CAMINO HACIA TU AMOR

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Caminar hacia allí, hacia el altar.
Un camino largo en la espera de la pareja, pero tan corto en tiempo real.

La nave de la iglesia es imponente con  vitraux empesinados en descomponer el haz de luz blanca en espectros de colores, como un gran caleidoscopio celestial.

Las paredes blancas, casi hirientes por lo impolutas, solo se interrumpen por el verde de las hojas y tallos de lirios y crisantemos, y el  caoba de la madera de los asientos.

Cristo se ve magnánimo y doloroso , casi devorado por esa enorme cruz que deberá cargar por toda la eternidad.

¡Qué gracioso!  Mi mente cómo se pierde en descripciones y observaciones vanas. Mis nervios están de punta, pero necesito mantenerme sereno ahora, pues ellas aún no aparecieron como para desmoronarme de felicidad.

Mis ojos siguen sus clínicas observaciones, pero no puedo ignorar a mi corazón: él si me pone en contexto y me derriba a la realidad: estoy en una iglesia, vestido con un traje azul noche,  parado en las escalinatas del  altar, mirando ansiosamente hacia la entrada, que brilla de una manera enceguecedora, por donde ingresarán los amores de mi vida: mi esposa y mi futura hija.

Y cuando menos lo espero, las puertas se abren y los  rayos ya débiles de un sol vespertino me dan la más bella de las visiones: un ángel  vestido de marfil camina hacia mi, como si el suelo fuera el mismo cielo. Alma, mi Alma, se acerca lentamente hacia mi, tan hermosa, y en su vientre mi Sofía creciendo como una luna, igual de hermosa que su madre.

¿Por qué la vida es tan corta? ¿Por qué estas preguntas tienen que saltar en este momento?  ¿Por qué, justo ahora, en uno de mis únicos momentos de inmortal felicidad siento este nudo en el pecho y rompo a llorar como un niño? Pero esa angustia se va disipando de a poco. Es un consuelo ver que ella también está llorando; sonríe, como jamás lo vi hacerlo, aún en medio del llanto.

Ya ha llegado hasta mi, y me parece más etérea que al entrar. Su sonrisa es una media luna perfecta: una creciente y encantadora. Tomo su mano y  me acerco a besar su frente.

"No llores, amor. Hoy es nuestro día", me susurra suavemente y yo rompo a llorar aún más, porque mis ganas de vivir para siempre se multiplican. He luchado tanto por esto hasta lograrlo y ahora el miedo amenaza derribar todo lo que he construido. Y ella seca mis lágrimas con sus pulgares, y despeja mis ojos para ver algo maravilloso: su mirada húmeda y completa de amor.

Me ama y cada átomo de mi cuerpo lo siente, lo sabe y sale a su encuentro, mientras mi sonrisa se adueña de mis labios y no los quiere soltar; pero, ¿quién quisiera dejar de sonreir cuando tiene la felicidad en frente?

"...En la salud y la enfermedad..." logro escuchar al sacerdote pronunciando los votos y un "acepto" claro y cargado de alegría se despide de mi boca y vuela hacia ella, que  ríe casi en un susurro, esperando su turno de sellar para siempre nuestra unión.

"Si, acepto" escucho su voz clara y cristalina y mi corazón se detiene un segundo para luego explotar en latidos de dicha. Me ha aceptado, me está amando en estos momentos y lo confirma para toda la vida.

"Puede besar a la novia" invita el reverendo sonriendo satisfecho ante su trabajo y por haber cumplido con su empleador. Los aplausos llenan la nave de la iglesia, mientras los ases de  luces de colores que destellan los collages de vidrios se intesifican, haciendo de este día algo inolvidable.

Ahora caminamos hacia el exterior del brazo. Ya no somos Juan Sebastián y Alma, somos uno solo en espera de otro ser para completar esta bendita perfección. Lo hemos logrado, somos esposo y esposa, por los siglos de los siglos, aunque el tiempo verdaderamente no exista y todo sean pasajes de este camino finito.

EL GRAN PREMIOHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora