Dicen que las casualidades no existen, que es el destino el que juega sus cartas. Pero para Zahara y Catriel, sus encuentros parecen ser una mezcla de ambas cosas.
Zahara, una modelo plus size que busca redescubrirse, está cansada de la monotonía y...
En la penumbra de su pequeño estudio, el hombre tomaba una por una las rosas pálidas, hundiendo con lentitud el pincel en la pintura negra. Con trazos cuidadosos, cubría cada pétalo, asegurándose de que ningún rincón del terciopelo quedara al descubierto. Las rosas debían ser perfectas. Perfectas para ella.
Diez rosas pintadas a mano, como símbolo de todo lo que sentía.
Mientras trabajaba, su voz ronca tarareaba una melodía suave. Tenía que ser sincero, ¿verdad? Zahara siempre apreciaba la sinceridad. Eso era lo que la había hecho especial, lo que lo había enamorado. Pero esta vez no bastaba con expresarle su devoción; ella necesitaba entender. Entender que era de él. Siempre lo había sido.
Frente a la pequeña tarjeta que acompañaría el ramo, dudó. Sus dedos tamborilearon sobre la mesa. ¿Debía recordarle cuánto la extrañaba? ¿Decirle que su corazón siempre le pertenecería? No, eso ya lo había hecho. Esta vez, necesitaba ir más lejos. Zahara estaba jugando con fuego y él tenía que advertírselo.
Con un bolígrafo de tinta negra, trazó cada letra con precisión. Alzó la tarjeta y la leyó en voz alta, complacido. "Recuerda quién eres y a quién perteneces. Nada ni nadie podrá cambiar lo que es nuestro."
Satisfecho, ató la tarjeta al ramo y llamó al repartidor de la aplicación. Cuando el hombre llegó, lo observó cuidadosamente antes de entregarle el paquete, como si quisiera asegurarse de que no cometería errores.
Esperó hasta que el repartidor desapareció entre las calles para ponerse en marcha. Ajustó su gorra oscura, hundió las manos en los bolsillos de su chaqueta y caminó con paso tranquilo, pero con la mandíbula tensa.
Cuando llegó frente a la academia, el frío de la mañana lo recibió, pero apenas lo sintió. Desde la distancia, sus ojos recorrieron cada rincón del edificio. Sabía que Zahara estaba dentro, probablemente bailando, como siempre lo hacía. Pero no sabía a qué hora saldría.
Esperó, con paciencia enfermiza, hasta que su paciencia fue recompensada. La vio. Su cabello ondeaba con la brisa. Pero no estaba sola.
Ahí estaba él. El hombre que los medios llamaban su "nueva pareja".
Por un instante, su visión se nubló de negro. Negro como las rosas que había pintado, negro como la furia que lo cegaba. Zahara lo estaba traicionando.
Apretó los puños hasta que sus nudillos se tornaron blancos. Observó cómo Catriel entrelazaba su mano con la de Zahara y luego la besaba en los labios con descarada intimidad.
"Así que este es mi competencia," pensó con desdén. Un intruso que intentaba reclamar lo que nunca le pertenecería.
No. No podía enfrentarlo aún. Tenía que esperar. El momento perfecto llegaría, pero no ahora. Zahara necesitaba aprender que su lugar no estaba al lado de ese hombre. No lo estaba nunca.
Con un último vistazo, giró sobre sus talones y desapareció entre las personas que caminaban ajenas. Una decisión ardiente tiene su mente: ella volvería a él.
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