LA PERSONA MENOS INDICADA

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–Debes pedirle a Juan Sebastian firmar un acuerdo prenupcial, hija.

Si. Juan y yo nos vamos a casar. Su propuesta me hizo la mujer más feliz sobre la faz de este planeta y ahora mi madre hacía explotar mi pompa de ilusión con esta idea estúpida.

Yo solo la veo hablar, pero decido no escucharla. Todo lo que se le ocurrió desde que se enteró de nuestro inminente matrimonio son desvaríos de "gente con dinero y nula confianza".

–...porque tú no sabes lo que puede llegar a ocurrir o cómo puede actuar Juanse...–y allí si fue que presté especial atención a la babosada enorme que estaba por decir.

–No puedes decir eso mamá. No te lo permito. Jin es un hombre distinto y fue educado con demasiados principios; algo inusual en una familia pudiente, ¿no crees?–mi respuesta a sus desvaríos fue tajante e irónica.

–Pero, Alma, yo todo lo digo por tu bien. Se perfectamente de qué familia proviene Juanse, lo educado y amoroso que es... pero hay que abrir el paraguas antes de que se avecine alguna tormenta–y lo decía muy convencida.

–¡Seguro, mamá! Como cuando decidiste entregarme a papá para que me llevase lo más lejos posible de tu lado y así te dejase tranquila gastando el dinero obtenido–mi sorna salía con violencia y resentimiento acumulados desde mi corazón hasta mi boca.

Una bofetada cayó pesada y ardiente en mi mejilla izquierda; dolía como los mil demonios. Mantuve cerrados los ojos hasta que mitigó el dolor. Para cuando los abrí, mi madre lloraba con una tristeza enraizada hace mil años en su pecho. La mano que había levantado instintivamente para golpearme temblaba de arrepentimiento e impotencia. Mi mirada ardía en el rencor.

–Eso si que sabes hacer bien, ¿eh, Maura?–lo sé, soy extremadamente hiriente cuando me hieren, igual que un animal lastimado y acorralado–levantar la mano para pegar o pedir.

Iba a repetir la misma acción de antes, pero se detuvo en seco y bajó la mano rendida.

–¿Por qué eres tan cruel, Alma? Soy tu madre. Te concebí, te gesté, te parí, te...

–Y te rendiste ante la violencia de Kang y me vendiste ¿Y yo soy cruel?–mis lágrimas comenzaron a rodar incontrolablemente.

–Hija, por favor, no hagamos de esta situación una guerra. Solo te digo que te cubras ante eventuales casos. Ya tuviste demasiado con lo que te hizo el desgraciado de Nam.

¿Por qué tenía que abrir viejas heridas? ¿Por qué nombrarlo?

–Mamá, entre Jin y yo hay amor y entendimiento. Hay diálogo y nos conocemos bastante. Lo que pasó con Kim Namjoon fue un plan urdido por papá y que salió muy mal.  Aún me culpa de todo el problema y  me maldicie porque, según él, le "regalé" las acciones de la empresa a Nam. Él jamás quiso admitir que el del problema era él–me despaché sin tacto con mi madre.

Mi padre nunca quiso tener una hija; no era lo que estaba detallado en su plan de vida. "Un hijo varón sería la salvación para mantener en pie la empresa", eso me repetía una y otra vez ¿Acaso yo había pedido nacer? Pero Kang Tae Soo no contaba con ese giro del destino, mucho menos, casarse con Maura Uribe, una "mujer insulsa" latina, sin la delicadeza y la elegancia de una dama coreana. Decía que el sacrificio había valido la pena, puesto que su imperio se extendía gracias a esas fusiones que eran necesarias hacer.

Mi padre solo amaba el dinero, el poder, el obtener. Él había obtenido una esposa, una nueva empresa, un ingreso mayor  y una hija que, si bien no estaba en su plan inicial, pudo ajustar la nueva estrategia para su conveniencia: arrojando a su primogénita a los brazos de otro botín de guerra... y ese había sido Nam.

Los hijos no deberíamos ser el frente de batalla de las contiendas de los padres, pero ahí estamos, recibiendo todo el odio y la violencia que nuestros espíritus y nuestras mentes pueden soportar. De alguna manera u otra, el no nacimiento de nuestro "botón de oro" o "koala" (así lo denominé cuando mi mente se extravió) me aliviaba a intervalos; una vida más sacrificada por el bien de las ambiciones desmedidas no necesitaba estar.

Pero este hijo o hija que concebimos con Jin era distinto: era la alegoría de un amor construido y madurado por ambas partes; era amado hasta, podría decirse, buscado y esperado. Por esta razón era que no podía ni quería entender las razones de mi madre.

En plena discusión, no nos dimos cuenta de que Juan Sebastian había llegado y escuchaba atentamente nuestros argumentos. Carraspeó en un momento y nos volvimos hacia él. Un silencio pesado e incómodo reinó en la sala.

–Maura... Alma, espero estén bien–las palabras de Juanse eran frías.

–¡Ah! ¡Juan! ¿Estabas allí?–mi madre trataba de sonreir, pero los nervios la traicionaban haciendo que su cuerpo temblase. Yo solo bajé la cabeza; me limité a mirarme las manos apretadas sobre mi regazo.

–Si, el tiempo suficiente para escuchar y entender por qué mi futura esposa pasó gran parte de su vida siendo tan desafortunada. Creo, señora Uribe, que Alma dejó de ser hace tiempo una transacción o un asunto legal–sus palabras sonaban duras y mordaces.

–Es un descaro de tu parte, Juan Sebastian Kim, que digas esas cosas y me trates así. Alma es mi hija y hago lo mejor por el bien de ella.

–¿Tu hija? ¿Ahora te preocupa su futuro? No creas que por haberle dado un techo y le hayas pagado algunas consultas con médicos te sientes en el derecho de meterte en su vida, en nuestra vida.

La expresión en el rostro de mi madre cambió de angustia a enojo en un abrir y cerrar de ojos.

–¡Tú! ¿Quién te crees? ¡Aquí la que decide soy yo! !La más indicada para...–Maura fue callada por la mano levantada de Jin en un gesto de callarla.

–Aquí, la persona menos indicada para decidir o aconsejar eres tu, Maura Uribe–sentenció cortante–Vamos, Alma, desde hoy no perteneces más aquí.

Me levanté en silencio del sofá y caminé hacia el lado de Jin. Mi madre lloraba desbastada por las verdades que tuvo que enfrentar.

–Mamá, lo siento mucho. Agradezco lo que hiciste por mi durante este tiempo, pero ya es hora de que decida qué quiero para mi y para mi bebé. Sabes bien que serás bienvenida a nuestro hogar, solo cuando abandones la idea de contratos, artimañas y situaciones forzadas. Podrás ver a tu nieto o nieta cuando quieras; solo despojate de ese odio y sufrimiento que te pesan. Hasta tanto, nos separaremos. Adiós.

Nos dimos la vuelta para irnos definitivamente de la casa de mamá. Al pasar el umbral, escuché un leve sollozo y su voz en un susurro. –Hija, perdoname por todo y, por favor, se todo lo feliz que te mereces ser. Te amo.

Solté el brazo de Jin y corrí hacia ella, la abracé con la fuerza del perdón y el amor que había acumulado en mi corazón y que jamás me había animado a entregárselo. Quizás, solo quizás, Maura Uribe también necesitaba romperse para reconstruirse y lograr la paz en su vida. Era la persona menos indicada, pero si la más esperada en mis días.

EL GRAN PREMIODonde viven las historias. Descúbrelo ahora