Capitulo 38

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Andrey

El reloj de la pared marcaba las doce y media de la noche. Acababa de salir del despacho tras una junta interminable con Luca e Igor; las paredes todavía parecían retumbar con los nombres de los capitanes que debían ser reemplazados y las rutas que debíamos asegurar. El peso de la corona de Alexander era una presión constante en mi nuca, un frío que no me abandonaba ni por un segundo.

​Caminaba por el pasillo en sombras, frotándome las sienes, cuando un tenue resplandor me detuvo. La luz de la cocina estaba encendida.

​Por un momento, el instinto de seguridad se disparó y mi mano buscó automáticamente la culata de la pistola en mi cintura. Pero al acercarme, el sonido de una risa ahogada, una que parecía rota pero familiar, me hizo detenerme en el umbral.

​La heladera estaba abierta de par en par, proyectando una luz blanca y clínica sobre el suelo de granito. Sentados allí mismo, sobre el suelo frío y apoyados contra los gabinetes, estaban Alice y Anthony.

​Tenían un bote de helado de chocolate entre los dos y un par de cucharas metálicas. Alice llevaba puesta una de las sudaderas negras de Alexander que le quedaba tres tallas grande, ocultando casi por completo sus manos. Anthony tenía la mirada perdida en el interior de la heladera, con la cuchara a medio camino de la boca, pero por primera vez en días, sus ojos no estaban inyectados en sangre.

Se veían tan pequeños. Tan vulnerables. Eran los herederos de un imperio de sangre, pero en ese momento, bajo esa luz cruda, solo eran dos niños buscando consuelo en el azúcar y en el silencio compartido.

—Se va a descongelar todo si no cierran esa puerta —dije en voz baja, apoyándome en el marco de la entrada.

Ambos se sobresaltaron. Alice se limpió rápidamente una lágrima traicionera que se le escapaba, y Anthony intentó enderezar la espalda, recuperando esa máscara de soldado que se obligaba a usar frente a mí.

—No podíamos dormir, Andrey —murmuró Anthony, dejando la cuchara dentro del bote.

—Papá siempre nos dejaba comer helado a escondidas cuando tú decías que era muy tarde —susurró Alice, mirando el chocolate derretido—. Decía que las reglas eran para la gente que no tenía el apellido Nikolaev.

Sentí un nudo en la garganta que me costó tragar. Me acerqué a ellos y, olvidándome de mi traje italiano y del cargo de Capo que me estaba asfixiando, me dejé caer en el suelo, sentándome frente a mis hermanos.

—Chocolate —comenté, mirando el bote—. Alex siempre decía que el de vainilla era para los que no tenían personalidad.

Alice soltó una pequeña risa, una chispa de luz en medio de tanta oscuridad. Me extendió su cuchara.

—¿Quieres?

Miré a los dos. Anthony me observaba, buscando en mí la seguridad que le habían arrebatado. Alice me miraba con la esperanza de que yo no fuera solo el nuevo jefe, sino el hermano que todavía podía abrazarlos.

Agarré la cuchara y tomé un poco de helado. Estaba frío, dulce y sabía a una normalidad que ya no nos pertenecía, pero que por un minuto, en esa cocina a oscuras, podíamos fingir que seguía allí.

—Escúchenme —dije, bajando el tono—. Sé que tienen miedo. Yo también lo tengo. Alexander no solo era el Capo, era nuestro centro. Solo nosotros sabemos lo que él realmente era; solo nosotros entendemos este dolor que nos quema.

Me incliné hacia ellos, pasando un brazo por los hombros de Alice y poniendo mi mano libre sobre la nuca de Anthony, obligándolos a acercarse.

—No voy a ser Alexander —confesé con una honestidad que me desgarró—. No puedo serlo. Pero les juro por mi vida que mientras yo respire, nadie volverá a lastimarlos. Esta casa volverá a ser segura. Ustedes son mi sangre, y si el mundo quiere venir por nosotros, tendrá que pasar por encima de mi cadáver primero.

Mafia Y Amor [+18]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora