PRIMERA NEVADA

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–¡No soporto más este calor! ¿Qué tal Seúl? Ya se avecina la primera nevada y yo aquí.

–Lisa, Lisa. Despacio, solo tengo dos oídos y un cerebro. Todo bien. La primera nevada se está tardando... ¡Diablos, Lisa! ¡Más lento que no entiendo!... Si, si... que dije que si fuí a Busán... tampoco nevó... Mmm... si... demasiada humedad... Lisa, escucha...

"¿Y Sujin omma? ¿Está mejor de sus jaquecas? ¿Esta vez no te olvidaste del aniversario de Choi omma? ¿Fuiste por mi departamento? ¡Ah! Pero los parques aquí ¡Son bellos! Ayer descubrí uno pequeño caminando por ahí y...", en partes la escuchaba, en otras, prefería perderme en pensamientos vanos.

Lisa continuaba hablando sola, mientras mi mente viajó al otro lado del Atlántico y me halló sentado en el banco de aquel pequeño parque que nos volvió a unir por el espacio de esa fugaz felicidad y que luego nos dió la despedida definitiva. "¿Será ese parque al que se refiere Lisa?" Mis recuerdos se alzaban como nubes  a mi alrededor; podía palparlos pero dolían como un corte de navaja.

Mi amiga continuaba hablando sin parar; se notaba que estaba nerviosa y no sabía cómo decirme lo que tenía para decir ¡Típico comportamiento de  Park Lisa! Dar tantos rodeos como pueda antes de largar lo que realmente debe decir.

–¡Lisa! ¡Lisa! ¡Por favor! ¿Qué es lo que me quieres decir y no puedes?–elevé mi voz para que me escuchara. Su discurso nervioso y lleno de ansiedad se cortó de repente, y fue reemplazado por unos suspiros hondos y pesarosos –¿Me dirás o no?–suavicé mis palabras para no alterarla aún más. Era demasiado impulsivo, pero sabía cuando bajar mis niveles de angustia para poder calmar a los demás.

–Nam... es que... ¡Dios! Es tan difícil esto–dijo de manera rápida.

–A ver, a ver;  cálmate, tómate tu tiempo. Si quieres, puedes seguir contándome de tu estadía en Argentina, puedes explicarme hasta la teoría de la cuerda de la energía o como cocinar cookies. Tú hazlo a tu manera–me sorprendí de mi comprensión y mi serenidad. Pero eso también tenía su causa; siempre todo en mi vida sería causa y efecto de Kang Alma.

Un sollozo y un "gracias" ahogados me dieron la pauta de que lo que tenía para decirme sería algo que sumaría una herida más a las tantas que existían en mi corazón pero, ¿qué más daba? Me había acostumbrado a los desgarros en mi alma así que qué le haría un agujero más.

–Oye, Lisa, perdoname si sueno un tanto brusco y desconsiderado, pero debo ir a la empresa y se me hace un poco tarde. Debo colgar. Hablaremos de tu viaje cuando regreses–le dije a modo de finalizar la comunicación. Le estaba siendo demasiado difícil decirme lo que tenía que decir. Con un simple "adiós" dí por finalizado todo y ya dispuesto a colgar, escuché su voz desesperada. ¡Alto! ¡No cuelgues Kim Namjoon!"; muchas veces la había escuchado hablar en tonos de voz firmes y elevados, pero jamás la escuché gritar con tanta desesperación.

–Lisa, desde que comenzó la llamada sabía que tenías algo que contarme. Respeté que dieras vueltas y hablases de cosas que (ambos sabemos bien) no tienen sentido–disparé desde mi cansancio y mi tristeza crónicos.

Había aprendido por las malas a ser paciente y más reflexivo. También me había ganado el cuadro de ataques de pánico, una condición que había "heredado" de Alma. En este último tiempo llegué a comprenderla, pues sabía bien lo que era quedarse sin aire, que el pecho te retumbara al punto de sentir que estallaría, el dolor crónico allí también y las sienes golpeando sincrónicamente, mientras los ojos se desorbitan ante la falsa poca entrada de oxígeno y las manos tratan de asir el cuello en señal de angustia "¿Así te sentías , amor, mientras yo descargaba mi ira y mi frustración? Que injusto fuí", era mi pensamiento más recurrente.

Volví a la realidad cuando escuché por encima de mis pensamientos la voz de mi amiga.

–Es que, no sé cómo decirtelo Nam. Es complicado para mi–su voz se oía lacrimosa.

–¿Por qué dices que es complicado?–algo en mi pregunta alertó a mi cerebro de lo que sería la respuesta de Lisa, puesto que un nudo en mi estómago se estaba formando.

–Porque debo explicarte por qué esta noticia es, para mí, un motivo de felicidad y uno de tristeza–la escuché haciendo un esfuerzo sobrehumano; los oídos me habían comenzado a zumbar.

–¿Cómo? No estaría entendiendo, Lisa– y mi mano derecha se apresuró a aflojar la corbata y a desabotonar el primer botón de la camisa. Los efectos de la confesión me anunciaban un ataque de pánico.

–Mejor sería contarte esto cuando vuelva–fue su respuesta arrepentida.

–¡No! ¡No me digas eso! ¡Falta un mes entero para que vuelvas aquí! Dime lo que me tenías que decir en esta llamada, por favor–la voz se me entrecortaba en el esfuerzo por continuar al teléfono y poder respirar. Se me había acabado la paciencia y volví a ser el Kim Namjoon del pasado por un momento. Me apoyé en el escritorio que estaba delante mío; la habitación había comenzado a dar vueltas. Cerré los ojos un momento y así recuperé un poco el equilibrio. La piel del rostro me ardía, por lo que decidí salir al patio de mi casa. El frío me golpeó en la cara y eso me hizo volvet, por un instante, a la cordura. Los primeros copos de nieve se quedaron anidados entre mis cabellos. Miré hacia el cielo y los puntos blancos que bajaban lentamente me distrajeron un momento de la llamada con Lisa. "Nunca tuvimos nuestra primera nevada, Alma. Te debo tanto que jamás me alcanzará esta vida y vaya uno a saber cuántas más para resarcirte todo el daño que te hice"

–Nam, ¿sigues allí?–las palabras de Lisa me bajaron al mundo otra vez.

–¿Ajá?

–Nam, esto es muy difícil para mi...

–Lisa, tranquila. Dímelo de una vez.

–Pero es que...

–¿Es que qué? ¿Qué tan malo podría ser?–y el pecho se me volvió a hundir. Sabía que era demasiado malo lo que Lisa tenía para decir.

–Nam, yoooo...

–¡Por Dios! Dilo de una vez–le grité sin miramientos.

–Alma está embarazada y se va a casar. Yo... yo... lo siento, Namjoon–soltó de repente.

Lo último que vi frente a mí fue el piso tiñiendose de blanco. Luego, a lo lejos, la voz de mi madre llamándome desesperada. El frío de la nieve me acunaba y me invitaba a dejar todo atrás y desaparecer. Quería hacerlo; quería morir: el amor de mi vida había continuado con su vida. Por fin sería feliz.

EL GRAN PREMIOHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora