Capitulo 4

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Andrey Nikoleav

Mantuve la mirada fija en las fotos que Vasily me había traído para aprobar la próxima portada. Algo que, a diferencia de cualquier otro maldito negocio, me gustaba hacer personalmente.

Miré las fotos. Su cabello rojo era un fuego líquido sobre el blanco y negro de la toma. Sus ojos, esos destellos esmeralda, eran una jodida provocación. Y esos labios... mierda. Todo en ella era perfecto.

Han sido doce meses de trabajo duro, y de placer silencioso. Anabella ha aparecido en todas partes. En Milán, en París, en la costa de Mónaco. Todos conocen su nombre. Todos conocen su rostro. Es mundial.

Cada centavo que he invertido en ella está valiendo la pena. No solo en términos de adoración; la mujer duplica el dinero. Es un diamante tan brillante que los inversionistas se pelean por patrocinarla. Pero la ironía, la dulce crueldad, es que ella se queda con todo.

El dinero, los lujos, las propiedades... todo es suyo.

Yo no quiero su dinero.

Yo solo quiero su atención. Su mirada. Su reconocimiento de mi dominio.

Alcé la mano. Mi asistente, un hombre gris y eficiente, se inclinó.

—Esta. La del primer plano. —Señalé una foto donde la intensidad de sus ojos era casi tangible, hiriente—. Que sea la portada de Vogue Italia. Y que aumenten la campaña de lencería en Times Square. Quiero que cada imbécil en Nueva York la vea y sepa que no puede tenerla.

Ella había soñado con brillar. Yo le había dado las putas estrellas, una por una.

Mi gatita. Era una obra de arte, y yo era el único dueño de la galería. Y pronto, la obra estaría de vuelta en mis manos.

Salí de mi oficina. El olor a cuero caro y papeles incinerados se quedó atrás. No tenía tiempo para seguir admirando la perfección de Anabella en una pantalla; había que lidiar con la mierda de la vida real.

Fui a la de Alexander.

Tenía que discutir su puto matrimonio. No porque me importara la tradición. Sino porque el matrimonio de Alexander era un negocio. Una jodida alianza que aseguraría nuestros territorios y afianzaría nuestro poder. El Capo no se casa por amor. Se casa por estabilidad y para asegurar su linaje. 

Golpeé la puerta de Alexander una vez, fuerte. Entré sin esperar la respuesta.

Él estaba allí, con las manos entrelazadas sobre el escritorio de caoba, la expresión concentrada de un hombre que carga con el puto peso de la Cosa Nostra. Levantó la vista.

—¿Qué pasa, Andrey?

—La jodida fecha. Tenemos que fijarla. Esto no es un compromiso adolescente. Es un contrato de sangre. Necesito saber cuándo se sella la alianza.

—Tengo un problema con el trato.

Me recosté contra el marco de la puerta. Mis ojos fríos analizaron su rostro.

—En nuestro mundo, Alexander, solo hay una solución para los problemas: dinero o balas.

—Es Khristeen Ferrera, Andrey.

Fruncí el ceño. Mi mente no procesaba.

—¿Qué?

—La mujer que estuve buscando por un jodido año. Es Khristeen Ferrera.

Mierda.

La pieza faltante cayó con un golpe seco. Alexander había quedado fascinado por esa mujer de cabello negro y ojos azules. La había estado rastreando desde un encuentro fortuito en Suiza, pero era una puta sombra. Camilo Ferrera era un fantasma, nunca había mostrado a su hija. Ni siquiera había una foto de ella. Hasta hace unos meses, nadie sabía el nombre de la heredera Ferrera-Russo.

Mafia Y Amor [+18]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora