CEDER

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Tenía destruida mi alma. La esperanza que había mantenido por tanto tiempo se borró de un plumazo; el primer amor del hombre que amaba me había relegado al peor lugar en los niveles de importancia para una persona: el de amiga, el de casi "familia". Buena estrategia de combate: dejarme desarmada y desolada haciéndome parte ínfima en la historia de Kim Seokjin. Si, él para mí era Kim Seokjin: coreano, oriental; nada de esas estupideces occidentales de "Juan Sebastian" o "Juanse". Él había nacido, al igual que yo, en el seno de una  hangug gajog (familia coreana); más allá de haber migrado al otro extremo del mundo, seguíamos teniendo identidad oriental, amabamos nuestra cultura, nuestras raíces, nuestro propio ser... algo que Alma Kang Uribe (demasiado argentina con un leve atisbo de coreana) jamás entendería.

"Debes pelear por él", me atormentaba mi mejor amiga. "Hiciste por Seokjin más de lo que su propio entorno hizo"  todas las veces decía lo mismo.

–Pero no soy ella Mi-na—le contestaba acostada en el sofá de mi sala mientras escondía mis ganas de llorar a gritos debajo de mis brazos cruzados que me tapaban los ojos.

—Estoy cansada de escucharte hablar así, Park San Liz ¿Acaso no tienes dignidad o amor propio? ¡Ese hombre es más tuyo que de ella, mujer!–Mi-na se cabreaba ante mi actitud. Mi amiga me amaba demasiado, al punto que mataría por mi... pero esta vez no quería causar ningún tipo de daño; quería que Seokjin sea feliz.

—Si tengo dignidad, amiga querida, y tengo amor propio. Pero es más grande el amor que le tengo a mi Jin que cedería mi propio espíritu con tal de verlo sonreir todos los días, por más que yo no sea la artífice de ese milagro—con las últimas palabras, mi pecho se hundió y dejé salir el llanto que ya no podía retener.

—¿Y así dices que estás bien con todo lo que está pasando?–Mi-na se acerca y me ayuda a incorporarme para poder abrazarme con todas sus fuerzas. Esos abrazos te reconstruían enteramente, pero esta vez no eran suficiente para amortiguar el dolor de mi pérdida.

Mi-na no sabía toda la historia ¿Ella acaso lo entendería? Se muy bien que no. Ella no comprendería ni aceptaría mi acuerdo con Seokjin. Todo consistía en ser su pilar de apoyo, su paño de lágrimas, su momento de descarga de frustraciones, amores mutilados y tensión sexual.

Durante años acepté ser alguien que lo acompañaría. Él me lo había advertido. "San, linda, no te amo. Te quiero demasiado, pero ese sentimiento llega hasta la amistad ¿Tú entiendes que no eres Alma? ¿Aún así quieres entregarte a mí?" Cada letra anclada a una palabra dolía; quizás tenía razón, sin embargo mi esperanza en ese entonces era una niña tonta creyendo que le regalarían el mejor juguete. Estúpida esperanza... estúpido intento de creer que no sabía cómo era el juego. Seguí atada a él sin él nunca haberse atado a mi. "El tiempo pasa, San Liz. Seokjin se olvidará de alguien que nunca más volverá. Será tuyo" Y las lágrimas habían empapado por completo mi rostro, mientras que una irónica risa hueca resonaba en mi pecho muerto.

Ese iluso convencimiento me había mantenido casi viva hasta el día del accidente, cuando Jin me llamó desde el hospital para avisarme lo que había sucedido. El corazón se me desbocaba, mientras un llanto infantil inundaba el taxi en el que me dirigía hacia allí. Si a Jin le pasaba algo, mi vida ya no serviría de nada; lo que nunca imaginé fue que mi existencia terminaría cruzando la puerta del hospital, encontrándome con un Jin ileso pero preocupado por... mi tiro de gracia. El puto destino los había reunido, poniendo todo en su lugar: a mi, fuera de la ecuación, a Seokjin de vuelta al ruedo y a Alma en la línea de largada completamente en blanco: sin memoria, sin pasado, sin hijo... sin nada. Todo perfecto para volver a retomar de donde había quedado la historia.

–Ya perdí, Mi-na. Ya no hay vuelta atrás.

–Entonces bórrate de su vida.

–No puedo–mi respuesta tenía un justificativo con bastante peso, pero tampoco podía explicarle a mi amiga.

–¿No puedes o no quieres?–su voz tenía un tinte de wxasperación peligroso.

–Interprétalo como tú quieras Min–atiné a decirle ya sin aliento.

–¡Por Dios,Liz! ¡No te entiendo! Ese tipo te llevó hasta la cima de la montaña, para luego arrojarte al precipicio y matarte ¿Y aún así pretendes seguir alimemtando tu amor propio con las migajas que te tire ocasionalmente?–su dureza se clavaba en mis oídos y era intolerable escuchar su verdad, pero la razón por la que debía seguir a la sombra de Alma velando por Kim Seokjin era mucho más poderosa que la lógica de Mi-na.

–Mira, Mi-na, no pido que me entiendas o me comprendas. Solo quiero que mi amiga me ayude a continuar con esto. En algún momento podré explicarte el por qué de todo esto tan complicado. Solo quédate conmigo y no me dejes caer–le dije con mi voz quebrada otra vez.

Ceder era la única opción que había para poder estar al lado de Jin. Solo así podría cuidarlo y mantenerlo a salvo lo más que se pudiese.

El tiempo pasaba veloz y las posibilidades eran cada vez menos. Me conformaría con el cariño de su amistad a cambio de poder mantenerlo vivo y feliz, aunque sea, un par de años más.

Nadie tiene adquirida la vida, más allá de que yo quería a Seokjin eternamente. Ceder no sería tan malo, mientras eso me de el crédito de ser el ángel guardián de mi amor no correspondido.

EL GRAN PREMIODonde viven las historias. Descúbrelo ahora