Capitulo 33

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Andrey

Me serví un último trago de vodka en el despacho, pero mis manos temblaban de una forma que nada tenía que ver con el alcohol. Un año. Un maldito año viviendo como un monje, observando el cuerpo de mi mujer recuperarse milímetro a milímetro, tratándola como si fuera una pieza de cristal de la dinastía Ming mientras yo me consumía por dentro.

Subí las escaleras lentamente, tratando de controlar el latido salvaje de mi pecho. Entré en la habitación y el aire me abandonó de golpe.

Anabella estaba de pie frente al ventanal, pero no era la mujer frágil de los meses pasados. Llevaba un conjunto de lencería de seda negra y encaje que apenas dejaba nada a la imaginación. Sus medias de liga enmarcaban unas piernas que finalmente habían recuperado su fuerza, y sus ojos... Dios, sus ojos tenían ese fuego que yo creía que la enfermedad había extinguido para siempre.

—Los doctores me dieron luz verde hoy, Andrey —susurró ella, y su voz fue el detonante que hizo saltar por los aires todo mi autocontrol—. Me dijeron que mi cuerpo es fuerte otra vez. Que soy tuya.

Mi miembro se endureció con una violencia que dolió, tirando de la tela de mi pantalón. Un año de abstinencia, de deseo acumulado y de miedo se transformó en una necesidad primaria que me nubló la vista. Cruzé la habitación en tres zancadas, cerrando la distancia entre nosotros hasta que el calor que emanaba de su piel me quemó.

—No tienes idea de lo que me estás pidiendo, gatita —gruñí, agarrándola de la cintura con una fuerza que hizo que sus pies casi se despegaran del suelo. La pegué a mi cuerpo, dejando que sintiera mi erección golpeando contra su vientre—. Si te toco ahora, no voy a ser el hombre civilizado que te ha cuidado este año. Voy a ser el animal que ha estado encerrado esperando este momento.

—Sé exactamente lo que pido —respondió ella, enredando sus manos en mi cabello y tirando de mi cabeza hacia abajo—. Déjate de delicadezas, Andrey. Hazme recordar que estoy viva.

Me incliné y la besé. Al principio fue una caricia agonizante, lenta, reconociendo el territorio que tanto me había costado recuperar. Pero cuando ella soltó un gemido y apretó sus uñas en mi nuca, el dique se rompió.

La cargué en un movimiento rápido, haciendo que sus piernas se enredaran en mi cintura. Sus muslos estaban firmes, cálidos, y la sensación de su piel contra la tela de mi traje me estaba volviendo loco. La llevé hacia la cama, pero no la solté. Me quedé allí, de pie, devorando su boca mientras mis manos bajaban hasta sus glúteos, apretándola contra mí con una posesividad salvaje.

—He muerto mil veces este año viéndote dormir —murmuré contra sus labios, mi voz era un rugido bajo—. He tenido pesadillas donde despertaba y no estabas. Si te hago mía esta noche, Anabella, te voy a marcar de tal forma que ni la muerte podrá borrar mi nombre de tu piel.

—Hazlo —desafió ella, sus ojos brillando con una intensidad que me recordó por qué quemé mi pasado y por qué la elegí a ella por encima de la lógica—. No quiero paz, Andrey. Quiero el incendio que solo tú sabes provocar.

Un año de espera se concentró en el momento en que mi lengua recorrió el borde de su encaje antes de deshacerme de él con una violencia contenida.

La empujé suavemente hacia atrás sobre las sábanas de seda, pero no me detuve a mirarla. No todavía. Necesitaba saborear la victoria de su recuperación, la realidad de su piel recuperada. Me deshice de mi ropa con movimientos erráticos, mis ojos fijos en ella como un depredador que finalmente tiene a su presa en el lugar exacto donde la soñó.

Me deslicé entre sus piernas, abriéndolas con una urgencia que la hizo jadear. Me sumergí entre sus muslos, inhalando el aroma más adictivo de mi existencia. Cuando mi lengua encontró su centro, Anabella arqueó la espalda, soltando un grito que se ahogó en el silencio de la mansión.

Mafia Y Amor [+18]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora