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Los vio dispersarse y abandonar el Área, mientras otros empleados se mantenían fieles a su rutina y amontonados, principalmente, en el sector occidental del primer piso.

Bajó rápidamente las escaleras hasta la planta baja. Intentó localizar a algún fugitivo. Pero ya no había nadie allí. Los que se habían ido ya estaban muy lejos.

Todo por culpa de ese idiota de Louis.

Pero no era tan grave. Los que se fueron podían ser sustituidos por otros en sus funciones. Sólo tenía que reorganizar el equipo de trabajo.

Además, no habían desertado precisamente los mejores empleados. Pero esta reflexión no impidió que lo invadiera un sentimiento de absoluta soledad. Necesitó, más que nunca, reencontrarse con el doctor Collins, mientras Argos se acercaba a él y le ofrecía su desalmada compañía.

-Gracias amigo-le dijo-. Estoy seguro de que el doctor vendrá pronto.

El cielo nublado se extendía sobre una ciudad particularmente silenciosa. Algo estaba ocurriendo, invisiblemente. Decroch lo intuía. Algo terrible y gradual, que se expandía silenciosamente sobre esas calles desiertas.

Apoyó su mano derecha sobre la pared de cristal, sin dejar de mirar hacia la lejanía. Tuvo el mismo sentimiento que lo embargó, alguna vez, cuando fue a ver al hijo de Gregory y los médicos no le permitieron entrar en la habitación, argumentando que los síntomas no correspondían a una dolencia convencional. No, no lo era. Después se supo, cuando Gregory asistió a la reunión organizada por Bosh, en busca de una respuesta que le ayuda a entender lo que estaba ocurriendo con ese niño, en esa habitación, en ese sanatorio cercado por la policía federal.

¿Pero era posible que su propio padre, el doctor Becker, le haya dado esa respuesta mucho antes de que ocurra esa internación, mucho antes incluso de que ese niño naciera?

Sí, era posible, y quizá ese niño fue la primera víctima de lo que se abatiría luego sobre casi todos los habitantes de ese país.

La primera víctima, obviamente, de la civilización actual. El primer individuo civilizado que experimentó, en su propio cuerpo, lo que padecieron aquellos salvajes en una época tan remota, sí, pero también tan cercana, tan vigente...

Decroch nunca dijo nada de esto en el Área, nunca mencionó a Gregory. Nunca dijo nada, porque se supone que todos ellos ignoraban las mismas cosas y estaban en busca de las mismas explicaciones. Por ejemplo, ¿cuándo comenzó la propagación? Se supone que ninguno de los que trabajaban para el doctor Collins lo sabía, que nadie, ni siquiera el gobierno, lo sabía. Pero quizá él, Decroch, sí lo sabía.

Quizá, porque no podía afirmar nada. El niño se había mareado en la calle. Había caído, desvanecido, con las manos muy pálidas. Dolor de estómago, aturdimiento. Sin fiebre. Al contrario, una temperatura inferior a la conveniente. Y después, dos pacientes más, con idénticos síntomas.

Eso no era gripe, ni una bacteria.

Cerró los ojos. Dejó que su mente viajara hacia ese momento de su vida en el que todavía nadie sentía un verdadero terror. Alguna incomodidad, un presentimiento. Pero no terror. Ni siquiera Gregory se veía conturbado. Le había pedido a Decroch que fuera a ver al niño porque creía que esas restricciones súbitas se estaban aplicando a periodistas o profesionales vinculados a los medios de comunicación.

Pero Decroch tampoco pudo entrar. Sólo vio al niño de lejos, a través de la puerta entornada, en un ambiente tenso pero en el que todavía se podía encontrar una explicación gratificante.

Pero precisamente en ese momento, en ese lugar, el horror estaba comenzando. Creciendo, calladamente, como una flor casi imperceptible, abriéndose donde nadie podía sospechar su existencia, con pétalos tan diáfanos como las paredes del Área.

Las flores del silencioStories to obsess over. Discover now