Capitulo 34

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Anabella

Habían pasado cuatro meses desde que el hospital dejó de ser nuestro hogar y la mansión Nikolaev volvió a llenarse de algo que no era solo estrategia y olor a pólvora. El aire de Nueva York ya empezaba a enfriarse con los primeros indicios del otoño, pero dentro de estas paredes, el calor era más real que nunca.

Ver a todos siendo felices era algo que, durante mucho tiempo, me pareció un espejismo prohibido para personas como nosotros. Pero ahí estaba, sucediendo frente a mis ojos.

La boda de Igor y Lorenza no fue el evento social de la temporada en las revistas, pero fue el evento más importante de nuestras vidas. Se celebró aquí, en el jardín de la casa, bajo un cielo despejado. Fue una ceremonia pequeña, íntima y cargada de una madurez que me conmovió hasta las lágrimas. Ver al gigante ruso, al hombre que parecía hecho de piedra, jurarle lealtad y amor a la mujer que había cuidado de todos nosotros, fue el cierre de un círculo de dolor que ambos arrastraban desde hacía décadas.

—¿En qué piensas, Bella? —la voz de Khristeen me sacó de mis pensamientos.

Me giré para verla. Mi mejor amiga estaba allí, con la pequeña Ayshane, su milagrosa bebé, en brazos. Khristeen todavía tenía esa palidez elegante de quien ha regresado del umbral de la muerte, pero sus ojos azules volvían a brillar con esa chispa indomable.

—Pienso en que hace un año no podíamos ni mirarnos sin miedo —respondí, mirando a los niños—. Y ahora... míranos.

En el césped, la escena era casi irreal. Alessio corría con un balón, seguido de cerca por Nikolai, que ya intentaba imitar los pasos de su primo. Alexander, por una vez sin un teléfono en la mano ni una mirada de muerte, se había agachado para atrapar a mi hijo antes de que tropezara. Ver al Capo convertido en un padre protector era una de las transformaciones más asombrosas que me había tocado presenciar.

Incluso Andrey había cambiado. No era un hombre blando, nunca lo sería, pero ya no se daba la vuelta cuando Amaris lloraba.

Esa misma mañana, lo encontré en el despacho trabajando con Amaris sentada en su regazo mientras él revisaba unos informes. Ella le tiraba de la corbata y él, aunque fingía molestia, le sostenía el biberón con una mano mientras firmaba ejecuciones o contratos con la otra. Había cumplido su palabra: la niña era una Nikolaev, y él la protegía con la misma ferocidad con la que protegía a Nikolai.

—Parece que la paz nos sienta bien, Bella —murmuró Khristeen, mirando hacia donde sus padres, los recién casados, caminaban de la mano por el sendero de rosas.

—Es una paz armada, Kris —le dije, apoyando mi cabeza en su hombro—, pero es nuestra. Por primera vez, no estamos esperando que el suelo se abra bajo nuestros pies.

—Deseo que esto dure para siempre —susurró ella, apretando a Ayshane contra su pecho.

—Te amo, Kris.

Ella sonrió, con una dulzura que solo la maternidad y el haber sobrevivido al infierno podían otorgar.

—Te amo, Bella.

Escuchamos una carcajada seca detrás de nosotras. Me giré para ver a Luca, que se acercaba con un trago en la mano y esa media sonrisa burlona.

—Espero que sus esposos no escuchen eso —dijo Luca, alzando su copa—. Sería raro. Alexander es territorial y Andrey... bueno, Andrey buscaría una ley en el código de la mafia para prohibir las declaraciones de amor que no lo incluyan a él.

Khristeen soltó una carcajada y me miró con picardía, ignorando a Luca.

—Si Alexander no existiera, me casaría con Bella —soltó ella, guiñándome un ojo.

Mafia Y Amor [+18]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora