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Cuando el profesor entró en la oficina, Gregory estaba leyendo el artículo que él mismo había escrito para la edición de esa mañana. Garram se quedó de pie, frente a la silla desocupada que evidentemente Gregory le había deparado.

-Es usted-dijo el profesor-. Claro, ahora lo reconozco. Su voz en el teléfono suena rara. Usted estuvo en mi conferencia.

-No-dijo Gregory-, sólo fui a ese edificio para buscar ciertos documentos que mi padre había preservado en su consultorio. Pero he escuchado resúmenes de esa conferencia en la radio, en la televisión, y estoy al tanto de gran parte de lo que usted dijo ese día.

-Y me quedó mucho por decir-dijo Garram-. Lamentablemente, el atentado nos obligó a buscar un lugar más seguro. Por cierto, me he cruzado con su jefe esta tarde y no se veía bien.

-¿Oclam?-preguntó Gregory.

-Exacto-respondió Garram-. Entiendo que todavía está a cargo del periódico, a pesar de lo que ocurrió aquí. Me sorprende que todavía estén utilizando esta instalación. ¿No temen que haya un nuevo ataque?

-Este lugar ya ha sido explorado-dijo Gregory-, y no han encontrado lo que buscaban, por lo que es uno de los lugares más seguros de la ciudad. No se arriesgarán a regresar si aquí no está lo que pretenden obtener. ¿No lo cree así?

-¿Y dónde estaría eso?-preguntó Garram, con un tono que evidenciaba que no esperaba recibir una respuesta sincera.

-Tanto ese segundo artículo-respondió Gregory-, como los documentos de mi padre, están preservados en un mismo lugar.

-Perfecto-dijo Garram-. ¿Y para qué quería verme?

-Cada vez son menos las personas con las que puedo contar-dijo Gregory-, ya sea porque mueren o porque prefieren desvincularse de este asunto. Yo no podré seguir solo por mucho tiempo. Mi padre ya no está. No me quedan compañeros de trabajo y el propio Oclam se ha estado comportando de una manera extraña en estos últimos días.

Garram recorrió la oficina con una mirada recelosa. Había recortes periodísticos en las paredes, y también fotografías de muchas de las personas que habían trabajado en ese periódico y que murieron durante el ataque. Y entre esos rostros reconoció también el del doctor Becker, el hombre que, supuestamente, se perdió para siempre en las selvas sudamericanas mientras buscaba una respuesta, una pieza más para terminar de ensamblar el terrible rompecabezas mental con el que intentaba reconstruir una parte hasta entonces desconocida de la Historia. Una parte tan importante que ese hombre abandonó a su familia y el ejercicio de su profesión, a pesar del prestigio del que gozaba, para adentrarse en territorios desconocidos en busca de aquello que le sirviera para reconstruirla de algún modo. Y, según los documentos que dejó, lo habría encontrado, en una enorme fosa cubierta por placas de un material que no pudo determinar. Pero lo que sí pudo determinar es que dentro de esa fosa había una cantidad descomunal de plantas, con las flores cerradas gracias a un delgado y muy particular cordel que envolvía sus pétalos. Pero Becker no llegaría a comunicar su descubrimiento al mundo. Los rusos, al parecer, se adelantaron. Lo asesinaron, y se apropiaron de ese hallazgo alegando luego que llegaron a él a través de una serie de textos primitivos, y no mediante la argucia de perseguir secretamente al prestigioso doctor.

Esas plantas persistieron en ese lugar probablemente durante siglos, sin marchitarse. Sus raíces aéreas absorbían la humedad de las paredes de la fosa, y así se mantenían vitales. Becker describió una frialdad que lo sorprendió cuando bajó a ese recinto tan particular, una suerte de aire refrigerante que habría permitido que esas hojas y esos tallos no perdieran su aspecto lozano.

-Lamento mucho lo de su padre-dijo de repente Garram-. Era un hombre admirable. Y no me rehusaría a tratar de darle un final digno a la tarea que él no pudo concluir, si es que para eso usted me ha citado aquí.

Las flores del silencioStories to obsess over. Discover now