Anabella
La luz del día se filtraba de manera inusual en la sala de la clínica. No era la fría luminosidad de un hospital cualquiera; Alexander había asegurado una suite en una clínica privada que parecía más un hotel de lujo, aunque el olor a desinfectante nunca desaparecía del todo, mordiendo el aire como un depredador.
Me senté en el borde de la cama, vestida con ropa simple y pulcra, lista para el viaje. Había dormido apenas un par de horas, con el recuerdo del beso de Andrey aún quemándome la boca y la imagen de su dolor al escuchar la mentira de Luca.
Necesito que me odie. Es la única forma de que siga vivo, de que el futuro sea solo suyo, sin la culpa de verme morir a su lado. Él lo es todo. Yo, soy nada. Un billete de lotería a punto de caducar. Que me desprecie. Que me borre. Solo así, mi agonía servirá para algo.
Me habían extraído una muestra de médula ósea temprano para el ensayo CAR-T. Después de la biopsia, los médicos me habían administrado medicación para el dolor y para controlar la ansiedad que me estaba carcomiendo. Me sentía pesada, como si mis extremidades estuvieran hechas de plomo. La habitación privada, envuelta en silencio denso, era mi escondite. Estaba cansada, con una necesidad irresistible de hundirme en la oscuridad, de dejar que la pesadez me llevara.
Una enfermera intentó ayudarme a recostarme.
—Debería descansar un poco antes de su viaje a Houston, Sra. —murmuró.
—No —respondí, moviendo la cabeza con lentitud—. Quiero mantenerme despierta.
El doctor O’Connell, el oncólogo principal, entró con mi historial médico en una tableta. Me miró con una profesionalidad sombría.
—Acabamos de terminar la aféresis. La muestra está lista para ser enviada a Houston. Se siente cansada por la medicación, es normal.
—Estoy bien, doctor —mentí, aunque el mundo me daba vueltas, y el sabor metálico de la ansiedad se había instalado bajo mi lengua.
Él asintió, pero sus ojos azules me evaluaron con atención.
—Su viaje es inminente. Entiendo que irá sola a Houston, Sra. —preguntó.
Quería hacer esto sola. Sin la mirada de lástima de Luca, de Alice, de Khristeen. La piedad es la última cosa que necesito.
—Estoy sola, doctor —respondí, forzando una sonrisa helada.
El doctor pareció dudar por un instante, su rostro revelando una preocupación genuina.
—Anabella, este ensayo es muy agresivo. Necesita apoyo. Esto no es algo que se deba enfrentar…
—Yo la acompañaré.
Levanté la cabeza, la pesadez de la medicación desapareciendo por un instante bajo una descarga de adrenalina pura. Parado en el umbral, estaba Andrey. Llevaba ropa oscura, como una sombra tallada en granito. Su rostro estaba pálido y sus ojos, generalmente fríos como el hielo, estaban inyectados en sangre por la falta de sueño. Me miró, y no había ira ni desprecio, solo una agonía profunda que me destrozó la armadura que tanto me había costado construir. Él sabía.
El doctor O’Connell y la enfermera se giraron, confusos.
—¿Disculpe? ¿Y usted quién es? —preguntó el doctor O’Connell, evaluando al hombre alto y formidable en la puerta
Andrey no me quitó los ojos de encima, pero se dirigió al médico con una autoridad que no se podía discutir, una orden no solicitada.
—Soy Andrey Nikolaev.
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Mafia Y Amor [+18]
RomanceAnabella de Angelis lo tiene todo: fama, belleza y secretos. Andrey Nikolaev no cree en el amor, solo en el poder. Él es la mente más temida de la Cosa Nostra. Ella, una mujer condenada por su propio cuerpo. Una pasión incontrolable. Y una verdad qu...
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