Anabella
Abracé a Alice por quinta vez, apretándola contra mí como si pudiera detener el tiempo. Verla allí, con sus maletas listas para irse a estudiar fuera, me provocaba un nudo en la garganta que no lograba tragar. Para mí seguía siendo una niña, y estoy segura de que para Andrey lo era aún más, aunque él intentara disimular su angustia tras esa máscara de Capo imperturbable.
Alice estaba creciendo muy rápido, demasiado para nuestro gusto. Nos costó meses, incluso años, sacarla del letargo de su habitación tras la muerte de Alexander. Fue una batalla diaria convencerla de que dejara de insistir en que lo buscara, que aceptara que el mar no devuelve lo que se lleva.
Aunque, en el fondo, yo sabía que la obsesión de Luca por seguir rastreando cada coordenada del accidente, incluso después de tanto tiempo, era por ella. Sabía que Luca pasaba noches en vela frente a los monitores porque Alice se lo pedía en esos silencios cargados de significado que compartían. Era irónico y doloroso a la vez: eran los dos seres que más tenían la esperanza de que Alexander esté vivo, y sin embargo, hacía años que no se dirigían la palabra. Se comunicaban a través de terceros, o mediante misiones imposibles, pero el muro de hielo entre ellos parecía infranqueable.
—Prométeme que te cuidarás —le susurré al oído, apartándole un mechón de pelo—. Y que llamarás cada vez que sientas que el mundo pesa demasiado.
Alice se separó un poco y me miró con esos ojos que habían recuperado parte de su brillo, aunque siempre conservarían una sombra de madurez forzada.
—Lo haré, Bella —respondió con una sonrisa triste—. Pero dile a Andrey que si manda a diez hombres a seguirme al campus, no entraré a ninguna clase.
Miré de reojo a Andrey, que estaba de pie junto al coche, observando la escena con los brazos cruzados y la mandíbula apretada. Sabía que ya tenía el itinerario de los guardaespaldas listo en su teléfono.
—Sabes que no puedo prometerte eso, pequeña —reí entre dientes, mientras sentía cómo Luca nos observaba desde la sombra del pórtico, fingiendo revisar su arma, pero con la mirada fija en Alice.
En ese momento, Khristeen se acercó. Caminaba con esa elegancia letal que había desarrollado desde que asumió su cargo en la familia, pero al llegar frente a Alice, su rostro se suavizó. Detrás de ella, venía Alessio.
Ese niño amaba con locura a Alice y ella a él. Eran un equipo, un refugio mutuo ante la ausencia de Alexander. Alessio no esperó a que lo invitaran; se lanzó contra las piernas de Alice, rodeándola con sus pequeños brazos.
—¡No te vayas, Alice! —chilló Alessio, hundiendo su carita en la sudadera de ella—. ¿Quién me va a enseñar a usar las dagas cuando mamá no mire?
Alice se arrodilló para quedar a su altura, tomándole el rostro con una ternura que me hizo humedecer los ojos.
—Te dejo mis libros favoritos, campeón —le susurró Alice, dándole un beso en la frente—. Y te prometo que volveré antes de que te des cuenta. Tienes que cuidar a tu mamá y a Ayshane por mí, ¿de acuerdo? Tienes la sangre de un rey, Alessio. No lo olvides nunca.
Khristeen puso una mano sobre el hombro de Alice, un gesto de respeto entre las dos mujeres que más habían amado al hombre que nos faltaba.
—Vete y vive, Alice —dijo Khristeen con voz firme—. Haz lo que nosotros no pudimos. Aquí tu lugar siempre estará esperándote.
Alice asintió, se puso en pie y finalmente miró hacia el pórtico. Sus ojos se cruzaron con los de Luca por un breve segundo. No hubo palabras, ni despedidas públicas, pero el aire pareció vibrar entre ellos antes de que ella se girara y subiera al coche.
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Mafia Y Amor [+18]
RomanceAnabella de Angelis lo tiene todo: fama, belleza y secretos. Andrey Nikolaev no cree en el amor, solo en el poder. Él es la mente más temida de la Cosa Nostra. Ella, una mujer condenada por su propio cuerpo. Una pasión incontrolable. Y una verdad qu...
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