Capítulo 64: La Planeación

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Desde el instante exacto en que Alexia lo entendió —no como una idea repentina ni como un impulso pasajero, sino como una verdad tranquila, profunda y firme— supo que quería pasar el resto de su vida con Elena. No hubo fuegos artificiales internos ni una revelación dramática que la sacudiera de golpe. Fue algo mucho más poderoso: una certeza silenciosa, de esas que se instalan en el pecho con suavidad, pero con una fuerza imposible de ignorar. Una certeza que no exigía explicación, porque simplemente era.
No pudo señalar un día exacto ni una escena concreta en la que lo decidió. No fue un beso específico ni una conversación extraordinaria. Fue la suma de todo: las mañanas despertando juntas, los cuerpos aún tibios bajo las sábanas, los silencios compartidos que no incomodaban, las risas espontáneas en la cocina mientras preparaban café. Fue la manera en que Elena la miraba cuando Alexia hablaba de fútbol, con orgullo sincero. Fue la forma en que Alexia se sentía cuando Elena llegaba agotada del hospital y aun así encontraba espacio para sonreírle.
Cada día parecía confirmar lo que su corazón ya sabía. Cada conversación profunda al final de la jornada, cuando el mundo por fin se aquietaba y solo quedaban ellas dos, reforzaba esa sensación de hogar. Cada dificultad enfrentada juntas —los horarios imposibles, el cansancio, las dudas, los pequeños roces— lejos de alejarlas, las unía más. No se trataba de que todo fuera perfecto, sino de que, incluso en lo imperfecto, se elegían.
Alexia se descubría pensando en el futuro de una forma distinta. Ya no era un "algún día" abstracto, ni un "si todo sale bien". Era una imagen clara: Elena allí. Siempre Elena. En los triunfos y en las derrotas. En la calma y en el caos. En lo cotidiano y en lo extraordinario.
Es ella, pensaba una y otra vez.
No había nadie más con quien quisiera compartir su vida. No había dudas, ni segundas opciones, ni escenarios alternativos.
Y cuando esa certeza se asentó del todo, vino la siguiente pregunta, inevitable y luminosa: ¿cómo pedirle que se quede para siempre?
Si iba a pedirle matrimonio, Alexia sabía que debía hacerlo de una forma que estuviera a la altura de todo lo que habían construido juntas. No podía ser un gesto vacío ni algo improvisado sin alma. Tenía que reflejar lo que eran, lo que habían vivido, lo que habían superado. Tenía que hablar de amor, sí, pero también de complicidad, de respeto, de elección diaria.
No quería algo exagerado ni artificial. No buscaba cámaras, multitudes ni escenarios grandilocuentes. Alexia quería algo auténtico. Íntimo. Algo que solo tuviera sentido para ellas dos. Que hablara de su historia compartida, de los lugares que habían sido refugio, de los momentos sencillos que, sin saberlo, habían sido los más importantes.
Quería que Elena sintiera, desde el primer segundo, que esa propuesta no era solo una pregunta, sino una promesa. Una promesa pensada, sentida y cuidada con el mismo amor con el que habían construido su relación.
Por eso, desde el primer instante en que la idea tomó forma, Alexia decidió que la planificación no sería una carga ni una tarea más en su agenda. Sería un acto de amor en sí mismo. Cada detalle, cada decisión, cada paso tendría un significado. No se permitiría hacerlo de cualquier manera.
Y también decidió algo más, con una sonrisa cómplice que se le dibujó en el rostro al pensarlo: sería una sorpresa absoluta.
Elena no sospecharía nada. No habría pistas evidentes ni comentarios fuera de lugar. Alexia guardaría ese secreto como el más valioso de todos, protegiéndolo con paciencia y cuidado, esperando el momento exacto en el que pudiera mirarla a los ojos y decirle, sin titubeos, lo que su corazón ya sabía desde hacía tiempo.
Porque cuando se trata del amor verdadero, Alexia lo tenía claro: no se improvisa, se honra.
La primera persona en quien Alexia pensó fue Marta. No fue una elección al azar. Marta; era también una de esas personas que, sin proponérselo, se convierten en refugio. Habían compartido victorias, derrotas, lesiones, silencios en el vestuario y risas nerviosas antes de los partidos importantes. Pero, por encima de todo, Marta conocía a Elena de una forma especial: había visto cómo Alexia cambiaba desde que ella había entrado en su vida, cómo su mirada se suavizaba cuando hablaba de ella, cómo su energía encontraba un equilibrio distinto.
Marta sabía leer a Elena, entender sus silencios, su forma de observar antes de hablar, su manera de cuidar sin hacer ruido. Y eso convertía su ayuda en algo invaluable.
Aquella tarde, después de un entrenamiento especialmente intenso, el cansancio se mezclaba con la adrenalina todavía viva en los cuerpos. El vestuario estaba lleno de sonidos conocidos: el golpe seco de las botas contra el suelo, el roce de las cintas deportivas al desprenderse, el murmullo de conversaciones cruzadas. Alexia se quitaba las botas con movimientos mecánicos, pero su mente estaba en otro lugar. El corazón le latía más rápido de lo normal, no por el esfuerzo físico, sino por lo que llevaba horas —días— queriendo decir.
Esperó el momento justo. Cuando el vestuario comenzó a vaciarse y el ruido se volvió más disperso, Alexia se acercó a Marta con una expresión distinta, más seria de lo habitual.
—Marta... —dijo, bajando un poco la voz— necesito tu ayuda con algo muy importante.
El tono fue suficiente para que Marta levantara la vista de inmediato. Dejó lo que estaba haciendo y la miró con atención, percibiendo que no se trataba de una broma ni de algo trivial.
—Dime —respondió, sin rodeos.
Alexia respiró hondo. Se pasó una mano por el pelo, un gesto que delataba nervios, y durante un segundo pareció buscar las palabras adecuadas. No era miedo, era respeto por la magnitud de lo que estaba a punto de decir.
—Quiero proponerle matrimonio a Elena.
Durante un instante, el mundo pareció detenerse. Marta parpadeó, como si necesitara confirmar que había escuchado bien. Y luego, sin poder evitarlo, una sonrisa enorme iluminó su rostro, una de esas sonrisas que nacen del corazón.
—¿Hablas en serio? —preguntó, llevándose una mano a la boca—. Alexia... eso es increíble.
Alexia dejó escapar una pequeña risa nerviosa, mezcla de alivio y emoción.
—Completamente en serio —asintió—. Nunca he estado tan segura de algo. Pero quiero hacerlo bien... quiero que sea perfecto para ella.
Marta se levantó del banco, contagiada por la emoción, y la miró con orgullo.
—Se te nota —dijo con sinceridad—. Cuando hablas de Elena, todo en ti cambia. Es precioso.
Alexia bajó un poco la mirada, sonrojada, pero no negó nada.
—Quiero que sea una sorpresa —continuó—. Que sea nuestro momento. Íntimo, verdadero... algo que sienta como hogar, como nosotras.
Marta asintió, completamente involucrada ya, como si aquella propuesta también fuera, de algún modo, suya.
—Entonces vamos a hacerlo bien —afirmó con determinación—. Nada improvisado, nada genérico. Tiene que ser algo que le llegue al corazón.
—He pensado en algo al aire libre —explicó Alexia—. Un lugar especial, tranquilo... con las personas que realmente importan. No quiero algo multitudinario, quiero algo sentido.
Marta frunció ligeramente el ceño, pensativa, ya visualizando posibilidades.
—Eso encaja mucho con Elena —dijo—. Le gusta lo sencillo, lo auténtico. Nada exagerado, pero sí profundamente significativo.
Alexia la miró, agradecida.
—Por eso pensé en ti —confesó—. Necesito a alguien que me ayude a cuidar cada detalle, alguien que la conozca de verdad.
Marta sonrió con complicidad y le dio un pequeño golpe en el hombro.
—Entonces ya está decidido. Soy tu aliada —dijo—. Y te prometo que haremos que ese día sea inolvidable para las dos.
Fue en ese preciso instante, entre el eco lejano de las duchas y el olor a césped todavía impregnado en la ropa, cuando la idea comenzó a tomar forma real. Ya no era solo un pensamiento guardado en el pecho de Alexia; ahora era un plan compartido, sostenido por alguien que creía en su amor tanto como ella.
Y, sin saberlo aún, aquel fue el primer paso de un camino que terminaría en una pregunta sencilla, pero capaz de cambiarles la vida para siempre.
Después de varias conversaciones que se alargaban hasta la madrugada, de recuerdos compartidos que aparecían sin ser llamados y de muchas ideas que nacían con ilusión pero se descartaban al no sentirse del todo correctas, ambas llegaron casi al mismo tiempo a la misma conclusión. No fue una decisión ruidosa ni impulsiva; fue más bien una certeza suave, de esas que se instalan en el pecho y ya no se van.
El viñedo.
Ese viñedo a las afueras de Barcelona que, sin proponérselo, se había convertido en un refugio para las dos. Un lugar al que escapaban cuando el mundo pesaba demasiado, cuando las exigencias externas las empujaban a correr sin respirar. Allí, entre hileras interminables de vides, el tiempo parecía comportarse de otra manera: más lento, más amable.
Habían pasado tardes enteras caminando entre las plantas, rozando las hojas con la punta de los dedos, probando vinos mientras el sol caía poco a poco sobre el horizonte. Habían hablado de todo y de nada: de miedos que nunca se atrevían a decir en voz alta, de sueños que aún no tenían forma, de silencios que no incomodaban porque estaban llenos de comprensión. Era un lugar cargado de memorias íntimas, de risas espontáneas, de miradas largas que decían más que cualquier promesa.
Alexia lo recordó con claridad una noche, sentada frente a Elena, mientras repasaban opciones una vez más. De pronto, levantó la vista, como si algo hubiera encajado por fin.
—Tiene que ser ahí —dijo con una convicción tranquila, pero firme—. Ese lugar forma parte de nosotras. De lo que somos cuando nadie nos exige nada.
Elena no necesitó pensarlo demasiado. Al escuchar esas palabras, el recuerdo del viñedo se desplegó en su mente como una película conocida y querida: la luz dorada filtrándose entre las hojas, el aroma a tierra húmeda, la sensación de paz absoluta que siempre la invadía al estar allí con Alexia.
—Tienes razón —respondió, con una sonrisa suave—. No podría ser en ningún otro sitio.
Marta, que había estado escuchando con atención desde el inicio de todo aquel proceso, las observó con una expresión cómplice. Conocía bien su historia, sabía cuánto significaban los detalles para ambas, y entendió de inmediato que la decisión ya estaba tomada desde el corazón.
—Entonces no hay duda —dijo finalmente—. Ese es el lugar perfecto.
A partir de ahí, todo empezó a tomar forma con una claridad emocionante. Alexia se puso en contacto con el propietario del viñedo, cuidando cada palabra, explicando que no buscaba algo ostentoso ni excesivo, sino algo auténtico. Algo que respetara la esencia del lugar y de su historia juntas.
Quería luces colgantes suspendidas entre las vides, pequeñas y cálidas, como si fueran estrellas que hubieran decidido bajar solo para esa noche. Flores frescas en tonos suaves, integradas al paisaje sin robarle protagonismo. Una mesa preparada con sencillez y elegancia para una cena íntima después de la propuesta, donde pudieran sentarse, mirarse sin prisas y dejar que el momento terminara de asentarse en sus corazones.
Cada detalle importaba. No por perfeccionismo, sino porque cada elección tenía un significado profundo. Nada estaba ahí por casualidad: el lugar, la luz, el silencio, incluso el vino que se serviría después. Todo hablaba de ellas, de su recorrido, de las veces que se habían elegido incluso cuando era difícil.
Alexia sabía que ese viñedo no solo sería el escenario de una pregunta importante. Sería el testigo de un paso definitivo, de una promesa que no necesitaba grandes palabras porque ya había sido construida día a día, en lo cotidiano, en lo real.
Y mientras avanzaban con los preparativos, ambas sentían lo mismo: que no estaban creando un momento perfecto para impresionar, sino uno verdadero para recordar. Uno que, pasara el tiempo que pasara, siempre las devolvería a ese punto exacto donde todo tenía sentido.
Alexia sabía que el amor no se construía en el vacío. Y aunque Elena había aprendido a ser fuerte por sí sola, aunque su historia con la familia estuviera marcada por distancias, silencios y ausencias, Alexia no quería que ese momento tan trascendental se sintiera incompleto. No quería que el día de la propuesta estuviera marcado por lo que faltaba, sino por todo lo que sí estaba.
Porque Elena, aun sin darse cuenta muchas veces, había construido su propia familia a lo largo de los años: amigos leales, personas que la habían visto caer y levantarse, que la habían acompañado en noches difíciles, que la habían sostenido cuando el mundo parecía demasiado pesado. Y Alexia quería que todas esas personas estuvieran allí, siendo testigos de algo tan importante como ese "sí" que soñaba escuchar.
Pensó en ello durante días. Mientras entrenaba, mientras corría con el balón pegado al pie, mientras se duchaba después de jornadas agotadoras. La idea iba tomando forma en su cabeza con la misma claridad con la que visualizaba un pase o un gol decisivo. No se trataba solo de una propuesta romántica; se trataba de crear un recuerdo lleno de amor, apoyo y pertenencia para Elena.
Una tarde, después de otro entrenamiento intenso, Alexia decidió que era el momento. El vestuario estaba cargado de ese ambiente relajado que quedaba tras el esfuerzo físico: risas, comentarios sueltos, el sonido de las duchas, toallas colgadas de cualquier manera. Parecía un momento cotidiano, uno más... pero para ella no lo era.
Se apoyó un segundo contra su casillero, respiró hondo y sintió cómo el corazón le latía con fuerza en el pecho. No estaba nerviosa por el partido siguiente ni por la temporada. Estaba nerviosa porque estaba a punto de compartir algo profundamente personal.
—Chicas... —dijo finalmente, alzando la voz con una mezcla de serenidad y emoción— necesito decirles algo.
Poco a poco, las conversaciones se fueron apagando. Algunas se giraron aún con la botella de agua en la mano, otras se sentaron, curiosas. Sabían que cuando Alexia hablaba así, algo importante estaba por venir.
Ella tragó saliva, sonrió apenas, y fue directa, como siempre había sido dentro y fuera del campo.
—Voy a proponerle matrimonio a Elena.
Durante una fracción de segundo hubo silencio. Y luego, como si alguien hubiera dado la señal, el vestuario explotó.
—¡¿QUÉ?!
—¡No puede ser!
—¡Ya era hora!
—¡Va a decir que sí, seguro!
Los gritos se mezclaron con aplausos, risas, abrazos improvisados. Algunas se levantaron de un salto, otras la rodearon sin darle tiempo a reaccionar. Alexia se llevó las manos a la cara, riendo, con los ojos brillantes y el pecho lleno de una emoción que le costaba contener.
—¡Claro que vamos a estar ahí! —dijo una de ellas, abrazándola con fuerza.
—No nos perderíamos algo así por nada del mundo —añadió otra—. Elena es familia.
Y eso fue lo que más la tocó. Familia. No la impuesta, no la que a veces falla, sino la que se elige. La que se construye con lealtad, respeto y amor.
—Gracias... —logró decir Alexia cuando por fin pudo hablar, con la voz un poco quebrada—. De verdad. Para mí esto es muy importante. Para ella también, aunque todavía no lo sepa.
Las miradas cómplices, las sonrisas sinceras, las bromas sobre el vestido, el anillo y las lágrimas que inevitablemente habría... todo eso le confirmó que no estaba sola en ese plan. Que Elena no estaría sola tampoco.
Mientras se cambiaba y salía del vestuario, Alexia sintió una calma profunda. Había dado un paso más. Había elegido rodear el amor de Elena con amor. Y entendió que, pasara lo que pasara después, ese gesto ya era una promesa en sí misma: Elena nunca más tendría que sentir que le faltaba alguien en los momentos importantes.
Porque ahora, su historia no solo la escribían ellas dos. La escribían también todas esas personas que habían decidido quedarse.
Hablar con su madre y con su hermana no era solo un paso más en el camino: era un acto necesario, casi sagrado. Alexia sabía que, antes de dar cualquier paso definitivo, necesitaba compartirlo con las personas que habían sido su refugio desde siempre. No solo iba a hablarles de una propuesta, sino de la vida que estaba a punto de construir, de una decisión que le nacía desde lo más profundo y que sentía firme como nunca antes.
Eligió una tarde tranquila, sin prisas ni compromisos posteriores. Preparó la cena con especial cuidado, aunque los nervios le cerraban un poco el estómago. El aroma de la comida llenaba la casa, mezclándose con esa sensación extraña entre emoción y vértigo que la acompañaba desde hacía días. Cuando su madre y Alba llegaron, la recibieron con abrazos cálidos, de esos que siempre lograban calmarla un poco.
La cena comenzó de manera distendida. Hablaron de cosas cotidianas: del trabajo de Alba, de algún partido reciente, de anécdotas familiares que arrancaron risas suaves. Alexia participaba, pero por dentro sentía cómo el corazón le latía con fuerza. Sabía que ese momento iba a llegar, y cuanto más se acercaba, más consciente era del peso —y la belleza— de lo que estaba a punto de decir.
En un instante de silencio natural, Alexia dejó los cubiertos a un lado. El gesto fue pequeño, pero suficiente para cambiar el ambiente. Su madre lo notó enseguida, al igual que Alba.
—Mamá... Alba... hay algo que quiero contarles —dijo, con la voz firme, aunque cargada de emoción.
Las dos la miraron con atención, sabiendo que no se trataba de algo trivial. Alexia respiró hondo, como si necesitara reunir todo el valor que había acumulado en los últimos meses.
—He decidido que quiero pasar el resto de mi vida con Elena —continuó, y una sonrisa nerviosa se dibujó en su rostro—. Voy a pedirle matrimonio.
Por un segundo, el tiempo pareció detenerse.
Los ojos de su madre se llenaron de lágrimas casi de inmediato. Se llevó una mano al pecho, profundamente conmovida.
—Alexia... —susurró, con la voz temblorosa—. No sabes lo feliz que me hace escucharte decir eso.
Se levantó despacio y la abrazó con fuerza, como cuando era niña y necesitaba consuelo. En ese abrazo había orgullo, amor y la certeza de que su hija había encontrado algo verdadero.
Alba no tardó en levantarse también. Rodeó a Alexia con los brazos, apretándola con entusiasmo.
—Esto es precioso —dijo, separándose apenas para mirarla a los ojos—. Se nota lo feliz que eres. Y quiero que sepas que cuentas con nosotras para todo. Para lo que necesites, cuando lo necesites.
Alexia sintió cómo una emoción cálida le recorría el cuerpo. Toda la tensión que había acumulado se disolvió de golpe. No había dudas, ni reproches, ni silencios incómodos. Solo apoyo, amor y una aceptación absoluta.
—Tenía miedo... —admitió en voz baja—. No por Elena, nunca por ella. Solo quería asegurarme de que ustedes estuvieran conmigo en esto.
Su madre le acarició el rostro con ternura.
—Hija, cuando amas así, cuando eliges desde el corazón y con convicción, lo único que podemos hacer es acompañarte.
La conversación continuó, ahora llena de ilusión. Hablaron de Elena, de lo bien que encajaba en la familia, de lo evidente que era la conexión entre ambas. Se rieron, imaginaron el futuro y, sin darse cuenta, comenzaron a hablar de bodas, de celebraciones y de nuevos comienzos.
Cuando la noche terminó y se quedó sola, Alexia se apoyó unos segundos en la encimera de la cocina, respirando hondo. Sentía una paz profunda, una certeza que le aflojaba el pecho.
Todo estaba alineándose.
Y por primera vez, la idea de arrodillarse frente a Elena para pedirle compartir la vida no le daba vértigo... le daba una felicidad serena, clara y absolutamente real.
Las semanas siguientes se convirtieron en una sucesión de días intensos, cargados de emoción contenida y una ilusión que Alexia apenas podía disimular. Cada jornada traía consigo nuevas decisiones, nuevas llamadas, nuevas listas que parecían no terminar nunca. El proyecto que estaba construyendo no era solo un momento especial: era una promesa, una declaración de amor pensada al milímetro.
El viñedo se transformó en un lugar casi sagrado. Alexia volvió varias veces, a distintas horas del día, observando cómo cambiaba la luz entre las hileras de uvas, cómo el atardecer teñía todo de tonos dorados y cómo el silencio del lugar parecía envolverlo todo con una calma profunda. Caminaba despacio, imaginando a Elena allí, visualizando su sonrisa, su mirada sorprendida, la forma en que seguramente apretaría sus manos cuando comprendiera lo que estaba a punto de ocurrir.
Marta estuvo a su lado desde el primer momento. Más que una organizadora, se convirtió en cómplice, en apoyo constante, en esa persona que sabía cuándo hablar y cuándo simplemente escuchar. Pasaban horas revisando opciones: flores, música, iluminación, disposición de las mesas. Cada decisión se tomaba con un único criterio: que todo hablara de Elena y de la historia que compartían.
Las llamadas se acumulaban en el teléfono de Alexia: proveedores, confirmaciones, ajustes de último minuto. Entre entrenamientos y compromisos, sacaba tiempo para revisar mensajes, hacer anotaciones rápidas y enviar audios llenos de instrucciones precisas. Nadie notaba el cansancio, porque la motivación era más fuerte que cualquier agotamiento físico.
Pero si hubo una decisión que la removió por completo, fue la elección del anillo.
Alexia recorrió joyerías durante semanas. Entraba, observaba vitrinas, pedía ver piezas, las sostenía entre los dedos... y las dejaba. Nada parecía suficiente. No buscaba algo llamativo ni extravagante. Buscaba algo que hablara de Elena sin decir su nombre. Algo que reflejara su elegancia natural, su fuerza silenciosa, su manera de amar sin estridencias.
En cada joyería pensaba lo mismo: esto no es ella.
Demasiado grande. Demasiado recargado. Demasiado frío.
Hasta que un día, casi sin esperarlo, lo vio.
Un solitario de diamante, delicado, montado en platino. Sencillo, luminoso, firme. No gritaba, no pretendía impresionar. Simplemente estaba ahí, con una presencia serena, segura de sí misma. Exactamente como Elena.
Alexia lo tomó entre los dedos y sintió algo muy claro, muy definitivo. No hubo dudas, ni necesidad de comparar. Su pecho se llenó de una calma profunda, como si todo encajara de repente.
—Es este —dijo con una seguridad que sorprendió incluso al vendedor—. Es ella.
En ese instante supo que no necesitaba seguir buscando. Ese anillo no era solo una joya; era una promesa silenciosa, un símbolo de todo lo que Elena significaba en su vida.
La cena fue planeada con el mismo nivel de detalle y amor. Cada plato fue elegido pensando en los gustos de Elena, en los sabores que la reconfortaban, en aquellos que habían compartido en momentos importantes. No era solo comida: era memoria, era emoción, era historia compartida servida en platos cuidadosamente seleccionados.
Alexia pensó en todo: el orden, los tiempos, la música suave de fondo, el vino exacto que sabía que a Elena le gustaba. Incluso imaginó los silencios, esos espacios donde no harían falta palabras porque las miradas lo dirían todo.
—Quiero que cada cosa de esa noche le diga cuánto la amo —le confesó a Marta en una de esas largas conversaciones nocturnas, cuando el cansancio aflojaba las defensas y dejaba salir la verdad más pura.
Marta sonrió, con esa certeza tranquila de quien observa un amor auténtico.
—Y lo va a sentir —respondió sin dudar—. Créeme. No hay forma de que no lo sienta.
Alexia respiró hondo. Todo estaba tomando forma. Cada detalle, cada elección, cada esfuerzo tenía un solo destino: el momento en que Elena comprendiera que no se trataba de una sorpresa más, sino de un paso definitivo.
Un paso construido con paciencia, intención y un amor tan profundo que no necesitaba ser ruidoso para ser inmenso.
Y mientras los días avanzaban, Alexia sabía una cosa con absoluta claridad: todo ese cuidado, todo ese trabajo silencioso, valdría la pena en el instante exacto en que Elena dijera "sí".
La noche previa a la propuesta se estiraba lenta, densa, casi solemne. El reloj marcaba horas que parecían no avanzar, y Alexia permanecía despierta, con la mirada fija en el techo, escuchando el silencio del apartamento interrumpido solo por el murmullo lejano de la ciudad y el ritmo pausado de una respiración conocida.
Su mente no dejaba de girar.
Cada detalle volvía una y otra vez, como si necesitara comprobar que todo estaba en su sitio: el lugar exacto, la hora elegida, las palabras que había ensayado en silencio durante días, incluso semanas. Se preguntaba si serían suficientes, si lograrían transmitir todo lo que sentía, todo lo que Elena significaba para ella. No era miedo lo que la mantenía despierta, sino la enorme responsabilidad de ese momento. Porque no se trataba solo de una pregunta. Era una promesa. Una entrega total.
Giró lentamente el rostro y la observó.
Elena dormía profundamente a su lado, ajena al torbellino que se desataba en el pecho de Alexia. Su expresión era tranquila, serena, como si el mundo no pudiera tocarla en ese instante. El suave subir y bajar de su pecho, el mechón rebelde de cabello cayéndole sobre la frente, la forma en que su mano descansaba cerca de la suya... Todo en ella le resultaba profundamente familiar y, al mismo tiempo, milagroso.
Alexia sintió un nudo en la garganta.
Es lo más hermoso que existe, pensó, con una certeza que no necesitaba ser cuestionada.
Y soy tan afortunada de tenerla.
Recordó el camino recorrido hasta llegar ahí: los encuentros inesperados, las dudas, los silencios difíciles, las conversaciones profundas, las noches de apoyo mutuo, las diferencias aprendidas, los miedos compartidos. Recordó cómo, poco a poco, Elena se había convertido en su hogar, en su calma después del ruido, en su refugio incluso en los días más duros.
Se inclinó con cuidado, como si aquel gesto pudiera romper el equilibrio del universo, y besó suavemente la frente de Elena. Fue un beso lento, lleno de intención, cargado de todo lo que aún no había dicho en voz alta. Un beso que llevaba dentro un gracias, un quédate, un para siempre.
—Espero que todo salga bien —susurró en la penumbra, con una voz apenas audible, como si el momento mereciera ser guardado solo para ella—. Quiero que este sea el momento más especial de nuestras vidas.
No porque necesitara que fuera perfecto, sino porque deseaba que fuera verdadero. Que Elena sintiera, en cada palabra y en cada gesto, lo profundamente elegida que era. Que comprendiera que esa pregunta no nacía de la emoción del instante, sino de una convicción sólida, construida día a día.
Alexia respiró hondo. Por primera vez en horas, el corazón dejó de latir con urgencia y empezó a hacerlo con calma. No tenía todas las respuestas sobre el futuro, pero sí una certeza absoluta: quería recorrerlo con ella. Con sus luces y sus sombras. Con sus victorias y sus dudas. Con todo.
Cerró los ojos lentamente, dejando que el cansancio, por fin, la alcanzara.
El comienzo de su nueva vida estaba a solo un día de distancia.
Y esta vez, no sentía vértigo.
Solo amor.

Ecos de Amor  - Alexia Putellas Donde viven las historias. Descúbrelo ahora