EL AMOR DE MI VIDA

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Debo ser sincera: jamás olvidé a Jin. Quizás guardé sus recuerdos muy en el fondo de mi mente, pues en ese entonces, era intolerable tanto dolor por tener que dejarlo. Fue un mecanismo de defensa efectivo, llegué a mentirme que lo habia olvidado por muchos años, quizás décadas.

Cuando coincidimos en Incheon, al principio, no dilucidé quien era; luego, de la nada, retrocedí en el tiempo. Era como si hubiese vuelto a la adolescencia. Mi corazón y mis recuerdos lo trajeron a la superficie y ¡Dios! ¡qué bello estaba! Había crecido, si, pero seguía siendo Juan Sebastián Kim: mi primer beso, mi primer amor... mi primera vez. Aún así, no podía confesarme ante él; en mis recuerdos y mi vida, en ese momento, había alguien que enterré en el mismo olvido luego del accidente.

Recuerdo aquel verano, hace quince años atrás. Aún no sabíamos que sería el último, pero presentíamos algo que cambiaría el curso de nuestros destinos. Creo que por esa razón sentimos la necesidad de entregarnos el uno al otro.

Jin había quedado solo en su casa. Sus padres habían viajado a Estados Unidos por compromisos empresariales. A nuestra edad -en ese entonces- viajar en familia era algo aburrido, y aquí en Argentina, era común que los adolescentes se quedasen bajo la tutela de algún otro adulto de la familia, pero fuera del hogar. En pocas palabras, podíamos estar solos el tiempo que quisieramos mientras pudiesemos.

El calor de la tarde dibujaba extrañas formas que se parecían a un cristal vaporoso. Jin y yo yacíamos tumbados en la hamaca colgante que estaba en el patio trasero. A pesar del sopor, nos manteníamos abrazados, soñando con un futuro compartido que ignorabamos, se iba a borrar de un plumazo.

Una brisa estival levantó levemente la falda de mi vestido, e inmediatamente, me apresuré a bajarlo con pudor.Mi autoestima había sido deformada por mi madre, lo que hacía verme horrible y distorsionada, creyendo que todos me veían como yo me veía. Su mano atrapó la mía, impidiendo que el vestido tapara mis muslos desnudos. "No lo hagas", susurró haciendo cosquillas en mi oído. Posó su labios en mi sien izquierda, sembrándola de pequeños besos, para luego bajar lentamente por mi mejilla y así descansar en mi boca. Mientras tanto, su mano temerosa subía dubitativa delineando el contorno de mis caderas, para al fin quedarse en mi cintura.

Mi cuerpo completo comenzó a responder a su llamado. Mis piernas se restregaban entre las suyas; mis manos torpes buscaban el comienzo de su sudadera, intentando levantarla y acariciar su piel a la vez.

El calor fue en aumento... pero no en el ambiente. Decidimos continuar adentro, en su habitación.  La tenue luz que se escabullía entre las cortinas hacía mucho más especial el momento. Las caricias iban en aumento, solo que ya por debajo de la ropa. Jin se detuvo de repente, como si algo lo paralizara.

–¿Pasa algo, amor? –le pregunté con calma.
–Es solo que... que jamás hice esto Alma–contestó con una mueca de decepción.
–Pues, estamos en la misma condición Juanse–así lo llamaba cuando necesitaba apaciguarlo de sus frustraciones–Tú serás el primero... yo seré tu primera.

Su hermosa sonrisa se dibujó en aquellos labios carnosos y perfectos, que volvieron a encontrar el camino desde mi cuello hasta la clavícula, y de allí a mis labios otra vez.

Tocó el turno de despojarnos de la ropa. Fuimos lentamente. Mis ojos no sabían por donde comenzar: si por sus anchos hombros o por su diminuta cintura. Sentí tanta vergüenza de mi cuerpo, que me abracé a mi misma para evitar que me despojase de mi vestido.

–Eres hermosa– me dijo levantando mi barbilla que temblaba de miedo y por el llanto.

–¡Juan! ¡No lo soy! Mi madre tiene razón, ¿qué podría ofrecerle a alguien?–y me escondí tras mis brazos y mis rodillas, llorando sin consuelo. En ese momento pensé que era el ideal para que Jin me dijera que estaba en lo cierto y me pidiese que me fuera. Pero las cosas no funcionan cuando tu mente es la distorsionada y la de los demás está bien.

–Tu me das todo lo que yo necesito, Alma. Eres mi complemento y quiero que lo nuestro sea eterno, que tu seas eterna para mi. Eres bella por donde te mire, amor. Nada en ti es imperfecto.

Rodaban lágrimas de temor y gratitud por mis mejillas. Él las secó y volvió a sonreir y yo... yo simplemente me dejé llevar.

Sacó mi vestido lentamente y con rapidez, no permitió que mis brazos cubrieran mi figura. Sus manos eran inexpertas, siendo sus caricias dulcemente torpes. "Disculpa" "lo siento" era lo que repetía cada vez que intentaba algo. Comencé a reír y juguetear; fue tanto que al final Jin quedó sobre mí. Ambos quedamos inmóviles y un silencio cerrado reinó en el cuarto.

"¡Auch!", su quejido rompió con la tensión. "¿Pasa algo, Juanse? ¿Te golpeé?", mi preocupación me hizo mover y comenzar a palparlo.

–Nn..no... no hagas eso–tartamudeó– Ss...ssi ssigues... mmm... duele...aaa..allí abajo–trató de señalarme justo en la línea donde nuestros cuerpos se unían. Fue ahí cuando sentí como una parte de él crecía, se extendía y se endurecía.

–Eso que se mueve allí ¿es... es lo que te duele?–murmuré con algo de vergüenza. Jin solo afirmó con su cabeza, mientras sus ojos se ceñían por el dolor.

–¿Cómo puedo aliviarte?–me descubrí preguntándole de una manera atrevida y melosa.

Su mano tomó la mía y la llevó para posarla en su miembro erecto. "Por favor, tócame. Aliviame, amor" su voz sonaba como un sensual ruego. Comencé mis maniobras con inexperiencia pero teniendo recuado de no lastimarlo. Lo siguiente, solo puedo describirlo como mágico, sublime: sus ojos esta vez se cerraban pero suavemente, como si entrase en un trance de deleite; su respiración se hizo profunda y a la vez entrecortada. Era un ángel sobre mí, era un pequeño dios del amor.

Entre mis piernas comencé a sentir que algo fluía como una vertiente. Sentía la necesidad de abrirlas para así poder  apaciguar la calidez que había entre ellas.

Sin mediar palabras, Juan Sebastián me miró profundamente y se irguió. Tomó su miembro y lo colocó en el centro de mi entrada. No lo negaré, sentí miedo y ansiedad, que luego fueron opacadas por las ganas de que entrase dentro de mi. El roce de mis dedos en su pecho fue la señal para que se hundiera en mi femineidad. Ahogué un sutil grito entre mis dientes; la punzada en mi interior era intensa... pero agradable. Juan se quedó quieto, como si el moverse nos fuera a romper. Y ahí residía lo maravilloso: nos rompimos juntos y nos fundimos juntos.

–¡Oh, Dios, Alma! ¡Lo siento! ¿Duele mucho?–su rostro afligido me parecía lo más erótico y magnífico en ese momento.

–Es algo que se puede tolerar, cariño. Solo sigue. Juntos estamos aprendiendo.

Su vaivén era cadencioso. Sus caderas se movían lentamente, como adecuándose al momento y a mi cuerpo. Le seguí el ritmo y pude adaptarme fácilmente: como si estuviesemos hechos el uno para el otro.

Jamás me di cuenta de la mancha de mi desfloración, porque solo tenía mente, figura y espíritu para Jin. Él nunca mencionó si era justo lo que había imaginado: solo me miraba a mí, me amaba a mí.

El mágico encuentro se coronó cuando ambos llegamos a un punto de placer en que los dos explotamos y nos desintegramos como una gran supernova. Según los experimentados, a eso se le llamaba orgasmo.

La noche nos encontró desnudos, abrazados y sudados. "Jamás te dejaré ir. Ahora eres mía, eres mi Alma". Sonreí como nunca lo había hecho. El hombre de mi vida estaba justo alli, a mi lado, y no se iría nunca.

Al día siguiente, el señor Kang, mi padre, me sacaba a rastras de la casa de mi madre y de la vida de Juan Sebastián Kim. El destino era un cruel pusilánime: me había dado todo, me había impregnado del amor perfecto de aquel hombre, para luego llevarme lejos, obligándome a enterrarlo en el olvido.

Quizás, solo quizás, si hubiera sido valiente, Kim Seokjin no sería un "buen amigo" en el presente, en esta historia borrosa... podría haber sido el amor de mi vida.

EL GRAN PREMIODonde viven las historias. Descúbrelo ahora