Capitulo 30

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Anabella

El pitido del monitor era una aguja clavándose rítmicamente en mis sienes. Despertar no fue un regreso suave a la vida, sino un choque violento contra la realidad de mi propio cuerpo. Me sentía hueca, como si me hubieran vaciado por dentro y rellenado con un cansancio que me calaba hasta los huesos.

Intenté mover la mano y sentí un peso cálido. Abrí los ojos con esfuerzo, luchando contra la neblina de la sedación, y lo vi.

Andrey estaba sentado en una silla al lado de mi cama. Llevaba un barbijo quirúrgico que ocultaba la mitad de su rostro, pero no podía esconder la devastación en sus ojos. Estaba limpio, pero el golpe amoratado en su ojo izquierdo y sus nudillos destrozados, cubiertos por costras de sangre reciente, contaban una historia de violencia que el jabón no podía borrar. Parecía un depredador que acababa de salir de una carnicería solo para vigilar mi sueño.

—Andrey… —mi voz salió como un susurro roto, apenas un roce de aire.

Él se tensó y se inclinó hacia mí de inmediato. Sus ojos de hielo, inyectados en sangre por la falta de sueño, se clavaron en los míos con una intensidad que me oprimió el pecho.

—Aquí estoy, gatita. No te muevas, joder —murmuró, su voz ronca vibrando a través del barbijo—. Los doctores dicen que tienes que estar en observación absoluta. Solo tienes que dejar que esas células hagan su maldito trabajo. No gastes aire hablando.

—¿Qué te pasó en la cara? —mis ojos recorrieron el moratón y sus manos heridas—. Estás… lastimado. ¿Qué pasó afuera, Andrey?

Él apartó la mirada un segundo, apretando mis dedos con una fuerza que rozaba el dolor.

—No es nada —cortó con una frialdad que buscaba protegerme—. Negocios de familia. Alexander necesitaba que pusiera orden en un asunto de los Ferrera. Lo único que importa ahora es que estás respirando. El resto del mundo puede arder hasta los cimientos por lo que a mí respecta.

Intenté lamer mis labios secos, pero sentía la boca llena de arena.

—Valentina... —la pregunta salió antes de que pudiera frenarla. El pecho me dolió con una punzada que no era física—. ¿Dónde está? ¿Está bien? ¿Y la bebé? Necesito saberlo, Andrey.

Andrey apretó mi mano. Hubo un silencio de apenas dos segundos, pero para mí se sintió como una eternidad cayendo al vacío.

—La bebé está perfecta, Anabella. Es una niña fuerte, tiene el temperamento de los De Angelis —dijo, y su voz no vaciló, pero evitó mi mirada por un milisegundo—. Valentina tuvo complicaciones serias. Perdió mucha sangre en la cirugía y los médicos la tienen sedada en el ala de cuidados intensivos. No puedes verla, no todavía. Estás demasiado débil, Anabella. Si te levantas ahora, todo este sacrificio no habrá servido para nada.

—Quiero verla, Andrey —insistí, y una lágrima rebelde se deslizó por mi sien—. No me mientas. Siento... siento un frío extraño. Como si me faltara una parte del alma. Como si el hilo que me unía a ella se hubiera cortado de golpe.

Andrey se levantó y se inclinó sobre mí, atrapando mi rostro entre sus manos ásperas y heridas. Su frente se apoyó contra la mía, y a través del barbijo sentí su respiración entrecortada.

—Escúchame bien, gatita —siseó—. No puedes verla a ella porque su estado es crítico y no voy a arriesgarte a una infección o a un colapso emocional. Pero si me prometes que te quedarás quieta, que no intentarás levantarte, te traeré a la bebé.

Asentí débilmente, buscando su calor.

—Puedes hacerlo —susurré—. Tráela.

Andrey me besó la frente a través de la tela del barbijo y salió de la habitación.

Mafia Y Amor [+18]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora