CAPITULO 28

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Dejándose llevar

Catriel

Una caricia ligera, justo sobre mi pecho, me arranca del sueño. Es un cosquilleo suave, persistente, como si alguien trazara círculos invisibles sobre mi piel. Entonces la siento: su respiración tranquila y el peso cálido en mis brazos. Abro los ojos lentamente, todavía atrapado en el sueño.

Bajo la mirada y ahí está, Zahara. Su rostro descansa sereno, su cabello rubio se extiende por la almohada en un caos delicado, y sus labios húmedos, curvados en una pequeña sonrisa, la delatan.

Lo sé.

Está despierta, fingiendo dormir, mientras me desarma con su silencio.

Flashes de lo que sucedió anoche invaden mis pensamientos, trayendo en consecuencia que me excite. Respiro hondo en un intento de enfriarme, no quiero parecer un puberto que no se sabe controlar.

Una de mi mano se encuentra sujetando su cintura cubierta por la tela del enterizo y con lentitud, recorro su brazo con la yemas de mis dedos para terminar apoyando mi mano en su espalda desnuda. Su piel se eriza de inmediato y se le escapa un suave suspiro.

Aún mantiene los ojos cerrados. Su pequeña sonrisa sigue presente.

Humecto mis labios, viendo los suyos, húmedos e hinchados por las primeras horas de la mañana. No sé qué hora es, tampoco me interesa. Estoy enfocado en mirarla, en sentir cómo su piel se encuentra caliente bajo mi palma. Sigo mi recorrido y llegó a su nuca, la sujeto para levantar su rostro y ponerlo a la altura del mío.

Respiramos el mismo aire.

—¿Vas a seguir fingiendo dormir, preciosa? —susurro sobre sus labios.

Se ríe bajito y finalmente abre los ojos. El azul de su iris me captura por completo, profundo e hipnótico. Su mirada está clara, grita algo que no identifico del todo, pero percibo que se siente segura, tranquila, como si acabara de mostrarme un fragmento de su alma que siempre había escondido por miedo. Solo lo hizo porque yo le conté de mi corazón roto, porque le confié bajamente mi miedo, aunque no le compartí del todo la verdad.

Pero no importa. Ahora somos dos personas dejando de lado el miedo.

—Podría. —murmura, manteniendo la sonrisa —No quería despertarte, lo siento.

—Descuida, no suelo dormir hasta tarde.

Tampoco suelo dormir con tanta calma, pienso, aunque no lo digo.

Muerde su labio inferior y se estira hacia atrás. Mi brazo cae sobre las sábanas y ella levanta los brazos hacia arriba para estirarse, luego se sienta y con las mejillas sonrojadas, baja la mirada. Me siento de igual modo y me percato de mi miembro alzado.

Por primera vez que recuerde, siento vergüenza.

—Mmmm, ¿quieres que te deje solo?—susurra.

Respiro hondo mientras que pasó una mano por mi pelo.

—Bajará en algunos minutos, —carraspeo—puedes quedarte aquí, voy al baño. No quiero hacerte sentir incómoda.

Hago el intento de levantarme, pero me sujeta del brazo. Deteniéndome.

—Yo debería irme, esta es tu habitación.

Imitó sus movimientos y sujetó su muñeca. Impidiendo que se vaya.

—No te voy a echar, eres mi cita.

Cruzamos miradas.

—Podemos...—muerde su labio inferior —podemos hacer lo que hicimos anoche.

CURVAS SIN MIEDOSDonde viven las historias. Descúbrelo ahora