Andrey
Bajamos las escaleras juntos, pero nuestros caminos se separaron en el gran vestíbulo. Bella se dirigió hacia la cocina, escoltada por Lorenza y seguida de cerca por Khristeen; las tres mujeres compartían un aura de secreto y protección que me hizo entender que, por hoy, la casa les pertenecía a ellas.
Yo, por mi parte, me dirigí al despacho. Cada paso que daba sobre el mármol se sentía más pesado, como si la noticia hubiera multiplicado por diez el valor de todo lo que protegía. Al abrir las pesadas puertas de roble, el olor a tabaco y cuero me recibió. Anthony y Luca ya estaban allí, sentados frente a mi escritorio con una pila de informes que, en ese momento, me parecieron completamente irrelevantes.
Ambos levantaron la vista. Luca, con su habitual instinto de cazador, arqueó una ceja al notar mi expresión. Anthony dejó el bolígrafo sobre la mesa y se recostó en la silla, analizando el brillo inusual en mis ojos.
—Vuelves tarde —dijo Anthony, rompiendo el silencio—. Los capitanes del Bronx están presionando por la nueva ruta de distribución. Dicen que si no hay una firma hoy, los camiones no se mueven.
Me acerqué al minibar y serví tres vasos de whisky. Mis manos, que habían disparado a cientos de hombres sin vacilar, todavía tenían un rastro de ese temblor residual. Les extendí los vasos sin decir una palabra.
—¿Qué estamos celebrando? —preguntó Luca, mirando el cristal con sospecha—. ¿O es que finalmente decidiste ejecutar a los Ricci?
Me senté detrás del escritorio, y los miré a ambos a los ojos.
—Anabella está embarazada. De seis semanas.
El silencio que siguió fue absoluto. Anthony, que estaba a punto de beber, se quedó con el vaso a medio camino de los labios, con la boca ligeramente abierta. Luca simplemente se quedó congelado, parpadeando, como si estuviera procesando una información que desafiaba las leyes de la lógica que todos conocíamos.
Fue Anthony el primero en reaccionar. Dejó el vaso sobre la mesa con un golpe seco, se puso de pie y soltó una carcajada limpia y sonora que retumbó contra los libros de las estanterías.
—¡Maldito bastardo con suerte! —exclamó Anthony, rodeando el escritorio para darme un abrazo que casi me saca el aire, golpeándome la espalda con una fuerza que desbordaba alegría pura—. ¡Un milagro, Andrey! ¡Es un maldito milagro!
Luca finalmente reaccionó. Se levantó con una sonrisa de medio lado, esa que rara vez mostraba, y estiró su mano para estrechar la mía antes de jalarme hacia un abrazo fraternal.
—No tengo ni idea de cómo lo hiciste, Nikolaev, después de lo que dijeron los médicos —rio Luca, dándome un fuerte apretón en el hombro—. Pero si alguien podía desafiar al destino, eras tú. ¡Felicidades, hermano!
—¡Por el nuevo Nikoleav! —brindó Anthony, alzando su vaso de nuevo—. ¡Y que tenga el carácter de su madre, porque si sale como tú, Nueva York no va a ser suficiente para él!
Bebí mi trago de un golpe, sintiendo el calor del alcohol bajando por mi garganta mientras la tensión de la oficina se transformaba en una camaradería ligera que hacía tiempo no sentíamos.
—Bueno, ahora que voy por el tercero, ya puedes ir espabilando, Anthony —le solté con una sonrisa burlona—. A ver si te casas rápido y tienes un bebé para que el mío no crezca solo o siguiendo a esos cuatro monstruos. Necesita un compañero de juegos de su edad.
Anthony soltó otra carcajada, negando con la cabeza.
—¿Yo? No me metas en eso todavía. Luca es mayor, él es quien necesita una esposa primero para sentar cabeza.
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Mafia Y Amor [+18]
RomanceAnabella de Angelis lo tiene todo: fama, belleza y secretos. Andrey Nikolaev no cree en el amor, solo en el poder. Él es la mente más temida de la Cosa Nostra. Ella, una mujer condenada por su propio cuerpo. Una pasión incontrolable. Y una verdad qu...
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