.

Me acerqué a la sala de estar. Manuelle Moretti, el viejo asqueroso de setenta años y rostro color remolacha, estaba sentado en un sillón de terciopelo, esperándome. Sus ojos, hundidos y turbios, me miraban con una lujuria tan primitiva que casi era un cumplido. Siempre me había querido en su cama, un trofeo prohibido. Era algo que yo no le daría, pero hoy, haría una excepción.

—Lorenza. Siempre tan puntual —Su voz era ronca, su aliento, incluso a esta distancia, olía a tabaco rancio.

—No me gusta perder el tiempo, Manuelle —dije, mi voz un susurro aterciopelado que prometía un infierno.

Me acerqué a la barra de mármol. Serví dos copas de cristal tallado con un Borgoña tinto y pesado, el color de la sangre vieja.

—Brindemos por la belleza que no caduca —murmuré, inclinándome hacia él. Manuele intentó tocar mi cadera; me alejé el centímetro justo para frustrarlo.

Mientras él se distraía mirándome con una sonrisa babeante, saqué un vial diminuto del bolsillo oculto de mi lencería. Eran unas gotas incoloras, sin olor, pero con un efecto devastador. Un adiós lento y sin testigos.

Con la precisión de un químico, vertí el contenido del vial en su copa.

Me giré, le sonreí, y le entregué el vaso con la mano.

—Primero la recompensa, querido. Después el placer —Levanté mi propia copa.

—Por ti, mi reina —Manuele bebió de un trago generoso, saboreando el vino que contenía su sentencia.

Dejé mi copa y me subí a su regazo, a horcajadas, sintiendo el cuerpo pesado y la excitación forzada que creaba su traje. Todavía se le paraba, el viejo asqueroso. Me moví, lento, calculando cada jadeo, cada gemido robado, hasta que sentí que la sustancia en su sangre comenzaba a hacer efecto.

El tiempo apremiaba. Anabella no tenía semanas; tenía días. Y para encontrar a Valentina, necesitaba que Manuele cometiera un error.

Me incliné, mis labios rozando su oído.

—Dime dónde está Valentina. La necesito. Ahora.

Manuele gruñó, su respiración se hizo más superficial.

—No... no lo sé, puttana…

Sentí la debilidad en su cuerpo. Era el momento de la presión final.

—Sí lo sabes. Y si no me lo dices ahora, no volveré a tocarte.

Manuele gimió, su mano aferrándose desesperadamente a mi muslo.

—Está... en el convento viejo... cerca de Florencia... —jadeó, su voz se apagó en un silbido—. Es un refugio donde estuvo tu hija.

Me levanté de su regazo con la misma calma con la que entré. Me puse el saco y me abroché los botones.

Manuele se convulsionó en el sillón, el color abandonando su rostro. Me miró con terror.

—Maldita...

Mafia Y Amor [+18]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora